El trabajo de Dionisos. Una crítica de la Forma Estado. (1994)
Capítulo I
El
comunismo como crítica
I. DINOSAURIOS
En las páginas que siguen –quizás para
sorpresa o consternación de algunos de nuestros lectores- hablaremos no sólo de
trabajo, explotación y capitalismo, sino también de conflicto de clases, luchas
proletarias e incluso de futuros comunistas. ¡¿ Surcan aún la tierra los dinosaurios?! Si formulamos nuestra discusión en estos términos,
no lo hacemos por obstinación o fidelidad a alguna oscura ortodoxia, sino
sencillamente porque creemos que, una vez sometidas a un continuo proceso de
reelaboración que les permita entrar en consonancia con nuestros deseos y con
nuestra interpretación del mundo contemporáneo, constituyen las categorías más
útiles para el análisis político social.
Estos problemas terminológicos no son
completamente nuevos. Hace muchos años, cuando uno de los autores de este
libro, por aquel entonces un activo militante marxista, emprendió un debate con
un importante defensor europeo de la democracia liberal sobre el problema de la
existencia o no de una teoría marxista del Estado, la polémica no tardó en degenerar (1). El problema consistía en que el
objeto de la discusión no era el mismo, ni para ambos
participantes ni para el público ni para los partidarios de ambos bandos. Para Norberto
Bobbio, una teoría marxista del Estado sólo podría nutrirse de todo aquello que
uno pudiera extraer de una lectura cuidadosa de la obra de Marx y en ésta no
encontró nada. Para el autor marxista radical, sin embargo, una teoría marxista
del Estado era la crítica práctica del derecho y de las instituciones del
Estado desde la perspectiva del movimiento revolucionario: una práctica que
poco tenía que ver con la filología marxista, sino que incumbía en la realidad
a la hermenéutica marxista de la construcción de un sujeto revolucionario y a la
expresión de su potencia. Así pues, para el primer autor no existía una teoría
marxista del derecho y del Estado y lo que se hacía pasar bajo este emblema no
era más que una construcción vulgar y ecléctica fabricada por el “socialismo
real”, es decir, por la Unión Soviética y por los demás países socialistas de
Europa del Este. El segundo autor encontraba en Marx la base de la más radical
crítica del derecho y el Estado, desarrollada durante años por el movimiento
obrero en el curso del proceso revolucionario y reprimida de hecho en las
codificaciones y las constituciones de la Unión Soviética y del “socialismo
real”.
Si hace quince años tal confusión
impidió que la discusión resultara productiva y propició que la disputa sobre
los términos mismo del debate se hiciera completamente imposible, en la
actualidad ni el lector ni nosotros mismos deberíamos tener dificultad alguna
para percibir que afrontar hoy el tema del derecho y el Estado desde la
perspectiva del comunismo podría parecer una tarea imposible. En efecto, en
nuestros días, marxismo, socialismo y comunismo son términos tan comprometidos
con oscuros desarrollos históricos que no parece posible liberarles de sus
reducciones polémicas, presentándose como algo completamente delirante toda
tentativa encaminada a plantear de nuevo un uso significativo de la expresión,
redescubrir la riqueza de significativos de tales términos o desarrollar una
nueva teoría. Sin embargo, no es desde luego la primera vez en la historia, ni
siquiera en la historia reciente, que la investigación mas allá de las sombras
de la propaganda y de las pesadillas de un periodo específico puede dar lugar a
resultados importantes. A fin de cuentas, si algo había en común entre Bobbio y
su interlocutor era que ambos consideraban el socialismo real como una
evolución en gran medida exterior al pensamiento marxiano: la reducción del
marxismo a la historia del socialismo real carece absolutamente de sentido. La
reducción del marxismo a la historia del socialismo real carece absolutamente
de sentido. Tampoco tiene ningún sentido reducir a la historia y la semántica
del socialismo real el conjunto de luchas de liberación desarrolladas por los
proletarios contra el trabajo [work] capitalista, su derecho y su Estado en la
larga estación histórica que se extiende desde la sublevación parisina de 1789
hasta la caída del Muro de Berlín.
Estos presupuestos y este deseo de
indagar más allá de los ídolos del conocimiento forman la base de este libro,
una serie de textos orientados hacia una teoría del comunismo jurídico. Esta tentativa nada tiene que ver con el socialismo jurídico del antiguo mundo soviético
y si mucho con Marx y su crítica del capitalismo, así como con el deseo
comunista expresado a través de más de dos siglos de luchas contra la
explotación capitalista de la clase obrera y de todos los seres humanos. Tal
vez este comunismo sea un dinosaurio en el sentido etimológico del término
griego, una bestia terrible: este monstruo, sin embargo, nunca llegó a
extinguirse y continúa expresando su potencia a lo largo de toda nuestra
historia moderna y posmoderna.
2.
COMUNISMO
Una teoría del comunismo jurídico toma
el comunismo como punto de partida y a la vez de llegada de la crítica de la
forma-Estado. No pocos han señalado, con Bobbio, que un análisis marxista de la
forma-Estado, es decir, del complejo de aparatos legales y económicos que sostienen y constituyen el Estado, es prácticamente imposible,
ya que Marx apenas prestó atención a éste como tal y en rigor no desarrolló
ninguna teoría del Estado. En efecto, es cierto que Marx no plantea ninguna
teoría positiva del mismo y de su
derecho. Lo que no significa, sin embargo, que un análisis marxista no tenga
nada que decir acerca del Estado; antes bien, significa que el punto de partida
para una crítica marxista del Estado es, rigurosamente hablando, negativo. “El
comunismo -escribió Marx- es el movimiento real que anula y supera el estado de
cosas actual” (2).
Cuando consideramos el comunismo como un punto de partida lo hacemos en este último
sentido.
La anterior cita de Marx nos propone
dos elementos estrechamente relacionados de la práctica teórica comunista. El
primero es el análisis del “estado de cosas actual” o, en nuestro caso, el
análisis de las teorías del derecho y el Estado realmente existentes. Son éstas las teorías de dominio que se
corresponden puntualmente con las figuras disciplinarias de la organización del
trabajo y las formas coercitivas de la división social del trabajo, ya sean
capitalistas o socialistas, que sirven para expropiar los cerebros y los
cuerpos de los ciudadanos y trabajadores en razón del despotismo que estas
formas implican. A este fin, pues, analizaremos los trabajos de autores tales
como John Maynard Keynes, Hans Kelsen, John Rawls, Richard Rorty y Niklas
Luhmann al objeto de determinar hasta que punto teorizan adecuadamente las prácticas
y las figuras del dominio contemporáneo. Nos ocupamos de estos autores con el
mismo espíritu con el que Marx se ocupó en su tiempo de Adam Smith, David
Ricardo y Henry Carey: a saber, porque pensamos que en determinados aspectos su
obra ha aprehendido y concierne a la condición presente del dominio.
El segundo elemento de este método
marxista, unido al análisis del estado de cosas actual, consiste en aprehender
lo que Marx denomina “el movimiento real que anula y supera” el estado de cosas
actual. Dicho de otra manera, la crítica marxista del Estado debe aprehender
las fuerzas sociales reales en movimiento que sabotean y subvierten las
estructuras y mecanismos de dominio. Como fundamento de esta crítica adoptamos,
como hiciera Marx, la idea y la experiencia del trabajo vivo, siempre subyugado
pero siempre liberándose. El trabajo vivo es inherente al capital; se encuentra
constreñido en las mismas instituciones en las que nace, pero constantemente se
las arregla para destruirlas. Por consiguiente, la crítica debe ponerse a la
altura del antagonismo y de las subjetividades revolucionarias, definiendo y
redefiniendo sus figuras cambiantes, mostrando cómo su movimiento y sus
progresivas transformaciones entran constantemente en conflicto y destruyen los
nuevos ordenamientos del derecho y el Estado. Son éstas las dos caras de una crítica
de la forma-Estado que considera el comunismo, “el movimiento real que supera y
anula el estado de cosas actual”, como su punto de partida. Así pues, como
primera hipótesis, formularemos el comunismo jurídico como un método de
pensamiento ajeno a toda dimensión de la racionalidad instrumental del derecho
y el Estado, un método que destruye esa racionalidad.
