Problemas de la política autónoma:
pensando el pasaje de lo social a lo político
Ezequiel
Adamovsky
Primera parte: Dos hipótesis sobre una nueva
estrategia para la política autónoma
Me propongo presentar aquí algunas
hipótesis generales relativas a los problemas de estrategia de los movimientos
emancipatorios anticapitalistas. Me interesa pensar las condiciones para
dotarnos de una política emancipatoria efectiva, con capacidad para cambiar
radicalmente la sociedad en que vivimos. Aunque no tendré espacio para analizar
aquí casos concretos, estas reflexiones no son fruto de un ejercicio meramente
“teórico”, sino que parten de un intento por interpretar las tendencias propias
de una serie de movimientos en los que he tenido ocasión de participar –el de
asambleas populares en Argentina o algunos procesos del Foro Social Mundial y
otras redes globales– o que he seguido de cerca en los últimos años –como el
movimiento piquetero en Argentina o el zapatista en México.
Daré
por sentados, sin discutirlos, tres principios que considero suficientemente
demostrados, y que distinguen la política anticapitalista de la de la izquierda
tradicional. Primero, que cualquier política emancipatoria debe partir de la
idea de un sujeto múltiple que se articula y define en la acción común, antes
que suponer un sujeto singular, pre-determinado, que liderará a los demás en el
camino del cambio. Segundo, que la política emancipatoria necesita adquirir
formas prefigurativas o anticipatorias, es decir, formas cuyo funcionamiento
busque no producir efectos sociales contrarios a los que dice defenderse (por
ejemplo, la concentración de poder en una minoría). Tercero, que de los dos
principios anteriores se deriva la necesidad de cualquier proyecto
emancipatorio de orientarse hacia el horizonte de una política autónoma. Es una
‘política autónoma’ aquella que
apunta a la autonomía del todo cooperante, es decir, a la capacidad de vivir de
acuerdo a reglas definidas colectivamente por y para el mismo cuerpo social que
se verá afectado por ellas. Pero es una ‘política autónoma’ porque supone que la multiplicidad de lo social requiere instancias
políticas de negociación y gestión de diferencias, es decir, instancias que no
surgen necesaria ni espontáneamente de cada grupo o individuo, sino que son
fruto de acuerdos variables que cristalizan en prácticas e instituciones
específicas.
Cuadro de situación: la debilidad de la política autónoma
Desde el punto de vista de la
estrategia, los movimientos emancipatorios en la actualidad se encuentran,
esquemáticamente, en dos situaciones. La primera es aquella en la que consiguen
movilizar una energía social más o menos importante en favor de un proyecto de
cambio social radical, pero lo hacen a costa de caer en las trampas de la
política heterónoma. Por ‘política heterónoma’ refiero a los mecanismos
políticos a traves de los cuales se canaliza aquella energía social de modo tal
de favorecer los intereses de los poderosos, o al menos de minimizar el impacto
de la movilización popular. Hay muchas variantes de este escenario:
-Por
ejemplo el caso de Brasil, en el que un vasto movimiento social eligió
construir un partido político, adoptó una estrategia electoral más o menos
tradicional, logró hacer elegir a uno de los suyos como presidente, sólo para
ver toda esa energía reconducida hacia una política que rápidamente olvidó sus
aristas radicales y se acomodó como un factor de poder más dentro del juego de
los poderosos.
-Otro
ejemplo es el de algunos grupos y campañas con contenidos emancipatorios que,
como algunas secciones del movimiento ambientalista, sindical, feminista, gay,
de derechos humanos, por la justicia global, etc., se convierten en un reclamo
singular, se organizan institucionalmente, y maximizan su capacidad de hacer lobby desligándose del movimiento
emancipatorio más amplio y aceptando –si no en teoría, al menos en sus
prácticas– los límites que marca la política heterónoma.
La segunda situación es la de
aquellos colectivos y movimientos que adoptan un camino de rechazo estratégico
de cualquier vínculo con la política heterónoma, pero encuentran grandes
dificultades para movilizar voluntades sociales amplias o generar cambios
concretos:
-Por
ejemplo, los movimientos sociales autónomos que sostienen importantes luchas
(incluso muy radicalizadas y hasta insurreccionales), pero que al no
desarrollar modos de vincularse con la sociedad como un todo y/o resolver la
cuestión del estado, terminan pereciendo víctimas de la represión o de su
propio debilitamiento paulatino, o sobreviven como un pequeño grupo encapsulado
y de poca capacidad subversiva.
-Otro
ejemplo es el de algunas secciones del movimiento de resistencia global, con
gran capacidad de hacer despliegues importantes de acción directa, pero que, al
igual que el caso anterior, encuentran límites a su expansión en su poca
capacidad de vincularse con la sociedad como un todo.
-Finalmente,
existen colectivos radicales que pueden reivindicar diferentes ideologías
(marxismo, anarquismo, autonomismo, etc.), pero que se encapsulan en una
política puramente ‘narcisista’; es decir, están más preocupados por mantener
su propia imagen de radicalidad y ‘pureza’ que por generar un cambio social
efectivo; funcionan muchas veces como pequeños grupos de pertenencia de escasa
relevancia política.
Estas dos situaciones constituyen
una distinción analítica que no debe hacernos perder de vista la cantidad de
grises que hay entre ellas, los interesantísimos experimentos de nuevas formas
políticas que hay por todos lados, y los logros importantes que muchos grupos
pueden exhibir. A pesar de las observaciones críticas que he hecho, todos estas
opciones estratégicas nos pertenecen: son parte del repertorio de lucha del
movimiento social como un todo, y expresan deseos y búsquedas emancipatorios
que no podemos sino reconocer como propios.
Y
sin embargo, es indudable que necesitamos nuevos caminos de desarrollo para que
la política autónoma pueda salir del impasse estratégico en el que nos encontramos. Por todas partes existen colectivos que,
en su pensamiento y en sus prácticas, intentan salir de este impasse. El viraje estratégico iniciado
por los zapatistas recientemente con su Sexta Declaración es quizás el mejor
ejemplo, pero de ningún modo el único. Lo que sigue es un intento por
contribuir a esas búsquedas.
Hipótesis uno:
Sobre las dificultades de la izquierda a la hora de pensar el poder (o
qué ‘verdad’ hay en el apoyo popular a la derecha)
Partamos de una pregunta incómoda:
¿por qué, si la izquierda representa la mejor opción para la humanidad, no sólo
no consigue movilizar apoyos sustanciales de la población, sino que ésta
incluso suele simpatizar con opciones políticas del sistema, en ocasiones
claramente de derecha? Evitemos respuestas simplistas y paternalistas del tipo
“la gente no entiende”, “los medios de comunicación…”, etc., que nos llevan a
un lugar de superioridad que ni merecemos, ni nos es políticamente útil. Por
supuesto, el sistema tiene un formidable poder de control de la cultura para
contrarrestar cualquier política radical. Pero la respuesta a nuestra pregunta
no puede buscarse sólo allí.
Más allá de
cuestiones coyunturales, el atractivo perenne de la derecha es que se presenta
como (y al menos en algún sentido realmente es) una fuerza de orden. ¿Pero por qué el orden habría de
tener tal atractivo para quienes no pertenecen a la clase dominante? Vivimos en
una sociedad que reproduce y amplía cada vez más una paradójica tensión constitutiva. Cada vez estamos
más ‘descolectivizados’, es decir, más atomizados, crecientemente aislados,
convertidos en individuos sin vínculos fuertes con el prójimo. Al mismo tiempo,
nunca en la historia de la humanidad existió una interdependencia tan grande en
la producción de lo social. La división social del trabajo ha alcanzado una
profundidad tal, que a cada minuto, aunque no lo percibamos, nuestra vida
social depende de la labor de millones de personas de todas partes del mundo.
En la sociedad capitalista, las instituciones que permiten un grado de
cooperación social de tan grande escala son, paradójicamente, aquellas que nos
separan del prójimo y nos convierten en individuos aislados y sin ninguna
responsabilidad frente a los otros: el mercado y el (su) estado. Ni al
consumir, ni al votar un candidato tenemos que rendir cuentas frente a los demás:
son actos de individuos aislados.