Sin embargo, un método negativo no es
suficiente. La crítica debe plantear también un proyecto. El comunismo debe
concebirse como una critica total en el sentido nietzscheano: no sólo una
destrucción de los valores presentes, sino también una creación de nuevos
valores; no sólo una negación de lo existente, sino también una afirmación de
lo que brota como una irrupción. En este sentido, la crítica de la forma-Estado
consiste también en la propuesta de una alternativa real. Este aspecto positivo
de una crítica marxista debe cimentarse a su vez en la idea y la experiencia
del trabajo vivo. El trabajo vivo es la fuerza que desde dentro plantea constantemente
no sólo la subversión del proceso de producción capitalista, sino también la
construcción de una alternativa. Dicho de otra manera, el trabajo vivo no sólo
rechaza su abstracción en el proceso de valorización capitalista y de
producción de plusvalor, sino que a su vez plantea un esquema alternativo de
valorización, la autovalorización del trabajo. Así pues, el trabajo vivo es una
fuerza activa, no sólo de negación, sino también de afirmación. Las
subjetividades producidas en los procesos de auto valorización del trabajo vivo
son los agentes que crean una socialidad alternativa. (En el capitulo III
analizaremos lo que denominamos “prerrequisitos del comunismo” ya existentes en
la sociedad contemporánea.) La expresión y la afirmación de la potencia de la
colectividad, la multitud, en tanto que movimiento incontenible de la
transformación material de la organización social del trabajo y de las normas
que aseguran su eficacia, son la fuerza que anima el esquema trascendental del
comunismo jurídico. Este esquema es trascendental en un sentido fuerte. Dicho
de otra manera, no es formal sino ontológico, no es teleológico sino
pragmático; no remite a ninguna necesidad ni se encomienda a transición alguna,
antes bien, presupone siempre nuevos procesos de lucha, nuevas configuraciones
de productividad y nuevas expresiones de poder constituyente. Como decíamos, en
su aspecto negativo la crítica de la forma-Estado considera el comunismo como
punto de partida, pero ahora, en su aspecto positivo, la critica reconoce en el
comunismo su punto de llegada.
En la medida en que el comunismo
jurídico se presenta como critica total, ha de ser reconocido a su vez como crítica
inmanente. Esta máquina destructiva y creativa que esperamos poder aprehender
con un método crítico marxista no es otra sino aquella que se define por el
grado real alcanzado por las luchas sociales y la cualidad de la composición de
las subjetividades revolucionarias. Lo que significa, en primer lugar, que el
derecho y el Estado sólo pueden definirse como una relación, un horizonte
constantemente abierto que, sin duda, pueden estar sobredeterminados, pero cuya
esencia siempre puede remitirse -como
de hecho sucede- a la dinámica y la fenomenología de la relación de fuerzas
entre sujetos sociales. En segundo
lugar, significa que nada en el ámbito del derecho y el Estado pueden ser
arrancado del plano de la más absoluta inmanencia: ni una primera fundación, ni
una tabla de derechos naturales, ni un esquema ideológico, ni siquiera un
paradigma constitucional. Al igual que el dinero, el derecho (que repite en el
sistema capitalista muchas de las figuras que en este adopta el dinero) no es
portador de valores que le sean propios, sino tan sólo de aquellos que los
conflictos y las necesidades de la reproducción de la sociedad capitalista, de
su división del trabajo y su explotación producen cada día. El elemento
invariable de la función ideológica del derecho y del estado siempre es menos
real que los elementos variables que constituyen su consistencia presente, su
permanente contingencia. En este sentido, es completamente irreal. La tarea de
la crítica comunista consiste en demostrar esta irrealidad y en esclarecer las
figuras afirmativas y productivas que surgen continuamente de las luchas entre las
dos clases, entre la dominación y el deseo de liberación, en la frontera de
este vacío.
3. TRABAJO
En los últimos años, el concepto de trabajo ha
caído en desuso no sólo en las discusiones filosóficas, sino también en la
teoría jurídica, en la teoría política e incluso en la disciplina económica.
Con excesiva frecuencia el trabajo queda circunscrito al ámbito de la ética
capitalista del trabajo que niega los placeres y los deseos. Nuestro análisis
ha de desplegar el concepto de trabajo atravesando el espectro de la producción
social, llegando a comprender incluso la esfera productiva que Marx denominara
horizonte del no trabajo. (3). Esta apertura no
puede llevarse a cabo limitándose a una mera referencia a su uso en la
tradición marxista, sino que debe a su vez acudir a otras fuentes en su
esfuerzo por aprehender los procesos contemporáneos de producción de
subjetividades sociales, de la socialidad y de la sociedad misma.
El concepto de trabajo remite, ante todo, a una
problemática del valor. De hecho, en nuestro uso de los términos, los conceptos
de trabajo y valor se implican uno a otro: por trabajo entendemos una práctica
creadora de valor. En este sentido, el trabajo funciona como una analítica
social que interpreta la producción de valor a través de todo un espectro
social, en términos económicos y culturales por igual. Ante todo, habría que
distinguir esta concepción del trabajo de los numerosos intentos contemporáneos
de emplear la performance o la “performatividad”
como un paradigma del análisis y de la práctica social: aunque la expresión performance hace hincapié en la
importancia social de las prácticas
significantes o discursivas, utilizamos trabajo en su lugar para centrarnos en las prácticas
creadoras del valor (4). Esta atención
preferentemente a los procesos de valorización nos parece la óptica más
adecuada para observar la producción, no simplemente de saberes e identidades,
sino de la sociedad y de las subjetividades que la animan, para observar, en
realidad la producción de la producción
misma.
No obstante, cabe plantear la relación entre
trabajo y valor de varias maneras diferentes. En la sociedad capitalista, el
trabajo apunta a una alternativa primaria y radical: una alternativa que
permite que el análisis del trabajo se plantee no sólo como una fuerza
destructiva contra la sociedad capitalista, sino también como la propuesta o la
afirmación de otra sociedad. De este modo Marx concebía la teoría del
valor-trabajo de dos formas, desde dos perspectivas, una negativa y otra
afirmativa. La primera perspectiva comienza con la teoría del trabajo
abstracto. Marx siguiendo a las principales corrientes económicas de su tiempo,
reconoció que el trabajo está presente en todas las mercancías y es la
sustancia común a todas las actividades productivas. Desde esta perspectiva,
todo trabajo puede reducirse a trabajo abstracto, lo que nos permite
aprehender, por debajo de todas las formas particulares que presenta el trabajo
en determinadas circunstancias, una fuerza de trabajo social global que puede
trasladarse de un uso a otro en función de las necesidades sociales. Marx pasó
de esta visión cualitativa a una concepción cuantitativa centrada en la medida
del valor del trabajo. La cantidad de valor expresa la relación existente entre
un determinado bien y la proporción del tiempo de trabajo socialmente necesario
para su producción. El principal cometido de esta teoría consiste en la
investigación de las leyes económicas y sociales que gobiernan el despliegue de
la fuerza de trabajo entre los diferentes sectores de la producción social y,
de este modo, sacar a la luz los procesos de valorización capitalista. Una de
las principales funciones de esta ley del valor consiste en dejar sentado que
en una sociedad de productores de mercancías, aunque no exista centralización
ni coordinación, existe un modo de efectuar elecciones sociales, hay un orden.
La ley del valor revela la racionalidad que subyace en las operaciones que los
capitalistas llevan a cabo a ciegas en el mercado. De este modo, trata de
explicar el mantenimiento del equilibrio social dentro del alboroto de las fluctuaciones
accidentales. Básicamente, en esta primera teoría del valor-trabajo Marx
desarrolla ulteriormente y refina los análisis de los economistas capitalistas
de la época.
Sin embargo, en la obra de Marx la teoría del
valor-trabajo se presenta a su vez de otra forma, una forma que se aparta
radicalmente de las teorías capitalistas para centrarse no en los procesos de
valorización capitalista, sino, por el contrario, en los procesos de autovalorización
(Selbstverwertung) (5). En esta forma, Marx consideraba el valor del trabajo no
como figura de equilibrio, sino como figura antagonista, como el sujeto de una
ruptura dinámica del sistema. De este modo, el concepto de fuerza de trabajo es
considerado como un elemento valorizador de la producción relativamente
independiente del funcionamiento de la ley capitalista del valor. Lo que
significa que la unidad de valor se identifica ante todo en su relación con el “trabajo
necesario” que no es una cantidad fija, sino un elemento dinámico del sistema.
El trabajo necesario es un determinado históricamente por las luchas de la
clase obrera contra el trabajo asalariado, encaminadas a transformar este mismo
trabajo. Lo que significa que, aunque en la primera teoría el valor quedaba
fijado en las estructuras del capital, en esta segunda teoría tanto el trabajo
como el valor son elementos variables.
Así pues, la relación existente entre
trabajo y valor no es unidireccional. Como han reconocido muchos estudiosos en
los últimos treinta años, no basta con poner la estructura económica del
trabajo como fuente de una superestructura cultural del valor; hay que
desbaratar esta noción de base y superestructura. Si el trabajo es la base del
valor, a su vez el valor es la base del trabajo (6).
La consideración de lo que es trabajo o práctica creadora de valor depende
siempre de los valores existentes en un contexto social e histórico dado; en
otras palabras, el trabajo no ha de definirse sencillamente como actividad,
como cualquier actividad, sino específicamente como la actividad socialmente
reconocida como productora de valor. La definición de las prácticas que
comprende el trabajo no viene dada o fijada de una vez por todas, antes bien,
resulta de una determinación histórica y social, de tal forma que la definición
misma constituye un escenario móvil de la contestación social. Por ejemplo,
ciertas líneas de la investigación y determinadas prácticas feministas, a
partir de un análisis de la división de género del trabajo, han puesto de
manifiesto las diferentes formas de trabajo afectivo, de trabajo de cuidado, y
de trabajo en la familia tradicionalmente definidas como trabajo de las mujeres (7). Estos estudios han demostrado con
claridad de que modos tales formas de actividad producen redes sociales y la
sociedad misma. A resultas de estos esfuerzos, hoy tales prácticas creadoras de
valor pueden y deben ser reconocidas como trabajo. De nuevo, lo importante es
que el concepto mismo de trabajo es móvil y se define históricamente a través
de la contestación. En este sentido, la teoría del valor-trabajo es a su vez
una teoría del trabajo-valor.
Así pues, para llevar a cabo una crítica
utilizando la categoría de trabajo desde esta segunda perspectiva, debemos
estar continuamente en sintonía con sus instancias socio históricas. El
fenómeno general de la transformación del trabajo al que hemos asistido en los últimos
años es el paso a lo que llamamos la sociedad-fábrica. La fábrica ya no puede
concebirse como sede paradigmática o como la concentración del trabajo y la
producción; los procesos de trabajo se han trasladado fuera de los muros de la fábrica
para irrumpir en toda la sociedad. Dicho de otra manera, el manifiesto declive
de la fábrica como sede de la producción no implica un declive del régimen y de
la disciplina de la producción de fábrica, antes bien, significa que esta ya no
queda circunscrita a un lugar particular de la sociedad. Se ha introducido en
todas las formas de producción social, difundiéndose como un virus. En la
actualidad, toda la sociedad esta impregnada hasta los tuétanos del régimen de fábrica,
es decir, de las normas de las relaciones de producción específicamente
capitalistas. A la luz de estas transformaciones, se hace preciso revisar y
repensar una serie de consideraciones marcianas. Por ejemplo, en la
sociedad-fabrica, la tradicional distinción conceptual entre trabajo productivo
e improductivo y entre producción y reproducción, que incluso en otros periodos
presentaban una dudosa validez, debe hoy considerarse superada (8).
La generalización del régimen de fábrica
se ha visto acompañada por un cambio en la naturaleza y la cualidad de los
procesos de trabajo. En nuestras sociedades, el trabajo tiende cada vez más a
hacerse inmaterial: trabajo intelectual, afectivo y técnico-científico, el
trabajo del cybord. Las redes cada vez más complejas de la cooperación laboral,
la integración del trabajo de cuidado de un punto a otro del espectro de la
producción y la informatización de un amplio abanico de procesos de trabajo
caracterizan la transformación contemporánea de la naturaleza del trabajo. Marx
intentó aferrar esta transformación con la referencia de un general intellect: sin embargo, es
preciso aclarar que, por más que tienda hacia la inmaterialidad, este trabajo es
tan corporal como intelectual. Los apéndices cibernéticos quedan incorporados
al cuerpo tecnologizado y pasan a formar parte de su naturaleza. Estas nuevas
formas de trabajo son inmediatamente sociales, en la medida en que determinan
directamente las redes de cooperación productiva que crean y recrean la
sociedad.
Así pues, parece que, en el preciso
momento en que el concepto de trabajo se ve desplazado a los márgenes de los
discursos dominantes, este se reafirma y ocupa el centro de la discusión. Que
la clase obrera industrial ha perdido su posición central en la sociedad, que
la naturaleza y las condiciones del trabajo se han modificado profundamente e,
inclusive, que lo que cabe reconocer como trabajo ha cambiado enormemente, todo
esto parece obvio. Sin embargo, estas mismas transformaciones, lejos de
conceder un carácter marginal al concepto de trabajo, vuelven a proponer su
insistente centralidad. Pese a la bancarrota inapelable de la primera ley del
valor-trabajo, que intentaba descifrar el sentido de nuestra historia en nombre
de la centralidad del trabajo proletario y de su reducción cuantitativa
siguiendo el paso marcado por el desarrollo capitalista, esta no invalida una
serie de hechos, determinaciones y consistencias históricas: el hecho, por ejemplo,
de que la organización del Estado y de su derecho está ligado en gran parte a
la necesidad de construir un orden de reproducción social basado en el trabajo
y de que la forma del Estado y de su derecho se transforma con arreglo a las
modificaciones de la naturaleza del trabajo. Los horizontes monetarios,
simbólicos y políticos que se presentan a veces en sustitución de la ley del
valor como elementos constitutivos del lazo social se las arreglan para
expulsar al trabajo del ámbito de la teoría, pero no, desde luego, para
expulsarle de la realidad. En efecto, en la era posindustrial, en la
globalización del sistema capitalista, de la sociedad-fábrica y en la fase
triunfal de la producción informatizada, la presencia del trabajo en el centro
del mundo de la vida y la extensión de la cooperación social de un punto a otro
de la sociedad se hace total. Lo que nos conduce a una paradoja: en el preciso
momento en que la teoría deja de ver al trabajo, el trabajo se ha tornado en
todas partes la sustancia común. El
vaciado teórico del problema del trabajo corresponde a su máxima riqueza de
significados como sustancias de la acción humana de una parte a otra del globo.