Tal
interdependencia hace que la totalidad de lo social requiera, como nunca antes,
que todos hagamos nuestra parte del trabajo en la sociedad. Si un número
incluso pequeño de personas decidiera de alguna manera entorpecer el ‘normal’
desarrollo de la vida social, podría sin grandes dificultades causar un caos de
amplias proporciones. Para poner un ejemplo, si un campesino decide que hoy no
trabajará su tierra, no pone en riesgo la labor o la vida de su vecino; pero si
el operador de la sala de coordinación del sistema de subterráneos o de una
central eléctrica decide que hoy no irá a su trabajo, o si el corredor de la
bolsa de valores echa a correr un rumor infundado, su decisión afectaría las
vidas y las labores de cientos de miles de personas. La paradoja es que
justamente el creciente individualismo y la desaparición de toda noción de
responsabilidad frente al prójimo incrementa como nunca las posibilidades de
que, de hecho, haya quien haga cosas que afecten seriamente las vidas de los
demás sin pensarlo dos veces. Nuestra interdependencia real en muchas areas
vitales contrasta, paradójicamente, con nuestra subjetividad de individuos
socialmente irresponsables.
Como
individuos que vivimos sumidos en esta tensión, todos experimentamos en mayor o
menos medida, consciente o inconscientemente, la angustia por la continuidad del orden social y de nuestras propias
vidas, en vista de la vulnerabilidad de ambos. Sabemos que dependemos de que
otros individuos, a quienes no conocemos ni tenemos cómo dirigirnos, se
comporten de la manera esperada. Es la angustia que el cine pone en escena una
y otra vez, en cientos de películas casi calcadas en las que un individuo o
grupo pequeño –por maldad, afición al crimen, locura, etc.– amenaza seriamente
la vida de otras personas hasta que alguna intervención enérgica –un padre
decidido, un superhéroe, las fuerzas de seguridad, un vengador anónimo, etc.–
vuelve a poner las cosas en su lugar. El espectador sale del cine con su
angustia aplacada, aunque la tranquilidad le dure sólo un momento.
Como en el
caso del cine, el atractivo político de los llamados al orden que lanza la
derecha deriva de esa angustia por la posibilidad del desorden catastrófico. Y desde el punto de vista de un individuo aislado,
da lo mismo si quien entorpece la vida social o personal es simplemente otro
individuo que lo hace por motivos antojadizos, o un grupo social que lo hace
para defender algún derecho. No importa si se trata de un delincuente, un loco,
un sindicato en huelga, o un colectivo que realiza una acción directa: cuando
cunde el temor a la disolución del orden social, prosperan los llamados al
orden. Y la derecha siempre está allí para ofrecer su ‘mano dura’ (aunque sean
sus propias recetas las que han producido y siguen profundizando el riesgo de
la anomia).
De nada
vale protestar contra esta situación: es constitutiva de las sociedades en las
que vivimos. No se trata meramente de una cuestión de actitud, que pueda
remediarse con mayor ‘educación’ política. No hay ‘error’ en el apoyo a la
derecha: si se percibe un riesgo que amenaza la vida social, la opción por el
‘orden’ es perfectamente racional y comprensible en ausencia de otras factibles y mejores. En otras palabras, en el
atractivo del orden hay una ‘verdad’ social que es necesario tener bien en
cuenta. Seguramente los medios de comunicación y la cultura dominante ponen
importantes obstáculos a la prédica emancipatoria. Pero creo que gran parte de
nuestras dificultades a la hora de movilizar apoyos sociales tiene que ver con
que raramente tenemos aquella ‘verdad’ en cuenta, por lo que las propuestas que
hacemos de cara a la sociedad suelen no ser ni
factibles, ni mejores.
Sostendré
como hipótesis que la tradición de izquierda, por motivos que no tendré ocasión
de explicar aquí, ha heredado una gran dificultad a la hora de pensar el orden
social y, por ello, para relacionarse políticamente con la sociedad toda. La
dificultad señalada se relaciona con la imposibilidad de pensar la inmanencia del poder respecto de lo social. En general,
la izquierda ha pensado el poder como un ente pura y solamente parasitario, que
coloniza desde afuera a una sociedad
entendida como colectividad cooperante que existe previa e independientemente
de ese ente externo. De allí la caracterización,
en el marxismo clásico, del estado y del aparato jurídico como la
‘superestructura’ de una sociedad que se define fundamentalmente en el plano
económico. También de allí deriva la actitud de buena parte del anarquismo, que
tiende a considerar las reglas que no emanen de la voluntad individual como
algo puramente externo y opresivo, y al estado como una realidad de la que
fácilmente podría prescindirse sin costo para una sociedad que, se supone, ya
funciona completa bajo el dominio
estatal. Algo de esto hay también en algunas lecturas del autonomismo, que
tienden a considerar la cooperación actual de la multitud como suficiente para una existencia autoorganizada, con sólo que
el poder se quite de en medio. Es también lo que muchos de nosotros perdimos de
vista al adoptar la distinción que hace John Holloway entre un poder-sobre (el poder entendido como
capacidad de mando) y un poder-hacer (el poder entendido como capacidad de hacer) como si fueran dos ‘bandos’
enfrentados y claramente delimitados. Por el contrario, hoy sabemos que el
hecho de que usemos la misma palabra para referir a ambos evidencia, precisamente, que, con frecuencia, ha sido el poder-sobre el que ha reorganizado los
lazos sociales de modo de expandir el poder-hacer colectivo (en otras palabras, su papel no es meramente parasitario y
exterior a la sociedad).
Lo que nos
importa aquí es que, en los tres casos mencionados, se adopta, desde el punto
de vista estratégico (y también en la ‘cultura militante’, en la forma de
relacionarse con los demás, etc.) una actitud de pura hostilidad y rechazo del
orden social, de las leyes y las instituciones; unos lo hacen en espera de un
nuevo orden a instaurar luego de la Revolución, otros en la confianza en que lo
social ya posee un ‘orden’ propio que hace de cualquier instancia
política-legal-institucional algo innecesario.
Quizás
en alguna época tuviera algún sentido estratégico pensar el cambio social de
esta manera, como una obra fundamentalmente de destrucción de un orden social, de su legalidad y de sus
instituciones, luego de la cual reinaría lo social directamente autoorganizado,
o, en todo caso, se construiría un orden político diferente. En la Rusia de
1917, por ejemplo, podía pensarse en destruir los lazos organizados por el estado
y el mercado, y esperar que algo parecido a una sociedad permaneciera todavía
en pié. De cualquier forma, un 85% de la población todavía desarrollaba una
economía de subsistencia en el campo, en gran medida en comunas campesinas, y
se autoabastecía tanto en sus necesidades económicas, como en lo que refiere a
las regulaciones ‘políticas’ que garantizaban la vida en común. En ese
escenario, podía prescindirse con costos relativamente soportables tanto del
estado como de las instituciones de mercado. (Pero aún así, debe decirse, la
desarticulación de ambos durante el llamado ‘comunismo de guerra’ causó la
muerte por inanición de decenas de miles de personas y la aparición de
prácticas de canibalismo, entre otras calamidades).
Hoy,
sin embargo, el escenario ha cambiado completamente. No existe ya, salvo
marginalmente, ninguna sociedad ‘debajo’ del estado y del mercado. Por supuesto
que existen muchos vínculos sociales que suceden más allá de ambos. Pero los
vínculos principales que producen la vida social hoy están estructurados a través del mercado y del estado. Ambos han
penetrado transformando de tal manera la vida social, que no hay ya ‘sociedad’
fuera de ellos. Si por arte de magia pudiéramos hacer que ambos dejaran de
funcionar súbitamente, lo que quedaría no sería una humanidad liberada, sino el
caos catastrófico: agrupamientos más o menos débiles de individuos
descolectivizados aquí y allá, y el fin de la vida social. (La ‘multitud
cooperante’ teorizada por el autonomismo no debe entenderse, en este sentido,
como una ‘sociedad’ que ya existe allí por
fuera del estado-mercado, sino como una presencia primera de lo social que, en su resistencia al poder, construye las
condiciones de posibilidad para una vida emancipada).
De esto se
deriva que plantear una estrategia política de cambio radical en exterioridad
total al mercado y al estado es plantearla en exterioridad total a la sociedad.
Una política emancipatoria que, como programa explícito y/o como parte de su
‘cultura militante’ o su ‘actitud’, se presente como una fuerza puramente destructiva del orden social
(o, lo que es lo mismo, como una fuerza que sólo realiza vagas promesas de
reconstrucción de otro orden luego de la destrucción del actual), no contará
nunca con el apoyo de grupos importantes de la sociedad. Y esto es así
sencillamente porque los prójimos perciben (correctamente) que tal política
pone seriamente en riesgo la vida social actual, con poco para ofrecer a
cambio. En otras palabras, propone un salto al vacío para una sociedad que, por
su complejidad, no puede asumir ese riesgo. Se comprende entonces la dificultad
de la izquierda de articular vastas fuerzas sociales en pos de un proyecto de
cambio radical: la gente no confía en nosotros, y tiene excelentes motivos para
no hacerlo.