Aunque resulta evidente que en esta totalidad de referencia -dada la
imposibilidad de considerar el trabajo como algo realmente (o inclusive tan sólo
conceptualmente) trascendente- la ley del valor estalla en pedazos, resulta
evidente a su vez que esta inmersión en el trabajo constituye el problema
fundamental, no sólo de la economía y la política, sino también de la filosofía.
El mundo es trabajo. Así pues, Marx tal vez se equivocaba cuando formulaba el
trabajo como sustancia de la historia humana, pero no por ir demasiado lejos,
sino por no ir lo suficiente.
4.
SUJETO
En respuestas a las últimas e imponentes
transformaciones de la sociedad contemporánea, numerosos autores (a menudo
agrupados bajo la confusa bandera del postmodernismo) han definido el abandono
de las teorías del sujeto social y el reconocimiento de las subjetividades en términos
puramente individualistas ¡o bien no reconociéndolas a secas! A nuestro juicio,
es posible que tales argumentos hayan identificado una transformación real; sin
embargo, han sacado de esta una conclusión equivocada. Dicho de otra manera, la
victoria del proyecto capitalista y la subsunción real de la sociedad en el
capital han generalizado inequívocamente el dominio del capital y de sus formas
de explotación, delimitando opresivamente los confines de la posibilidad real,
cegando el mundo de la disciplina y el control y, como diría Foucault, haciendo
de la sociedad un sistema “sans dehors” [sin afuera]. Sin embargo, este mismo
hecho encamina a las subjetividades y al pensamiento crítico hacia una nueva
tarea: la construcción de aquellas como nuevas máquinas de una producción
positiva del ser que no puede expresarse sino como una nueva constitución, como
una revolución radical. La crisis del socialismo, la crisis de la modernidad y
la crisis de la ley del valor no invalidan los procesos de valorización social
y la constitución de subjetividad ni abandonan estos procesos (con imperdonable
hipocresía) al destino único de la explotación. Antes bien, estas
transformaciones imponen nuevos procesos de constitución subjetivas: no fuera,
sino dentro de la crisis que experimentamos,
es decir, que la organización de las viejas subjetividades experimenta. Así
pues, la expresión de una nueva teoría de la subjetividad tiene cabida en este
nuevo espacio crítico y reflexivo y, a su vez, esta nueva definición de la
subjetividad supone una enorme innovación teórica para el diseño de un proyecto
de comunismo.
De hecho, el problema de la
subjetividad aparece en la obra de Marx. Este construye la teoría de un proceso
de constitución de clase ya históricamente determinado. En sus obras principales,
como El capital o los Grundrisse, el interés en las prácticas
subjetivas se ajustaba en gran medida a dos necesidades: en primer lugar,
subrayar la necesidad objetiva de los procesos de constitución subjetiva y por
ende, en segundo lugar, excluir toda referencia utópica del horizonte de la
acción proletaria. Sin embargo, en la práctica ambas necesidades delatan una
paradoja que recorre el pensamiento de Marx: la paradoja que supone encomendar
la liberación de la subjetividad revolucionaria a un “proceso sin sujeto”. De
ahí que pueda parecer que Marx acabara exponiendo el nacimiento y el desarrollo
de la subjetividad revolucionaria así como el advenimiento del comunismo como
productos de una especie de “historia natural del capital”. Es evidente que
algo falla en el desarrollo de este análisis marciano. En realidad, el mismo
Marx que formulaba la lucha contra la trascendencia y la alineación como origen
de su filosofía y configuraba el movimiento de la historia humana como la lucha
contra toda explotación presentaba también, por el contrario, la historia en la
estela del positivismo científico, regida por una necesidad económico-naturalista.
De tal suerte que el materialismo se ve privado de ese inmanentismo absoluto
que, en la filosofía moderna, constituye su dignidad y su fundamento.
La subjetividad debe aprehenderse
atendiendo a los procesos sociales que animan la producción de la subjetividad.
El sujeto, como comprendiera claramente Foucault, es al mismo tiempo producto y
productivo, constituido en y constitutivo de las vastas redes del trabajo
social. El trabajo es tanto sujeción como subjetivación -“le travail de soir
sur soi” [el trabajo de sí sobre sí mismo]-, razón por la cual han de
desecharse todas las nociones de voluntad libre o de determinismo del sujeto.
La subjetividad se define simultánea e igualmente por su productividad y su
producibilidad, por sus capacidades de producir y de ser producida.
Si estudiamos las nuevas cualidades de
los procesos de trabajo e investigamos las nuevas instancias del trabajo
inmaterial y de la cooperación social en sus diferentes formas, podemos
comenzar a identificar los circuitos alternativos de la valorización social y
las nuevas subjetividades que resultan de estos procesos. Algunos ejemplos serán
útiles para aclarar este punto. En un conjunto coherente de estudios emprendido
en Francia con motivo de las últimas luchas políticas de las trabajadoras de
los hospitales y de otras instituciones sanitarias, algunas autoras han hablado
de un “valor de uso específico del trabajo femenino” (9). Estos análisis muestran cómo el trabajo en los hospitales
y en las instituciones de asistencia pública, desempeñado su mayor parte por
mujeres, presupone, crea y reproduce valores específicos o, para ser más
precisos, si analizamos con mayor detenimiento este tipo de trabajo,
constatamos la existencia de un terreno de la producción de valor en el cual
las componentes de ese trabajo, sumamente técnicas y afectivas al mismo tiempo,
parecen haberse tornado esenciales e irreemplazables para la producción y la reproducción
de la sociedad. En el curso de sus luchas, las enfermeras no sólo han planteado
el problema de sus condiciones laborales, sino que al mismo tiempo han
introducido en el debate la cualidad de su trabajo, tanto en lo relativo al
paciente (atendiendo las necesidades de un ser humano que se enfrenta a la
enfermedad y la muerte) como en lo referente a la sociedad (ejerciendo las prácticas
tecnológicas de la medicina moderna). Lo fascinante es que en el curso de las luchas
de las enfermeras estas formas específicas
de trabajo y su terreno de valorización han producido nuevas formas de
autoorganización y una figura subjetiva completamente original: las coordinations [coordinadoras]. La
especificidad de la forma del trabajo de las enfermeras, afectivo y
técnico-científico, lejos de encerrarse sobre sí misma, ejemplifica el modo en
que los procesos de trabajo constituyen la producción de subjetividad.