A
la hora de repensar nuestra estrategia, en indispensable tener en cuenta esta
verdad fundamental: el caracter constitutivo
e inmanente de las normas e instituciones que, sí, permiten y organizan la
opresión y la explotación, pero que también y al mismo tiempo estructuran la
vida social toda. En vista de lo anterior, no es posible seguir presentando a
la sociedad una opción que signifique meramente la destrucción del orden actual
y un salto al vacío animado por vagas promesas. Necesitamos, por el contrario,
presentar una estrategia (y una actitud o cultura militante acorde) que
explicite el camino de transición que
permita reemplazar al estado y el mercado por otras formas de gestión de lo social; formas con el suficiente
grado de eficacia y en la escala necesaria como para garantizar la continuidad
de la profunda división del trabajo que hoy caracteriza nuestra vida social (me
refiero, por supuesto, a la división del trabajo que potencia la cooperación
social, y no a la que funda las divisiones de clase). En otras palabras, es
necesario pensar una estrategia política que apunte a reemplazar el estado y el
mercado por instituciones de nuevo tipo capaces de gestionar el cuerpo social. Me refiero a instituciones políticas que garanticen la realización de las tareas
sociales que, por su complejidad y escala, el cuerpo social espontáneamente no
está en condiciones de resolver.
La
conclusión de lo anterior es que ninguna política emancipatoria que pretenda
ser efectiva puede plantear su estrategia, explícita o implícitamente, en exterioridad al problema de la gestión alternativa (pero actual y
concreta) de lo social. No existe política autónoma ni autonomía sin asumir
responsabilidad por la gestión global de la sociedad realmente existente. Dicho
de otro modo, no hay futuro para una estrategia (o una actitud) puramente
destructiva que se niegue a pensar la construcción de alternativas de gestión aquí y ahora,
o que resuelva ese problema o bien ofreciendo una vía autoritaria y por ello
inaceptable (como lo hace la izquierda tradicional), o bien con meros escapes a
la utopía y al pensamiento mágico (como el ‘primitivismo’, la confianza en el
llamado a ‘asambleas’ cada vez que deba tomarse cualquier decisión, o en
‘hombres nuevos’ altruistas que espontáneamente actuarán siempre en bien de los
demás, etc.). Para evitar confusiones: no estoy sugiriendo que los
anticapitalistas debamos ocuparnos de gestionar el capitalismo actual de manera
un poco menos opresiva (como supone la opción ‘progresista’). Lo que intento
argumentar es que que necesitamos presentar opciones estratégicas que se hagan
cargo de la necesidad de tener dispositivos políticos propios, capaces de gestionar globalmente la sociedad actual y de evitar así la disolución
catastrófica de todo orden, mientras caminamos hacia la instauración de un
mundo sin capitalismo.
Hipótesis dos:
Sobre la necesidad de una ‘interfase’ que permita pasar de lo social a lo
político
Sostendré como segunda hipótesis
que la formulación de un nuevo camino estratégico que se haga cargo del
problema recién expuesto –es decir, que no sea puramente destructivo, sino
también creativo– requiere pensar,
explorar, y diseñar colectivamente una ‘interfase’ autónoma que ligue a
nuestros movimientos sociales con el
plano político de la gestión global
de la sociedad. No está implícito en esta afirmación el prejuicio típico de la
izquierda tradicional, que piensa que la autoorganización social ‘está bien’,
pero que la política ‘de verdad’ pasa por el plano partidario-estatal. No hay
en la idea de la necesidad de un ‘pasaje de lo social a lo político’ ninguna
valoración de este plano como más importante que aquél. Por el contrario,
intento argumentar que una política autónoma debe estar fírmemente anclada en
procesos de autoorganización social, pero necesita expandirse hasta ‘colonizar’
el plano político-institucional. Permítanme explicar qué es eso de la
‘interfase’.
En
la sociedad capitalista, el poder se estructura en dos planos fundamentales: el
plano social general (biopolítico), y el plano propiamente político (el
estado). Llamo ‘biopolítico’ al plano social en general, siguiendo a Foucault,
porque el poder ha penetrado allí, en nuestras vidas y relaciones cotidianas,
de un modo tan profundo que ha transformado a ambas de acuerdo a su imagen y semejanza.
Las relaciones mercantiles y de clase nos han ido moldeando como sujetos de
modo tal, que reproducimos nosotros
mismos las relaciones de poder capitalistas. Cada uno de nosotros es agente
productor de capitalismo. El poder ya no domina desde afuera, parasitariamente,
sino desde adentro de la propia vida
social.
Y
sin embargo, en el capitalismo ese plano biopolítico no resulta suficiente para
garantizar la reproducción del sistema: requiere también de un plano que
llamaremos ‘político’ a secas: el del estado, las leyes, las instituciones,
etc. Es este plano político el que garantiza que las relaciones biopolíticas en
las que descansa el capitalismo funcionen aceitadamente: corrige desviaciones,
castiga infracciones, decide cómo y hacia qué lugar direccionar la cooperación
social, se ocupa de realizar tareas de gran escala que el sistema necesita,
monitorea todo, y funciona como punta de lanza para que los vínculos
biopolíticos capitalistas penetren cada vez más profundo. En otras palabras, el
plano político se ocupa de la gestión
global de lo social; bajo el capitalismo lo hace asumiendo una forma
estatal.
En
el capitalismo actual, el plano social (biopolítico) y el estatal (político)
cuentan con una ‘interfase’ que los conecta: las instituciones representativas,
los partidos, las elecciones, etc. A través de estos mecanismos (lo que suele
llamarse ‘la democracia’) el sistema garantiza un mínimo de legitimidad para
que la gestión global de lo social pueda realizarse. En otras palabras, es la
interfase ‘eleccionaria’ la que asegura que la sociedad en general acepte que
haya un cuerpo especial de autoridades que decidan sobre los demás. Pero se
trata de una interfase heterónoma,
porque crea esa legitimidad no en función del todo cooperante (la sociedad), sino
en beneficio de sus clases dominantes. La interfase heterónoma canaliza la
energía política de la sociedad de modo de impedir su auto-determinación.
Sostendré
que la nueva generación de movimientos emancipatorios que está emergiendo desde
hace algunos años viene haciendo formidables avances en el terreno biopolítico, pero encuentra dificultades
para pasar de ese plano al político.
Existen innumerables movimientos territoriales y colectivos de toda clase en
todo el mundo que vienen poniendo en práctica formas de organización y de lucha
que desafían los principios que rigen la vida social capitalista. La
‘biopolítica’ de estos movimientos crea –aunque sea en el ámbito local y hasta ahora en pequeña escala– relaciones
humanas de nuevo tipo, horizontales, colectivistas, solidarias, no-mercantiles,
autónomas, al mismo tiempo que lucha por destruir el capitalismo. Pero no hemos encontrado hasta ahora una estrategia política
que nos permita trasladar estos valores y formas de vida al terreno de la
gestión global de lo social, cosa indispensable para poder generar cambios más
sólidos, profundos y permanentes en la sociedad toda. En otras palabras, nos
falta desarrollar una interfase de nuevo tipo, una interfase autónoma que nos
permita articular formas de cooperación política de gran escala, y que conecte
nuestros movimientos, nuestros colectivos y nuestras luchas con el plano de la
gestión global de lo social. Hemos rechazado correctamente la interfase que nos
proponía la izquierda tradicional –los partidos (sean electorales o de
vanguardia) y los líderes iluminados–, por comprender que se trataba de una
interfase heterónoma. Para decirlo de
otro modo, era una interfase que, en lugar de colonizar el plano político con nuestros valores y formas de vida
emancipatorios, funcionaba colonizándonos a nosotros con aquellos de las élites
y de la clase dominante. Pero nos falta todavía pensar, explorar y diseñar una
interfase autónoma: sin resolver esta cuestión, temo que nuestros movimientos
no lograrán establecer lazos más amplios con la sociedad toda y permanecerán en
estado de permanente vunerabilidad frente al poder. La estrategia de la Sexta
Declaración zapatista lleva la promesa de avances importantes en este sentido.
* * *
Segunda parte: La interfase autónoma
como institución de nuevo tipo
¿En qué consistiría una interfase autónoma? ¿Qué nueva forma de
organización política, diferente de los partidos, nos permitiría articular a
gran escala la cooperación de vastos sectores del movimiento emancipatorio?
¿Cómo hacer para que tenga la efectividad necesaria como para hacerse cargo de
la gestión global de lo social y, así, pueda convertirse en un instrumento
estratégico para la superación del Estado y del mercado? Son éstas preguntas
que el propio movimiento social ya se está haciendo intuitivamente, y que sólo
él podrá resolver. Lo que sigue son algunas ideas para pensar colectivamente la
cuestión. Comencemos con algunos principios generales.
Tesis 1:
Sobre la necesidad de una ética de la igualdad
Ya que no pueden pensarse normas e
instituciones para seres abstractos, sin tener en cuenta sus costumbres y
valores (es decir, su cultura específica), comencemos con una tesis sobre la
nueva cultura emancipatoria.
Una
de las grandes tragedias de la tradición de izquierda fue (y sigue siendo) su
rechazo a pensar la dimensión ética de las luchas emancipatorias. En general,
tanto en sus teorías como implícitamente en sus prácticas, la actitud
típicamente de izquierda reduce el problema de la ética –es decir, la cuestión
de los principios que deben orientar las buenas acciones, distinguiéndolas de
las malas– a un problema meramente epistemológico. En otras palabras, las
acciones políticas se consideran implícitamente ‘buenas’ si se corresponden con
lo que indica una ‘verdad’ conocida previamente. Lo éticamente bueno/malo se
reduce así a la ‘línea’ correcta/incorrecta. Así, la cultura de izquierda
rechaza implícitamente toda ética de cuidado del otro (me refiero al otro concreto, el prójimo), reemplazándola
por el compromiso con una verdad derivada de una ideología que afirma defender
a un otro abstracto (la humanidad).
Los efectos de esta ausencia de ética se observan constantemente en las
prácticas: militantes abnegados y de buen corazón con frecuencia se permiten,
en nombre de su ‘verdad’, acciones manipulativas y faltas de respeto que
resultan inaceptables para cualquier persona común (que, como consecuencia,
prefiere mantenerse lo más lejos posible de aquellos militantes).
Implícitamente, se trata de una postura elitista que dificulta la cooperación
entre iguales. Alguien que se reclame poseedor de la verdad no malgastará su
tiempo en escuchar a los demás ni estará dispuesto a negociar consensos. Una
política emancipatoria, en consecuencia, debe estar firmemente asentada en una
ética radical de la igualdad y de responsabilidad frente al (y cuidado del)
otro concreto. En este plano, para
crear, difundir y hacer carne una ética emancipatoria, queda una enorme tarea
por hacer. Muchos movimientos, sin embargo, ya están recorriendo ese camino:
una inversión de la relación entre ética y verdad similar a la que aquí
proponemos es la que expresa el eslogan zapatista “caminar al paso del más
lento”.
Tesis 2:
La horizontalidad requiere instituciones
Un problema fundamental que bloquea
el desarrollo de nuevas formas organizativas reside en dos creencias erróneas:
1) que las estructuras organizativas y las normas más o menos firmes de algún
modo atentan contra la horizontalidad y el caracter ‘abierto’ de las
organizaciones, y 2) que cualquier división del trabajo, especialización y
delegación de funciones atenta contra la horizontalidad y/o la autonomía. Los
movimientos con vocación horizontal en Argentina y en otros sitios ya hace
tiempo se cuestionan tales creencias.
Cualquiera
que haya participado en alguna organización de tipo horizontal, incluso
pequeña, sabe que, en ausencia de mecanismos que protejan la pluralidad y
fomenten la participación en pié de igualdad, la ‘horizontalidad’ pronto se
convierte en un terreno en el que predominan los más fuertes o mejor
preparados. También sabe lo frustrantes y de alcances limitados que pueden ser
las estructuras asamblearias en las que todos están forzados a tomar siempre todas las decisiones –desde la estrategia más general, hasta el cambio de un enchufe.
La ‘tiranía de la falta de estructura’, como la llamó hace tiempo una feminista
norteamericana, desgasta nuestras organizaciones, subvierte sus principios, y
las hace ineficaces.
Este
problema se hace evidente toda vez que un colectivo o movimiento adquiere una
escala mayor. Mientras lo integren pocas personas –digamos, menos de 200 o 300–
el problema de la división de tareas y la asignación de roles que implican
algún grado de ‘representación’ se resuelve por mecanismos personales e
informales. Alguna gente comienza espontáneamente a desempeñar esas funciones,
y el colectivo lo alienta y permite tácitamente porque es necesario. Como esa
asignación de tareas no es electiva ni explícitamente acordada, con frecuencia
el colectivo encuentra difícil controlar a quienes las desempeñan, y asegurar
que no acumulen experiencia, contactos, credibilidad, en suma, poder, a costa de los demás. Las
tensiones que de ello derivan suelen aparecer como cuestiones personales que,
sin embargo, entorpecen, debilitan y con frecuencia destruyen el colectivo. Por
otra parte, cuando el tamaño del grupo supera la escala del contacto cara a
cara y del conocimiento personal entre todos los miembros, la ausencia de
reglas impersonales de funcionamiento, de formas acordadas (y controladas) de
delegación y de división de tareas, limita seriamente el trabajo colectivo.
A
diferencia de lo que suele pensarse, las organizaciones horizontales y
autónomas necesitan mucho más de las
‘instituciones’ que las organizaciones jerárquicas. Éstas siempre pueden
contar, en última instancia, con la voluntad del líder para resolver
conflictos, asignar tareas, etc. Por ello, y para pasar del plano biopolítico
al político, los movimientos y colectivos autónomos necesitan desarrollar instituciones de nuevo tipo. Por
‘instituciones’ no refiero a jerarquías burocráticas, sino simplemente a un
conjunto de acuerdos respecto a pautas de funcionamiento, formulados como
reglas explícitas, y dotados de las estructuras organizacionales que garanticen
su efectivo funcionamiento. Esto incluye:
a) Una división del trabajo razonable,
indispensable para potenciar la escala de la
cooperación. Si todos son
responsables de todo al mismo tiempo, nadie resulta responsable de nada. La
división de tareas también lleva implícita una división clara entre tipos de
decisiones que tomarán individuos o grupos de trabajo (aunque siempre
‘fiscalizables’ por los demás), y otras que tomará el colectivo en su conjunto.
Esta división del trabajo, sin embargo, debe estar fundada en los valores del
movimiento: las tareas y responsabilidades deben repartirse de modo tal que no
resulte –como sucede en los partidos políticos– que algunos acumulen siempre
las tareas calificadas y enriquecedoras (tomar decisiones, hablar en público,
etc.), mientras que otros sólo desempeñan funciones tediosas y repetitivas
(hacer pintadas o vender el periódico). Existen diversas formas para garantizar
que esto no suceda, desde esquemas de tareas rotativas, hasta la asignación de
un balance de tareas para cada uno, de modo que todos siempre desempeñen al
mismo tiempo un poco de tareas enriquecedoras y otro poco de rutinarias.
b) Formas atenuadas de representación
y delegación. La crítica justa a los representantes
que terminan ‘sustituyendo’ al
representado nos ha llevado, en algunos casos, a rechazar la representación toda en favor de supuestas prácticas de
democracia directa. Sin embargo, la creencia en que se pueda organizar
cooperación y acción colectiva a gran escala sin apelar a ninguna forma de delegación no es otra cosa que pensamiento
‘mágico’.
No siempre
es útil o posible que nadie en particular actúe como vocero del grupo, o que
todos tomen una decisión de extrema urgencia, u ocupen un puesto en una mesa de
negociaciones, etc. El problema de la representación no es que haya representantes, sino que éstos se
conviertan en un grupo especial permanente, que se distinga y separe del colectivo. Una institución de nuevo
tipo debe incluir acuerdos previos acerca de quiénes desempeñarán funciones de
voceros, delegados o representantes en diversos ámbitos o situaciones, y a
partir de qué mecanismos democráticos y transparentes serán designados. Pero
también deben existir reglas claras que limiten las posibilidades de que los favorecidos
en un momento se transformen en ‘dirigentes profesionales’, fijos, con una
capacidad de afectar las decisiones del conjunto mayor que la de los demás.