Las luchas vinculadas al activismo
contra el sida forman parte de este mismo terreno. Un componente de Act-Up y de
los demás elementos del movimiento antisida en Estados Unidos ha consistido no
sólo en la crítica de las acciones del establishment científico y médico en lo que respecta a la investigación y el tratamiento del
sida, sino también en la intervención directa en el campo técnico y en la participación
en los esfuerzos científicos. “No sólo tratan de reformar la ciencia ejerciendo
una presión desde fuera -escribe Steven Eptein-, sino también de hacer ciencia situándose
en su interior. No se limitan a impugnar los usos de las ciencias, o el control sobre la ciencia, sino que a veces llegan incluso a impugnar los contenidos mismos de la ciencia y los procesos a través de los cuales ésta es
producida” (“Democratic Science? AIDS Actividm and the Contested Construction
of Knowledge”, p.37). Un amplio segmento del movimiento antisida se ha convertido en experto en los problemas
y los procedimientos médicos y científicos relativos a la enfermedad, hasta el
punto de ser capaces no sólo de controlar puntualmente el estado de sus propios
cuerpos, sino también de insistir en la necesidad de experimentar determinados
tratamientos, en la autorización y la disponibilidad de determinados
medicamentos y en el empleo de determinados procedimientos, en un complejo
esfuerzo para prevenir, curar y hacer frente a las dolencias. El altísimo nivel
del trabajo técnico-científico que caracteriza al movimiento abre terreno de una
nueva figura subjetiva, una subjetividad que no sólo ha desarrollado las
capacidades afectivas necesarias para vivir con la dolencia y hacerse cargo de
otras personas, sino que además ha incorporado a su figura capacidades científicas
avanzadas. Una vez que identificamos el trabajo como inmaterial, altamente científico,
afectivo y cooperativo (una vez, dicho de otra manera, que se revela su relación
con la existencia y con las formas de vida y se define como una función social
de la comunidad), estamos en condiciones de ver como de los procesos de trabajo
se desprende la elaboración de redes de valorización social así como la
elaboración de subjetividades alternativas.
La producción de subjetividad es
siempre un proceso de hibridación, de cruce de fronteras, de tal forma que la
historia contemporánea este híbrido subjetivo se produce cada vez más en el
interfaz entre ser humano y máquina. Hoy, la subjetividad, despojada de todas sus
cualidades aparentemente orgánicas, surge de la fábrica como un brillante
ensamblaje tecnológico. “Antiguamente, los hombres echaban raíces en las
circunstancias de la vida en que caían”, escribió Robert Musil hace décadas, “y
ésta era una manera segura de encontrarse a sí mismos; pero hoy, en la barahúnda
general en que se tiende a desligar todo de su suelo y fundamento, sería
necesario también, en la producción del alma, por decirlo así, sustituir la tradición
de la artesanía por la inteligencia de la fabrica” (10). La máquina es parte integrante del sujeto, no como un
apéndice, una especie de prótesis, como si fuera una entre otras, de sus cualidades;
antes bien, el sujeto es a la vez humano y máquina hasta la médula, se trata de
algo que le es connatural. El carácter técnico-científico del movimiento antisida
y el carácter cada vez más inmaterial del trabajo social general pone de
manifiesto la nueva naturaleza humana que corre por nuestros cuerpos. En la
actualidad, el cyborg es el único modelo de que disponemos a la hora de
teorizar la subjetividad (11). Cuerpos sin órganos, seres humanos sin atributos, cyborgs: éstas
son las figuras subjetivas producidas y productivas en el horizonte
contemporáneo, las figuras subjetivas capaces de comunismo en la actualidad.
En efecto, la aprehensión del proceso histórico
real es lo que nos libera de toda ilusión acerca de “la desaparición del
sujeto”. Así pues, cuando e capital ha subsumido completamente en su seno a la
sociedad, cuando la historia moderna del capital ha llegado a su fin, la
subjetividad, como motor de la acción transformadora mediante el trabajo y como
índice metafísico de la potencia del ser, nos anuncia en voz alta que la
historia no ha terminado. O mejor aún, la teoría de la subjetividad vincula
estrecha y necesariamente esta frontera a aquella revolución, cuando atraviesa
el territorio desolado de la subsunción real y sufre el encantamiento, juguetón
o angustiado, de la posmodernidad, reconociéndolas, sin embargo, no como
limites insuperables, sino como pasos necesarios de una reactivación de la
potencia del ser mediante la subjetividad.
5.
POSMODERNO
Casi todo el mundo ha reconocido ya la
inutilidad de continuar argumentando “a favor” o “en contra” de la
posmodernidad, como si nos encontráramos en el umbral de una nueva época
decidiendo si zambullirnos o no en ella. Formamos parte de esta nueva época irrevocablemente,
de ahí que si hemos de formular una crítica o una alternativa al estado de
cosas actual, debemos hacerlo desde dentro. La posmodernidad –o como se quiera
denominar el periodo que vivimos- existe, y aunque no cabe duda de que comparte
muchos elementos comunes con periodos anteriores, constituye un cambio
significativo respecto a nuestro pasado reciente. A nuestro juicio, la razón
por la que la discusión sobre la posmodernidad ha acarreado tanta confusión se
debe en parte a que muchos teóricos (inclusive aquellos que analizan las formas
cambiantes del capitalismo) omiten en sus análisis la existencia de los
antagonismos y de las líneas del conflicto de clases que definen aquella. Dicho
de otra manera, una vez reconocida la posmodernidad como el estado de cosas
actual, habría que concentrarse no sólo en las nuevas formas de dominación y explotación,
sino subrayar a su vez las nuevas formas de antagonismos que rechazan esa explotación
y proponen afirmativamente alternativas de organización social. Esto supone
identificar los antagonismos que surgen hoy día en los procesos de trabajo
dominantes y acometer su desarrollo en pos de un proyecto alternativo. Con
demasiada frecuencia, los autores dan por sentado que en la época moderna los
análisis sociales y políticos subordinan lo cultural a lo económico (la
superestructura a la base) y que, como si se tratara de una compensación, la época
posmoderna exige la inversión de esa relación subordinando lo económico a lo
cultural. Lo que no hace sino añadir una imagen equivocada de la posmodernidad
a una falsa concepción de la modernidad. Sin embargo, nuestra propuesta de
concentrar el análisis en las actividades creadoras de valor y en los procesos
de valorización rompe con los límites de lo social, lo económico, lo jurídico y
lo político y obvia lo que, en primer lugar, no era en el fondo más que un
problema mal planteado.
En primer lugar, o en una primera
aproximación, habría que considerar el capitalismo posmoderno desde la
perspectiva de lo que Marx denomina la fase de la subsunción real de la
sociedad en el capital. En la fase anterior (la de la subsunción formal), el
capital ejercía una hegemonía sobre la producción social, pero todavía quedaban
numerosos procesos de producción cuyo origen se situaba fuera del capital, en
tanto que restos de la época precapitalista. El capital subsume formalmente
estos procesos externos, sometiéndolos al predominio de las relaciones
capitalista. En la fase de la subsunción real, el capital ya no tiene un
afuera, toda vez que estos procesos externos de producción han desaparecido.
Todos los procesos productivos surgen dentro del capital mismo y, por lo tanto,
la producción y la reproducción de la totalidad del mundo social tienen lugar
dentro del capital. En la actualidad, las normas específicamente capitalistas
de las relaciones de producción y de explotación capitalista que se desarrollan
en la fábrica se han filtrado a través de los muros de la fábrica hasta
penetrar y definir todas las relaciones sociales. Y cuando insistimos en que habría
que identificar la sociedad contemporánea como una sociedad-fábrica lo hacemos
en este último sentido (12).