Nuevamente en este caso, existe una gama de recursos organizacionales para
garantizar esta cuestión, desde los cargos rotativos o por sorteo, hasta la
limitación temporal del desempeño de una función, etc. Por lo demás, debe
desarrollarse al máximo la capacidad de organizar procesos colectivos de toma
de decisión para los asuntos importantes. En este sentido, una institución de
nuevo tipo debe avanzar hacia el reemplazo del modelo del líder o dirigente
–típico de los partidos– al del ‘facilitador’, capaz de utilizar sus saberes y
habilidades no para tomar decisiones por los demás, sino para colaborar con la
organización de procesos colectivos de deliberación.
c) Una demarcación clara de los
derechos que corresponden a los individuos y a las minorías, de aquellos que
corresponden al colectivo o a la mayoría. La creencia según la cual una
organización colectiva debe absorber o negar la individualidad de sus miembros
(o, dicho de otro modo, que cada persona debe ‘disolverse’ como individuo para
entrar a un colectivo) es no sólo autoritaria, sino poco realista. En cualquier
forma de cooperación social subsiste una tensión ineliminable entre los deseos
y necesidades de la persona –o de un grupo minoritario de personas– y aquéllos
del colectivo. Una organización de nuevo tipo no puede funcionar imaginando que
esta tensión no existe, ni pretendiendo suprimirla. De lo que se trata es de
acordar colectivamente qué espacios de derecho y atribuciones permanerán en la
esfera individual o minoritaria (por ejemplo, poder expresar públicamente una
disidencia sin temor a ser expulsado, o abstenerse de participar en una acción
colectiva que genere conflictos éticos), y cuáles serán patrimonio exclusivo
del colectivo.
d) Un procedimiento justo y
transparente de manejo de conflictos. En cualquier organización surgen
inevitablemente conflictos, tanto de intereses y opiniones políticas, como
simplemente personales. Al no ser reconocidos como legítimos, el mal manejo de
estos conflictos es una de los motivos que más afectan la continuidad de la
cooperación entre los movimientos emancipatorios. Es fundamental que una
organización de nuevo tipo cuente con reglas claras para garantizar un
tratamiento lo más justo posible para las partes de cualquier conflicto.
También aquí hay un largo acervo de experiencias que pueden aprovecharse:
técnicas de mediación, formas de ‘división de poderes’ de modo tal que ninguna
parte en conflicto sea ‘juez y parte’ al mismo tiempo, etc.
Tesis 3:
Una organización política que ‘imite’ las formas biopolíticas
Las formas políticas de
organización, en el sentido en el que las hemos definido en este ensayo, suelen
establecer una relación ‘mimética’ con las formas biopolíticas. En otras
palabras, cristalizan mecanismos institucionales y normativos que copian o
‘imitan’ ciertas formas que son inmanentes a la auto-organización social. Esto,
sin embargo, no significa que sean neutrales: por el contrario, su variable
forma específica puede direccionar la cooperación social en un sentido que, o
bien refuerza el las relaciones heterónomas (poder-sobre), o bien lo hace en favor de otras autónomas (un poder-hacer emancipado). El andamiaje
político-institucional del capitalismo es un buen ejemplo de esto.
La
estructura política de los inicios del Estado capitalista –la época de los
Estados absolutistas– ‘imitaba’ casi perfectamente la forma piramidal típica de
las relaciones puramente heterónomas: una relación vertical de
mando-obediencia. No casualmente, la estructura piramidal de los Estados (y
luego también la de las escuelas, hospitales, empresas, etc.) ‘copiaba’ la
jerarquía piramidal de mando de los ejércitos, que a su vez había solidificado
en una jerarquía de ‘grados’ militares un diferencial primordial de poder entre
los antiguos guerreros del medioevo. Así, el poder de mando estaba centralizado
y concentrado en la cima de la pirámide –el rey–, que comandaba una estructura
piramidal de funcionarios que paulatinamente dejaron de ser de origen noble. En
ocasiones, sin embargo, el rey seguía compartiendo alguna atribución política
con el consejo o ‘parlamento’ que representaba a su clase dominante, la aristocracia
terrateniente/mercantil/guerrera.
Por
motivos que no podemos explicar aquí –pero que tienen que ver tanto con las
propias necesidades del capitalismo como con la presión de las clases
subalternas– esa estructura estatal primera fue evolucionando hasta adquirir la
forma institucional que hoy conocemos. Así, la estructura piramidal básica fue
incorporando otros dispositivos institucionales que ‘imitaban’, al menos
parcialmente, otras formas de
cooperación no-jerárquicas presentes en el cuerpo social. Los parlamentos,
ahora ‘democráticos’, permitieron así incorporar una mayor pluralidad de voces
e intereses políticos en un dispositivo deliberativo que, si bien ‘imitaba’ las
formas asamblearias propias de la democracia verdadera, estaba cuidadosamente controlado
por un marco institucional que limitaba sus alcances. Otro ejemplo: el sistema
de selección de los funcionarios a través de elecciones competitivas
‘democráticas’ entre partidos permitió canalizar los impulsos de
auto-organización política y el natural agrupamiento de afinidades en una nueva
estructura jerárquica que los conectaba así con la pirámide estatal primordial.
Más recientemente, para recuperar legitimidad, algunos Estados han incluso
establecido mecanismos a través de los cuales se abre parcialmente la toma de
decisiones políticas –siempre de poca importancia– a colectivos
auto-organizados que no pertenecen al
aparato estatal, incluso si son de tipo horizontal (asociaciones vecinales,
cooperativas, ONGs, movimientos sociales, etc.). Los experimentos de
presupuesto participativo son un buen ejemplo. Lo que importa para nuestros
propósitos es que todo el andamiaje institucional del Estado capitalista
combina formas jerárquicas (piramidales) y formas no-jerárquicas (deliberativas
u horizontales) de modo tal de poner la energía de cooperación social en un
marco jerárquico y heterónomo. Así, incluso bajo el capitalismo las formas
no-jerárquicas y autónomas resultan indispensables para organizar la energía
social; sin embargo, rodeadas por un marco institucional piramidal y
sobredeterminadas por el poder, son utilizadas para canalizar esa energía en
favor de una política heterónoma. Tras toda la parafernalia
pseudo-participativa, el Estado sigue siendo ante todo aquella vieja pirámide
de la época absolutista.
La
sociedad emancipada del futuro seguramente invertirá la relacion actual entre
formas jerárquicas y horizontales, de modo tal que aquéllas, de ser necesarias,
estarán incluidas en un diseño político-institucional que las ponga al servicio
de éstas. Existen autores que vienen desarrollando un importante trabajo de
imaginación de instituciones de nuevo tipo tanto para reemplazar al Estado (por
ejemplo Stephen Shalom, en www.zmag.org/shalompol.htm)
como al mercado (por ejemplo Michael Albert, en su libro Parecon y en www.lavaca.org/notas/nota379.shtml, www.parecon.org). Lo que me interesa aquí es pensar, en
función de una estrategia para el
presente, cómo crear una nueva forma de organización política que pueda
funcionar como ‘interfase autónoma’ en el sentido explicado más arriba.
La
hipótesis principal en este punto es que un diseño institucional de nuevo tipo
podría desarrollarse ‘imitando’ las formas biopolíticas que nuestros
movimientos ya vienen explorando. En
otras palabras, el trabajo colectivo de diseño institucional –que seguramente
llevará muchos años de ensayo y error– puede orientarse identificando aquéllas
encrucijadas en las que la auto-organización autónoma florece y se expande, y
aquéllas otras en las que cae víctima de sus propias tendencias jerárquicas y
heterónomas, para instituir dispositivos políticos que se apoyen en (y potencien
a) aquéllas, a la vez que sorteen, limiten o eliminen a éstas. Se trata de
pensar un dispositivo organizacional que, en lugar de contener, parasitar o
reprimir al movimiento social, se ocupe de facilitarlo, de protegerlo, y de
dotarlo de herramientas más efectivas a la hora de organizar la cooperación
entre iguales a gran escala. Se trata, asimismo, de pensar una organización de
nuevo tipo que pueda hacerse cargo de la gestión global de lo social.
Nuestras
nuevas organizaciones políticas podrían pensarse como una ‘imitación’ del
funcionamiento de las redes biopolíticas cooperantes (es decir, de la forma
primordial que se opone a la de la pirámide del poder). Permítanme expicarme.
Desde hace algunos años, científicos del campo de las ciencias naturales y de
las ciencias de la información vienen desarrollando las llamadas ‘Teorías de la
complejidad’, que, entre otras cosas, permiten entender un fenómeno llamado
‘emergencia’. Emergencia refiere a un conjunto de acciones autónomas de
múltiples agentes en el plano local que generan una pauta de comportamiento
global o general que nadie planea ni dirige, y que sin embargo es perfectamente
racional y efectiva. Cada agente local sigue sus propias reglas, pero en la
interacción con otros agentes locales, con los que se contacta en red, emergen
patrones de acción colectiva que pueden aprender, evolucionar y adaptarse
efectivamente al medio sin que nadie las controle o dirija, y de formas
inesperadas. Las redes ‘hacen cosas’ colectivamente, sin que nadie esté allí
gritando órdenes. Procesos de ‘emergencia’ se observan en una variedad de
fenómenos naturales, desde el comportamiento de algunos tipos de hongos hasta
el vuelo de las bandadas de pájaros. También se han observado en la vida
social, desde los patrones de crecimiento de las ciudades, hasta el ejemplo de
los ejemplos: Internet.
El ejemplo
de las redes y el fenómeno de emergencia fue inmediatamente utilizado como
analogía para pensar la acción política de aspiraciones no jerárquicas. Muchos
tendimos a considerar las estructuras en red y sus comportamientos en el nivel
biopolítico como un ‘modelo’ suficiente para pensar y organizar una nueva
estrategia emancipatoria. Las redes parecían ofrecer un modelo no-jerárquico ni
centralizado, flexible, de cooperación no-competitiva. Como parte de los
debates dentro del movimiento emancipatorio, muchos apostamos a la idea de las
‘redes laxas’, y nos opusimos a cualquier intento de reencauzar las redes
dentro de formas jerárquicas. La esperanza entonces era que la propia vida de
la red, librada a su desarrollo espontáneo, instituiría un mundo emancipado (o,
al menos, zonas de autonomía más o menos extensas).
La
experiencia acumulada en los últimos tiempos parece indicar que, en esa
esperanza, pecábamos de ingenuidad. Quisiera argumentar que las estructuras en
red efectivamente proveen un ‘modelo’ indispensable para describir la ‘vida
cotidiana’ –si se me permite la imagen– del movimiento en su plano social
general (biopolítico). Pero el pasaje al plano político, sobre cuya irreductibilidad
argumentábamos más arriba, requiere pensar y desarrollar instituciones de nuevo tipo que potencien y protejan los fenómenos
de emergencia y auto-organización. Son tales instituciones las que pueden
pensarse según la hipótesis de la ‘imitación’ de la forma red.
Para
intentar clarificar este concepto, tomemos el ejemplo de Internet. El marco
técnico y la estructura reticular de Internet han ofrecido inesperadas
oportunidades para la expansión de la cooperación social espontánea en escalas
nunca antes alcanzadas. La existencia de extensas ‘comunidades inteligentes’ de
desarrollo espontáneo, no jerárquico ni centralizado, en las que se borran las
distinciones entre emisores y receptores, ha sido ampliamente documentada en la
red de redes. Y sin embargo, el propio funcionamiento de Internet genera
también tendencias hacia la concentración de la información y los intercambios.
No me refiero aquí a las varias formas en que los Estados y las corporaciones
todavía controlan aspectos importantes del funcionamiento técnico de la red,
sino a fenómenos de surgimiento de ‘lugares de poder’ que son inmanentes al
propio ciberespacio. En el esquema de red abierta, cualquier punto de la red
puede conectarse libre e inmediatamente con cualquier otro. Y sin embargo, casi
todos nosotros utilizamos portales y motores de búsqueda como Google, que a la
vez facilitan la conectividad –y con ello expanden las posibilidades de
cooperación y el poder-hacer– y
centralizan los flujos. Portales como Google tienen así un papel ambivalente:
si bien, en cierto sentido, ‘parasitan’ la red, son también parte fundamental
de la arquitectura de Internet. Por ahora, los efectos de esta concentración de
flujos en el sentido de un ejercicio de poder-sobre por parte de Google son poco perceptibles. Aunque corporativo, el servicio
tiene pocas restricciones y es gratuito. Pero potencialmente esa concentración
fácilmente puede traducirse –y ya se está traduciendo– en una jerarquización de
los contactos en la red. Valgan como ejemplo los recientes acuerdos de Google y
Yahoo con el gobierno Chino para controlar y censurar los accesos de los
cibernautas de ese país. Por otro lado, desde hace tiempo es posible pagar a
Google para aparecer en lugares prominentes en las búsquedas, cosa que
restringe la conectividad con nodos que no puedan o quieran pagar.
¿Qué hacer
con una institucion como Google (y Yahoo, etc.)? Nos sirven para hallarnos
entre nosotros, pero el propio uso que nosotros le damos pone en manos
corporativas resortes de poder que se vuelven en nuestra contra. ¿Qué hacer?
Respondo con una humorada. La estrategia de la izquierda tradicional indicaría
que el Partido debe ‘tomar Google’: desplazar a sus dueños, eliminar Yahoo y
cualquier otra competencia corporativa, y ‘poner Google al servicio de la clase
obrera’. Pero las consecuencias autoritarias y la ineficacia de esta estrategia
son bien conocidas. Por otro lado, una estrategia libertaria ingenua podría ser
destruir Google, Yahoo, etc. e impedir
luego el surgimiento de cualquier nodo que concentrara (incluso en pequeña
escala) los flujos de información. Pero el resultado de esto sería el virtual
derrumbamiento de Internet y de las experiencias de cooperación que la red
permite. Todos podríamos en teoría comunicarnos con todos, pero en la práctica sería enormemente difícil hallarnos
entre nosotros. En ausencia de opciones mejores, y ante el colapso de la
cooperación social, todos terminaríamos arrojándonos en brazos del primer
proto-empresario que nos ofreciera un nuevo Google…
¿Cómo
operaría en este ejemplo (confesadamente tonto) la estrategia de una política
autónoma como la que venimos persiguiendo? Lo haría identificando las
encrucijadas de la red de cooperación que Internet articula, y los lugares de
poder y de centralización que (como Google) esa misma red produce.
Identificadas las tendencias inmanentes que pudieran dar lugar al surgimiento
de formas de poder-sobre, la
estrategia de una política autónoma sería la de generar una alternativa
organizativa que permita realizar eficazmente las funciones que Google
desempeña en favor del poder-hacer,
poniendo cualquier concentración de flujos que fuere necesaria dentro de un
marco institucional que garantice que esa concentración no subvierta los
valores emancipatorios que la ‘vida cotidiana’ (biopolítica) de la red de redes
promete. Se trata de pensar y desarrollar un diseño político-institucional (que
por ello trasciende las posibilidades espontáneas o ‘biopolíticas’ de los nodos
de la propia red) que proteja la red de las tendencias centralizadoras/jerarquizantes.
Pero una estrategia autónoma no proteje a la red de esas tendencias negándolas,
sino reconociéndolas y asignándoles un lugar subordinado dentro de un andamiaje
institucional ‘inteligente’, de modo que podamos mantenerlas bajo control. La
tesis de la ‘imitación’ de la forma biopolítica reticular refiere precisamente
a tal forma de operación institucional ‘inteligente’.
Imaginando un modelo organizativo de nuevo tipo
Cambiando lo que haya que cambiar,
el ejemplo de los problemas de Internet puede trasladarse al del movimiento
emancipatorio en su conjunto. Existe hoy, aunque incipiente, una red laxa de
movimientos sociales conectada a nivel global. También existen dentro de esta
red, como parte de su funcionamiento inmanente, lugares de centralización y de
poder que desempeñan un papel ambivalente, comparable al de Google. El Foro
Social Mundial, las iniciativas ‘Intergalactikas’ de los zapatistas, algunas
ONGs, e incluso algún gobierno nacional han colaborado para expandir la conectividad
de la red y, con ella, las posibilidades de ampliar su capacidad cooperante.
Pero, por su propia concentración de los flujos, estos polos de atracción son
también potencialmente peligrosos para la red, ya que pueden convertirse en la
vía de ingreso de una política heterónoma.
¿Cómo
plantear una estrategia de política autónoma en este contexto? ¿Quién lo haría,
y cómo? La hipótesis de la ‘interfase autónoma’ es un intento de pensar las
condiciones generales que hagan posible responder esa pregunta. Va de suyo que
cualquier estrategia debe desarrolarse en y para situaciones concretas. Lo que
sigue no pretende ser una receta ni un modelo, sino sólo un ejercicio
imaginativo destinado a expandir nuestros horizontes de búsqueda.