Las relaciones capitalistas de
producción en la época posmoderna se presentan como una especie de
trascendental social. El capital parece no tener otro. El capital social ya no
se limita a ser el orquestador, sino que llega incluso a presentarse como el
productor en el terreno de la producción social. El capital siempre ha soñado
con conseguir su autonomía y separarse del trabajo de una vez por todas. “la
historia política del capital”, escribía Mario Tronti a principios de la década
de 1960, es “la sucesión de sus intentos de sustraerse a la relación de clases”
o, para ser mas precisos, de los “intentos
de emancipación de la clase capitalista respecto a los obreros, a través de
las distintas formas de dominio político del capital sobre la clase obrera” (13). En la posmodernidad, en la fase de la subsunción real del
trabajo en el capital, el capital parece haber realizado su sueño y conseguido
su independencia. Con la expansión de sus bases productivas en el tercer mundo,
el traslado de determinados tipos de producción del Norte al Sur, la mayor
compatibilidad y permeabilidad de los mercados y las facilidades de que gozan
las redes de flujos monetarios, el capital ha conseguido una posición
verdaderamente global. Sin embargo, la generalización posmoderna de las
relaciones capitalistas trae consigo otra cara. A medida que la forma de
explotación específicamente capitalista sale de la fábrica para englobar todas
las formas de producción social, el rechazo de esa explotación se generaliza a
su vez, atravesando el campo social. Aunque la época posmoderna nos presenta
una época de control capitalista a escala global, nos presenta también el
antagonismo del trabajo vivo respecto a las relaciones de producción y el
potencial del comunismo con una intensidad nunca antes experimentada. El
discernimiento de estas nuevas formas de antagonismo y de las alternativas será
nuestro principal centro de interés en este estudio.
No obstante, no emprendemos en ningún caso
un análisis general de la posmodernidad, antes bien, concentraremos nuestro
foco de atención ante todo en las estructuras jurídicas de la forma-Estado contemporánea.
En la época posmoderna, las prácticas jurídicas parecen una caricatura de la
definición marxista del estado liberal como un “régimen totalitario” de los “derechos
humanos”. Las teorías jurídicas de la posmodernidad son en buena medida
variaciones sobre este tema. Por otra parte, nuestra tarea consistirá en la
identificación de los procesos de trabajo y la producción de subjetividades en
la relación precisa que pone en marcha su continua transformación y representa
la transformación de las estructuras de poder que los gobiernan. Como decíamos,
esta tarea a de concebirse en forma de una critica total. Dicho de otra manera,
creemos que criticando la miseria del mundo contemporáneo, confirmada y
sobredeterminada por el derecho y las estructuras del estado, en el curso de la
crítica pueden liberarse las energías intelectuales y éticas capaces de abrir
paso hacia el comunismo, entendiendo como un régimen político de democracia radical,
como una forma de lo que Spinoza denomina el gobierno absoluto de la
democracia. La crítica abre el proceso de constitución de nuevas subjetividades;
la crítica es la construcción de un espacio de libertad habitado por nuevos
sujetos, capacitado por la maduración y la crisis del capitalismo para plantear
la problemática de acabar definitivamente con su dominio.
El reconocimiento de la posmodernidad
como el presente estado de las cosas no significa, por supuesto, que en la
actualidad toda la práctica y el pensamiento modernos se presenten de un modo u
otro agotados y caducos. Sostendremos que resulta mas correcto y útil afirmar
que lo que se ha marchitado no es la sociedad moderna sino la sociedad civil,
de tal forma que cabría caracterizar nuestro mundo no de posmoderno sino de
poscivil (véase el capitulo II & 8,
“la subsunción real de la sociedad en el Estado”). En cualquier caso, en nuestros
días la modernidad sigue abierta y viva, toda vez que se caracteriza por la
corriente del pensamiento occidental que, en los siglos que anteceden a nuestro
tiempo presente, no ha dejado de presentar, contra el capitalismo triunfante,
la idea de una democracia radical. Esta es la línea que en la época moderna va
de Maquiavelo y Spinoza hasta Marx y, en el período contemporáneo, de Nietzsche
y Heidegger hasta Foulcault y Deleuze. No se trata de una referencia filológica,
sino de la afirmación de un terreno alternativo para la crítica y el
pensamiento constitutivos: el terreno en el que se forman las subjetividades
adecuadas a la democracia radical y, a través del trabajo, capaces de
comunismo.
6.
MARXISMOS
No hacemos referencia a una corriente
alternativa en el pensamiento moderno y contemporáneo desde el punto de vista del
comunismo por una mera cuestión de elegancia filológica. Lo hacemos porque estamos
convencidos de que el comunismo es definible no sólo desde el punto de vista
marxista, es decir, que el marxismo es sólo una de las variantes, por más que
particularmente eficaz, que definen el profundo e ineludible deseo que recorre
la historia de la humanidad. Cuando decimos comunismo nos referimos ante todo
al método materialista. Por supuesto, a su vez el materialismo no es sólo
marxiano. Por el contrario, no es ninguna casualidad que en la tradición
marxista, o en las tradiciones marxistas, comenzando por Engels, encontremos
formas de pensamiento y métodos de investigación que, a nuestro juicio, poco
tienen que ver con un materialismo y un comunismo inmanentes. Por lo tanto, preferiríamos
situar nuestro marxismo y nuestro comunismo en la gran corriente moderna de la crítica
materialista (14).
No consideramos particularmente
necesario hacer referencia a la obra de otros autores marxistas por el mero
hecho de que se autodenominen marxistas. O, para ser más precisos, nos
interesan sólo aquellos autores que se consagran a la crítica de lo existente
y, en lo que concierne, a la crítica de la forma-Estado. Lo que no nos interesa
es la fastidiosa costumbre que consiste en hacer constante referencia a los desarrollos
de la tradición marxista y el procedimiento de obligado cumplimiento que
consiste en posicionarse con respecto a otros autores marxistas que han tratado
esta o aquella cuestión. En la escolástica, así como en todas las tradiciones escolásticas
dogmáticas, las quaestiones se
suceden una tras otra, aburridas e intactas; cada autor debe estar preparado
para responderlas, y el valor de su pensamiento de reduce a la relación lógica
que establece con la respuesta anterior. Tal vez la tradición de la teoría marxista
del estado se preste con demasiada facilidad a este tipo de procedimiento estéril.
Sin embargo, cuando intentamos librarnos de estas cuestiones de ortodoxia, no
pretendemos sugerir que nos hemos desembarazado de toda tradición de la reflexión
marxista acerca del estado desarrollada en los siglos XIX y XX. A nuestro
juicio es evidente, como lo será para nuestros lectores, que nos sentimos
profundamente en deuda con muchos pensadores de la tradición marxista, aunque
no hagamos referencia directa a ellos. Por ejemplo, adoptamos y desarrollamos
el pensamiento de E.B. Pashukanis y su penetrante formula: “derecho es igual a
mercado”; hemos asimilado la concepción gramsciana de la relación entre
estructura y superestructura, su transformación en el concepto de hegemonía y las reflexiones acerca
de la “revolución pasiva”; aunque rebatimos la teoría de los “aparatos
ideológicos del estado” de Louis Althusser en sus aspectos concretos, no
obstante tratamos de recuperarla para la definición y la crítica del uso
estatal de la ideología en la época posmoderna (por otra parte, el propio
Althusser adoptó este enfoque en sus últimas obras); aceptamos, a la vez que
criticamos, determinadas clasificaciones de Nicos Poulantzas y Mario Tronti
acerca de la “autonomía de lo político” cuando hablamos de la crisis del
concepto de sociedad civil, etcétera.
Todo lo cual, sin embargo no nos convierte
en conservadores particularmente celosos de la tradición, de ahí que no
ocultemos nuestro malestar cuando se nos invita a situarnos en la tradición y
formar parte del desfile. Nos encontramos más a nuestras anchas en la tradición
de la crítica materialista, de la inmanencia absoluta y del comunismo. Nos
interesa la crítica del “presente estado de las cosas”. Nuestro método consiste
íntegra y exclusivamente en impugnar la sustancia de las cosas, en impugnar la
forma-Estado en vez de impugnar lo que otros autores marxistas han dicho al
respecto. E inclusive cuando hablamos explícitamente de corrientes teóricas del
marxismo, lo que nos interesa no es tanto nuestra posición con respecto a los
distintos autores sino el surgimiento, a través de la crítica colectiva, del
estado de cosas actuales, y en particular de la nueva figura de la forma-Estado.
En pocas palabras, consideramos productiva no la relación de una teoría con
otra, sino la sinergia de los esfuerzos encaminados a aprehender y criticar el objeto
de estudio.
En este contexto, no habría de parecer paradójico
que a menudo prefiramos leer a los teóricos burgueses del Estado. John Maynard Keynes,
John Rawls y los demás autores criticados en este libro sacan a la luz los
momentos críticos de la vida del estado burgués desde su interior. Mientras que
en ocasiones la tradición marxista aplana y clasifica los fenómenos estudiados (y
la tradición se ha mostrado poderosa a la hora de realizar esta operación de
sublimación vacía), la devoción de los teóricos burgueses hacia su objeto amado
y su inmersión en la cultura hegemónica nos permiten comprender el fenómeno
desde dentro. Marx dijo en una ocasión que a menudo los reaccionarios nos
enseñan más que los revolucionarios acerca de la revolución. Los reaccionarios
dicen la verdad acerca del objeto que aman, ya sea el Indian Office o el Banco de
Inglaterra para Keynes, o la jurisprudencia constitucional para Rawls. Su crítica
rasga los velos de la realidad que la razón crítica aspira a comprender con el
fin de subvertirla. Autores como Keynes y Rawls forman parte íntegra e
inseparablemente del objeto de la crítica revolucionaria. Marx se movía en este
mismo sentido. Para Marx, Adam Smith y el mercado, David Ricardo y el comercio
del grano, Tooke y Fullerton y el banco de Inglaterra, Carey y la industria
yanqui son lo mismo. Su estudio de estos autores condujo a la definición de las
contradicciones de su pensamiento sólo en la medida en que éstas eran a su vez
contradicciones de las cosas. El materialismo se rige siempre por el amor de
las cosas, y sólo el pensamiento nominal es pensamiento verdadero, parte de las
cosas, concreto como las cosas. En este sentido, la crítica no separa los
conceptos, sino que hiende y atraviesa las cosas.
Si este libro tuviera que transmitir un
mensaje o un llamamiento, habría de ser éste: volvamos a hablar de las cosas, y
de las teorías como parte de las cosas; no penetremos en la esfera del lenguaje
para convertirla en un juego, sino para comprobar cuánta realidad ésta capaz de
aprehender.
7.
TRAVESIAS (15)
Este libro contiene ensayos escritos
durante un periodo de treinta años. No obstante, su unidad de propósito no debe
plantear grandes dudas: liberar la potencia del trabajo vivo de las prisiones
que construyen el Estado y el derecho para hacer posible la explotación. La
única clave conceptual que guía este conjunto de ensayos es la crítica del
nexo, creativo y monstruoso, dinámico y represivo, que une trabajo y política y
al mismo tiempo los separa. La trayectoria fundamental que seguimos, no siempre
explícita pero que en cualquier caso debería quedar clara, involucra la
producción de los elementos críticos y sustanciales que nos permitan escribir
finalmente aquellos dos capítulos de El
capital que fueron proyectados en los Grundrisse pero nunca fueron redactados: el capítulo sobre la dinámica subjetiva del
salario (como modo de existencia de la clase obrera) y el capítulo sobre el
Estado (como escenario del conflicto de clases).
Sin embargo, por más que la unidad de propósito
del libro quede clara para el lector, no debe quedar menos claro que este arco
del discurso esta marcado y fracturado por desarrollos históricos y
revoluciones ontológicas. Durante los treinta años de la composición de esta
obra, hemos asistido al transito más importante del siglo XX: la revolución de
la década de 1960 y el despliegue de sus efectos hasta el hundimiento del
imperio soviético en 1989. Dicho de otra manera, en este libro asistimos al
paso del “obrero masa” al “obrero social”, de la sociedad fordista a la
sociedad informatizada y automatizada, del trabajo regulado al trabajo autónomo
y cooperativo, al trabajo inmaterial y creativo. Se trata del mismo tránsito
social que, en la composición misma de la productividad general de los
sistemas, ha producido nuevas subjetividades, ha definido nuevas relaciones
culturales y políticas y por ende ha determinado un cambio en el curso de la
historia. Esta ruptura radical en la historia de la modernidad y la aparición
del nuevo paradigma de la posmodernidad forman parte del núcleo de este libro y
dictan el ritmo de los temas a los que se enfrenta. Este se despliega mediante
la transformación de los objetos y de las determinaciones subjetivas a los que
se consagra la metodología revolucionaria del materialismo.
A lo largo de estos ensayos, hemos
intentado aplicar el método materialista a la transformación de la modernidad, de
una manera que se corresponde con el modo en el que el método materialista fue
planteado y desarrollado en los comienzos de la modernidad. Nunca debe
confundirse el materialismo con el desarrollo de la modernidad; el materialismo
persistió como una alternativa durante todo el desarrollo de la modernidad: una
alternativa constantemente reprimida pero siempre dispuesta a renacer una vez más.
El Renacimiento descubrió la libertad del trabajo, la vis viva [fuerza viva]: el materialismo la interpretó y la modernidad
capitalista la subyugó. En nuestros días el rechazo del trabajo asalariado y el
desarrollo de las fuerzas productivas intelectuales vuelven a proponer,
intacta, aquella alternativa aplastada y expulsada en los albores de la
modernidad. La vis viva de la
alternativa materialista a la dominación del idealismo y el espiritualismo
capitalista nunca llegó a extinguirse del todo. Es menos probable que se
extinga hoy, cuando las ideologías posmodernas de la burguesía dominante –ideologías
ajadas a primera vista- tratan de tejer nuevas redes de dominación en torno al
surgimiento de nuevas subjetividades antagonistas, en torno a la
intelectualidad de masas del trabajo productivo. El trabajo vivo, ese indomable
Dionisos de la libertad y el comunismo, no se presta a éste juego. Si la forma del
trabajo tiende a hacerse completamente inmaterial, si el mundo de la producción
puede ser descrito en la actualidad desde la perspectiva de lo que Marx
denominara general intellect,
entonces el trabajo vivo anuncia sobre este terreno el espacio para la recomposición
política del antagonismo. ¿Por qué no apropiarse de la naturaleza inmaterial
del trabajo vivo? ¿Por qué no llamar robo a la propiedad privada de los medios
de producción, mil veces más si cabe, habida cuenta de que se ejerce también
sobre nuestro trabajo inmaterial, sobre la naturaleza más profunda e indomable
de la humanidad? ¿Por qué no, en cualquier caso, moverse científicamente en
este ámbito, reconstruyendo la dinámica de la dominación, el funcionamiento del
Estado y el derecho, en tanto que funciones de las maquinaciones despreciables
y absurdas de aquello que esta muerto? Vampiros y zombis parecen, más que nunca,
las metáforas más apropiadas para caracterizar el dominio del capital.
Mediante la aplicación continua de este
método, abordaremos nuestro objeto a medida que atraviese estos tránsitos históricos,
criticando el mundo del capital, que intenta renovar en la época posmoderna la dominación
que ejerciera sobre la época moderna. Nuestra crítica del Estado posmoderno,
posindustrial y posfordista sigue siendo y será siempre una critica comunista,
una critica total, afirmativa y dionisíaca. El comunismo es el único creador
dionisíaco.