Hemos
dicho que una organización de nuevo tipo que pueda convertirse en una interfase
autónoma debería a la vez tener un diseño anticipatorio (es decir, estar de
acuerdo con nuestros valores fudamentales) y poseer la capacidad de ‘colonizar’
las estructuras jerárquicas existentes para –según convenga– neutralizarlas,
reemplazarlas por otras, o ponerlas a funcionar en un marco
político-institucional nuevo, de modo que habilite un camino hacia la vida
emancipada. En términos prácticos, ambos imperativos suponen que lo fundamental
de una organización de nuevo tipo sería su capacidad de articular formas de
cooperación social no-opresivas, sólidas y de gran escala.
Aunque
pueda sonar novedoso, la tradición de luchas emancipatorias ha ensayado en el
pasado la creación de formas similares a la interfase autónoma de la que
venimos hablando. El ejemplo más desarrollado y famoso fue el de los soviets
durante las revoluciones rusas de 1905 y 1917. Como creación autónoma de los
trabajadores, los soviets surgieron en principio como órganos de coordinación
de la lucha. En el curso de las revoluciones, y sin proponérselo de antemano,
los soviets desempeñaron al mismo tiempo funciones de ‘doble poder’ o, para
decirlo en los términos que hemos empleado en este ensayo, de ‘gestión global
de lo social’. Los soviets estaban conformados por ‘diputados’ enviados por
cada grupo en lucha, en un número que variaba de acuerdo a su tamaño.
Ofrecieron así un ámbito abierto y múltiple de encuentro y deliberación
horizontal para diversos sectores sociales –soldados, campesinos, obreros,
minorías nacionales–, y diversas posturas políticas; a diferencia de las
organizaciones partidarias existentes entonces, que exigían a sus miembros
pertenencia exclusiva y hacían política en competencia unas con otras, el
soviet era un ámbito de cooperación abierto a todos. A la vez, los soviets se
ocuparon de organizar cuestiones tales como el abastecimiento en las ciudades,
el sistema de transportes, la defensa en la guerra, etc. Su prestigio derivaba
de ambos aspectos: de su ‘representatividad’ de los múltiples sectores en lucha
y su caracter prefigurativo, y de su capacidad de ofrecer una alternativa real
de gestión.
La
estrategia de la interfase soviética frente al poder estatal fue variando
durante la revolución de 1917: durante la fase de ‘colaboración’ cooperaron
críticamente con el Gobierno Provisional, presionándolo desde afuera; en la
fase de ‘coalición’, los soviets decidieron designar ellos mismos algunos de
los ministros de ese gobierno; en Octubre finalmente optaron por deshacerse
directamente del Estado anterior y designar un gobierno ‘de comisarios del
pueblo’ propio. Durante ese proceso la dinámica de auto-organización soviética
había ido multiplicándose (de forma no competitiva, a diferencia de los
partidos) con la creación de cientos de soviets en todo el país que confluían
en el Congreso Panruso de los Soviets, órgano depositario de la mayor
legitimidad revolucionaria.
Cierto, la
experiencia de los soviets se vio muy pronto frustrada. El gobierno designado
por ellos pronto terminó, paradójicamente, vaciando de contenido a los propios
soviets e instaurando una dictadura de partido único. No es éste el lugar de
examinar los motivos de ese fracaso. Valga sugerir, sin embargo, que además de
la responsabilidad central de los bolcheviques por haber ahogado a sangre y
fuego la democracia en los soviets, quizás haya sido la propia
institucionalidad marcadamente ‘delegativa’ de éstos la que haya facilitado el
proceso. En efecto, la particular estructura institucional soviética descansaba
en representantes delegados que, a su vez, elegían un Comité Ejecutivo de menos
miembros que, en la práctica, concentraba mucho del conocimiento y la autoridad
para tomar las decisiones más importantes. Quizás haya sido a través de esa
distancia respecto de sus representados que se coló una nueva forma de poder-sobre. Quizás haya colaborado
también la ausencia de una ética de la igualdad.
Comoquiera
que haya sido, lo que nos importa aquí es el ejemplo histórico de una interfase
autónoma, capaz tanto de articular la cooperación entre movimientos en lucha,
como de hacerse cargo de la gestión global de lo social; su itinerario puede
indicarnos posibilidades y peligros para la política emancipatoria del
presente. Enseñanzas similares podrían extraerse también de la experiencia de
los zapatistas (en particular de su invención de Juntas del Buen Gobierno).
¿Cómo
podríamos imaginar una interfase para los tiempos actuales? Imaginemos una
organización diseñada, como el soviet, para ser un espacio abierto, es decir, que acepte a todos quienes quieran
participar (dentro de ciertos criterios, por supuesto) y que su propósito sea
el de proporcionar una arena deliberativa. En otras palabras, una organización
que no defina de antemano qué hacer, sino que ofrezca a sus miembros el espacio
donde decidirlo colectivamente. Imaginemos que esta organización surge
definiéndose de manera amplia como un espacio de coordinación de luchas
anticapitalistas, antirracistas, antipatriarcales y antisexistas; llamémosle
‘Asamblea del Movimiento Social’ (AMS).
La AMS está
conformada por un vocero por cada colectivo aceptado como miembro (los
individuos que quieran participar deberán agruparse previamente en colectivos).
Tal como los soviets, es la propia Asamblea la que decide qué organizaciones
acepta como miembros, buscando hacer lugar a la mayor multiplicidad posible de
grupos sociales (obreros, mujeres, estudiantes, indígenas, gays, etc) y tipos
de organización (colectivos, sindicatos, ONGs, partidos, movimientos, etc.). A
diferencia del soviet, las organizaciones-miembro más grandes no gozarían de un
número mayor de voceros, sino que se asignaría a cada organización una cantidad
de ‘votos’ proporcional a su valor para la AMS. Por ejemplo, el vocero de un
pequeño colectivo de arte político podría tener derecho a dos votos, mientras
que el de un gran sindicato de obreros metalúrgicos podría tener derecho a 200.
La asignación de ‘capacidad de voto’ estaría en función de una serie de
criterios pre-establecidos, decididos colectivamente, que podría así reconocer
las diferencias de tamaño, antigüedad, aporte a la lucha, valor estratégico,
etc., de cada grupo, según una ecuación que también garantice que ningún grupo
tenga una capacidad de votos tal que le permita condicionar unilateralmente las
decisiones. La AMS intentaría trabajar por consenso, o al menos estableciendo
la necesidad de mayorías calificadas para tomar ciertas decisiones importantes.
En el caso en que hubiera que votar alguna decisión en particular, cada
organización-miembro podría decidir de qué manera utilizar su capacidad de
voto. Así, el sindicato podría usar todos sus 200 votos en favor de la postura
de, digamos, llamar a una acción directa contra el gobierno; pero también, en
caso de estar internamente dividido, podría optar por representar la postura de
su minoría, de modo que, por ejemplo, 120 votos podrían ir en favor de la
acción directa, y 80 en contra. De esa manera, la forma de funcionamiento de la
AMS no estaría estimulando la homogeneización forzada de las posturas y el
divisionismo de cada organización-miembro.
Formalmente,
las decisiones importantes dentro de la AMS permanecerían en manos de cada
organización-miembro. Ellas mismas establecerían la modalidad de su relación
con sus propios voceros –algunas preferirían delegarles su capacidad de
decisión, otras no. En cualquier caso, la AMS pondría en funcionamiento
mecanismos de toma de decisiones que permitan que cada organización tenga la
oportunidad de debatir internamente los temas importantes y mandatar luego
expresamente a sus voceros. También, mediante métodos electrónicos, existiría
la posibilidad de expresar voz y votos a distancia para aquellas organizaciones
que no puedan tener a sus voceros presentes por algún motivo, o para aquellas
que lo tengan presente pero quieran, de todos modos, seguir las discusiones y
definirse ‘en tiempo real’.
Las
decisiones que la AMS tomara no comprometerían la autonomía de cada
organización-miembro, las que mantendrían su propia ‘soberanía’ a la hora de
definir sus propias luchas y acciones. La AMS no pretendería tener la
representación exclusiva del movimiento social, ni exigiría a sus miembros
pertenencia exclusiva. Podría haber más de una organización del estilo de la
AMS, y sus miembros podrían eventualmente superponerse sin que esto resultara
un problema. Estaría en el interés de todos los miembros cooperar con cualquier
otra organización que represente al movimiento social.
La AMS no
tendría autoridades en el sentido fuerte, es decir, ‘dirigentes’. Elegiría sí a
varios equipos de ‘facilitadores’ para ocuparse de diversas funciones, por
ejemplo:
1) recibir y evaluar peticiones de
nuevas incorporaciones y recomendar a la AMS si aceptarlas o no, y con cuanto
derecho a voto;
2) mantener debidamente fiscalizado y
en funcionamiento el mecanismo de voto a distancia;
3) ocuparse de las finanzas;
4) desempeñarse como voceros de
prensa;
5) visitar a otras organizaciones para
invitarlas a ingresar a la AMS;
6) participar como voceros o
representantes en tal o cual espacio político;
7) funcionar como moderadores y
negociadores en caso de conflictos entre grupos-miembro;
8) gestionar los cursos de formación
política que la AMS ofrece;
9) tomar decisiones tácticas o
prácticas en casos de urgencia;
10) ejercer un poder parcial de veto para decisiones que
contradigan seriamente los principios fundamentales de la AMS;
11) ocuparse de motorizar campañas específicas decididas
por la AMS (por ejemplo, contra la guerra, contra la violencia contra las
mujeres, etc.).
12) etc.
Los cargos de facilitador podrían
tener una duración limitada, y rotar entre las diferentes
organizaciones-miembro, para evitar acumulación de poder y las típicas peleas
de protagonismo entre dirigentes.
¿Para
qué serviría una organización de estas características? Dependiendo del
contexto político, podría servir para varios fines. Supongamos un contexto en
el que la AMS recién comienza a funcionar, es un grupo relativamente pequeño de
organizaciones, con poco impacto social. En ese contexto la AMS podría
funcionar como una especie de ‘cooperativa política’, en la que cada grupo
aporta algo de sus recursos –contactos, experiencia, conocimientos, dinero,
etc.– para fines en común: defenderse de la represión, organizar una
manifestación, iniciar una campaña de esclarecimiento contra un tratado de
libre comercio, etc. El trabajo en común, por otro lado, contribuiría a
fortalecer los vínculos de la red más general de movimientos sociales.
Supongamos
ahora un contexto un poco más favorable. Viendo que la AMS efectivamente
funciona y permite articular formas de cooperación útiles para todos y en
sintonía con los valores emancipatorios, muchas agrupaciones antes renuentes se
han integrado. La AMS ha crecido y agrupa ya a un número importante de
organizaciones de todo tipo; su voz, por otro lado, ya se ha hecho escuchar en
la sociedad en general, y sus mensajes se siguen con cierto interés. En este
contexto la ‘cooperativa política’ podría funcionar para movilizar influencia
capaz de incidir directamente en la
política estatal. La AMS podría, por ejemplo, amenazar al gobierno con huelgas
y acciones callejeras si se firma el tratado de libre comercio. Podría también,
si lo creyera conveniente, llamar a un boicot electoral en las próximas
elecciones. O, alternativamente, podría decidir que es conveniente,
estratégicamente hablando, participar en las elecciones legislativas
presentando candidatos propios. Fiel a sus principios, esos candidatos serían
sólo ‘voceros’ de la AMS, sin derecho a actuar por iniciativa individual, y sin
derecho a ser reelectos luego de su período. En caso de resultar electos
senadores o diputados, se limitarían a llevar la voz y el voto decididos por la
AMS. En este caso, la ‘cooperativa política’ serviría para agrupar fuerzas con
fines electorales, y para distribuir luego las ‘ganancias’ obtenidas (es decir,
la incidencia en la política estatal) entre todas las organizaciones-miembro.
Como los candidatos se presentaron a elecciones no como individuos sino como voceros
del colectivo, la ‘acumulación’ política sería en favor de la AMS en su
conjunto. Al ver la capacidad de cooperación así desplegada, y los controles
que la AMS establece para que sus candidatos no se transformen en una casta de
políticos profesionales, crecería el prestigio de la organización a ojos de la
sociedad toda.
Supongamos
un contexto todavía más favorable. La AMS ya tiene una larga experiencia de
trabajo en común. Ha ampliado a varios miles el número de sus
organizaciones-miembro. Ha perfeccionado sus procedimientos de toma de
decisiones, de negociación de consensos y de división de tareas. Ha contribuido
a difundir una nueva ética militante. Tiene un aceitado mecanismo para resolver
conflictos, y un eficaz sistema de controles para evitar que un individuo o
grupo acumule poder a costa de todos. Sus discusiones y posturas políticas se
escuchan con gran atención en la sociedad toda. La estrategia de boicot
electoral ha dado sus frutos, y el gobierno y los partidos políticos pierden
rápidamente credibilidad. O, alternativamente, la estrategia de ‘colonizar’
partes del estado con gente propia ha dado resultado, y vastas secciones del
Poder Legislativo y algunas del Ejecutivo están bajo control de la AMS. En
cualquier caso, los mecanismos del Estado han perdido legitimidad, y un
poderoso movimiento social presiona por cambios radicales: por todas partes hay
desobediencia, huelgas, acción directa. En este caso, la ‘cooperativa política’
podría servir para preparar el siguiente paso estratégico, proponiéndose como
alternativa (por lo menos transicional) de gestión global de lo social. La
estrategia a seguir puede variar: la AMS podría continuar ‘colonizando’ los
mecanismos electorales que ofrece el sistema, y tomando paulatinamente en sus
manos más y más resortes de gestión. O podría, alternativamente, promover una
estrategia insurreccional. O una combinación de ambas.
Claro,
esto se trata tan sólo de un ejercicio imaginativo destinado solamente a
ejemplificar cómo podría funcionar una interfase autónoma. En en este caso
hipotético, la AMS habría funcionado a la vez como institución capaz de
organizar la cooperación de las voluntades emancipatorias, y como intitución
capaz de hacerse cargo de la gestión global de lo social aquí y ahora. Su estrategia consistió, primero, en desarrollar una
institucionalidad que ‘imita’ las formas múltiples en que se estructuran las
redes cooperantes (un espacio abierto y múltiple, aunque políticamente reglado)
y su caracter prefigurativo (un espacio horizontal y autónomo que expande el poder-hacer sin concentrar poder-sobre). En segundo lugar,
desarrolló una estrategia ‘inteligente’ de lectura de la configuración de los
lazos de cooperación presentes en la sociedad actual, identificando las
encrucijadas en las que el poder-sobre desempeña un papel ambivalente (es decir, aquellas operaciones del Estado que
estructuran vínculos en alguna medida útiles o necesarios) para poder así
ofrecer una alternativa de gestión superadora (autónoma), y no meramente
destructiva. A diferencia de los Partidos –incluyendo los leninistas–, que
‘colonizan’ al movimiento social con las formas de la política heterónoma, la
organización de nuevo tipo que llamamos AMS entró en interfase con las
estructuras estatales ‘colonizándolas’ con la lógica de la autonomía,
‘drenando’ su poder en otros casos, o simplemente destruyéndolas cuando hiciera
falta.
Naturalmente,
esto no pretende ni podría ser el modelo de un engranaje perfecto: la AMS no
requiere, para su funcionamiento, estar integrada por seres ‘angelicales’. Por
supuesto que se filtrarían luchas de poder en su seno, y que habría conflictos
de todo tipo. Por supuesto que una institución tal no resolvería, de una vez y
para siempre, la tensión implícita en la distancia entre lo social y lo político.
La política emancipatoria seguiría siendo, como lo es hoy, una apuesta
trabajosa y sin garantías por intervenir en la ambivalencia intrínseca de la
vida social para resolver cada situación en el sentido de la expansión de la
autonomía. El beneficio de una institución de nuevo tipo tal sería que esas
luchas, conflictos y tensiones estarían a la vez reconocidos y reglados de modo
tal de que no destruyan inevitablemente la cooperación. Lo que hicimos fue un
mero ejercicio imaginativo, excesivamente simplificado. No se me escapan sus
varios flancos débiles (por mencionar sólo uno, el planteamiento estratégico
fue pensado sólo para el plano de la política a nivel del Estado-nación,
ignorando los condicionantes y oportunidades del plano de la política global). Pero
aunque no sea más que un ejercicio imaginativo, espero que pueda contribuir
para expandir el horizonte de posibilidades que se abre a la hora de enfrentar
la pregunta crucial de la estrategia emancipatoria: qué hacer.
Buenos Aires, marzo de 2006. |