Notas:
(1)
Véase Norberto BOBBIO, “Esiste una teoria dottrina marxista dello
Stato?” y “Quali alternative alla democrazia rappresentativa”, Mondo Operario (septiembre-octubre
de 1975). La réplica de Antonio Negri, “Esiste una dottrina marxista dello Stato?”,
aparece publicada en Antonio NEGRI, La forma
Stato. Per la critica dell`economia
politica della costituzione, Milán, Feltrinelli, 1977 [de próxima
publicación en esta misma colección (N. del T.)].
(2)
Karl MARX y Friedrich ENGELS, La
ideología alemana, Barcelona, Editorial Critica, 1997, p. 37.
(3)
Hanna Arendt intenta establecer distinciones entre labor [labor], que remite a la
naturaleza y la necesidad, work [trabajo],
que atañe a la artificialidad, y activity [actividad], que atañe a la pluralidad o la
socializad. Véase The Human Condition,
en particular pp. 7 ss. [ed. cast., La condición
humana, Barcelona, Seix Barral, 1974]. Sin embargo, estas distinciones terminológicas
no nos parecen útiles, porque, en términos generales, las practicas sociales atraviesan
simultáneamente todos y cada uno de estos planos. Dicho de otra manera,
consisten en un flujo continuo. Así pues, en este texto utilizaremos el término labor [trabajo] para referirnos por
igual a prácticas relativa a necesidades “naturales”, deseos “artificiales” y
relaciones sociales.
(4)
Para un ejemplo de la propuesta de la preformatividad como modelo
de práctica social, véase Judith BUTLER, Gender Trouble, Nueva York, Routledge, 1990,
en particular pp. 128-149 [ed. cast.: El
género en disputa, Barcelona, Paidós, 2001]. Muchos de los análisis que se centran en las prácticas
significantes o discursivas parecen inspirarse en la obra de Ernesto Laclau y
Chantal Mouffe y, en el fondo, en una particular interpretación de Derrida.
(5)
Los analistas marxianos de los procesos de autovalorización
aparecen principalmente en los Grundrisse.
Volveremos sobre este concepto en distintos lugares del texto. Para una
análisis prolijo del concepto de autovalorización en los Grundrisse, véase Antonio NEGRI,
Marx más allá de Marx, Madrid, Ediciones Akal, 2001 [edición original: Marx oltre Marx, Milán, Feltrinelli,
1979].
(6)
Diane ELSON,
“The Value Theory of Labour”, en Diane ELSON (ed.) Value: The representation of Labour in
Capitalism, Atlantict Highlands, N. J., Humanities Press, 1979, p. 123, nos
proporciona una esmerada exposición de “La teoría del valor-trabajo” en la obra
de Marx. “Mi tesis es que el objeto de la teoría marxiana del valor era el
trabajo. El problema no consiste en buscar una explicación de por qué el
trabajo adopta la forma que adopta y cuáles son las consecuencias políticas de
ello”.
(7)
Véase, entre
otras, Nancy HARTSOSK, Money, Sex and
Power: Towards a Feminist Historical Materialism, Boston, Northeastern
University Press, 1985, pp. 234-240; Hillary ROSE, “Hand, Brain and Heart: A Feminist Epistemology for the Natural
Sciences”, Signs 9, 1 (1983), pp. 73-90; y Micaela DILEONARDO, “The Female
World of Cards and Holidays: Women, Families, and the Work of Kinship”, Signs 12, 3 (1987), pp. 440-453.
(8)
También en este caso vemos cómo los estudios sobre el trabajo
femenino y el trabajo doméstico han sido uno de los caminos que han llevado a
poner de manifiesto la inaplicabilidad de la distinción marxiana entre trabajo
productivo y reproductivo. Véase, por ejemplo,
Zillah EISNSTEIN “Developig a Theory of Capitalist Patriarchy and Socialist
Feminism”, en Zillah EISNSTEIN (ed.), Capitalist Patriarchy and the Case for
Socialist Feminism, Nueva York, Monthly Review Press, 1979, pp. 5-40, y
Maríarosa DALLA COSTA, “Women and the Subversion of the Community”, en
Maríarosa DALLA COSTA y Selma JAMES, The
Power of Women and the Subversion of the Community, Bristor, Falling Wall
Press, 1972 [ed. Cast.: El Poder de la Mujer
y la Subversión de la comunidad, México D.F., Siglo XXI, 1975]. Michael
LEBOWITZ ofrece un claro resumen de los problemas que presenta la
“unilateralidad” del debate sobre el trabajo productivo en Beyond Capital: Marx’s Political Economy of the Working Class,
Londres, Macmilian, 1992, pp. 100-103. Por último, para una discusión sobre la
necesidad de repensar algunas categorías centrales del análisis marxiano a la
luz de la situación social contemporánea, véase Antonio NEGRI, “Interpretación
de la situación de clase, hoy: aspectos metodológicos”, en Félix GUATTARI y
Antonio NEGRI, Las verdades nómadas &
General Intellect, poder constituyente, comunismo, Madrid, Ediciones Akal 1999 [edición original: “Interpretation of the class situation today:
methodological aspects”, en W. BONNEFELD, R. GUNN y K. PSICHOPEDIS (eds.), Open Marxism, Volume II. Theory and
Practice, Londres y Boulder/Colorado, Pluto Press,
1992, pp. 78 ss.].
(9)
Véase, por ejemplo, Danièle KERGOAT, “L`infirmière coordonnèe”, Futur antérieur 6 (verano, 1991), pp. 71-85.
En términos más generales, sobre especificidad de las luchas de las
trabajadoras en Francia, “la lógica interna de sus prácticas” y las figuras
subjetivas a que dan lugar, véase Danièle KERGOAT, Les Ouvrières, París, Éditions Le Sycomore, 1982, y en particular
la parte IV, “Les pratiques sociales desouvrières”. Pp. 107-131.
(10)
Robert MUSIL, El hombre sin atributos, 4 vols., Barcelona, Seix Barral, 1980,
vol.2, p.365.
(11)
El “Manifiesto Cyborg” de Donna Haraway ya ha
comenzado a ser utilizado, en diferentes direcciones, por distintos estudiosos.
Un ejemplo entre muchos lo constituye Celeste Olalquiaga, Megalopolis, en particular pp. 10-17. Analizaremos la conexión
existente entre el cyborg y el obrero social en el cap. III, & 3, “Las bases
sociales del Estado posmoderno y los prerrequisitos actuales del comunismo”.
(12)
Volveremos a la subsunción real y a su pertinencia
para la teoría del derecho y del Estado en el capitulo II, & 2, “El derecho
posmoderno y el fantasma del trabajo en la constitución”.
(13)
Mario TRONTI, “La estrategia del rechazo”, en Obreros y capital, Madrid, Ediciones
Akal, 2000, p. 239.
(14)
Para un estudio de la terrible equivocación o distorsión
del materialismo representada por el “Diamat”, la versión dialéctica del
materialismo producida e impuesta oficialmente por la Unión Soviética
estalinista, véase el & 1, “La tradizione revisionista e la concezione dello
Stato” del capítulo VI de La forma Stato.
Per la critica dell’ economía política della constituzione, Milán,
Feltrinelli, 1977 [de próxima publicación en esta misma colección].
(15)
La edición original estadounidense de El trabajo de Dionisos incluía también
otros cuatro capítulos que recogían los principales trabajos de Antonio Negri
acerca del Estado contemporáneo, originalmente publicados en Operai e Stato, Milán Feltrinelli, 1972
y La forma Stato. Estos trabajos
conformarán parte de un próximo volumen de esta misma colección que reunirá la
integridad de La forma Stato y el
crucial artículo de 1967 “John Mynard Keynes e la teoría capitalística dello
Stato nel 29’ ” [N. del T.].