¿Puede tener sentido hablar de unidad de la clase hoy? Repasemos en qué residía la eficacia de la lucha obrera de la época moderna.
Puede tener sentido hablar de unidad de la clase hoy? Repasemos en qué residía la eficacia de la lucha obrera de la época moderna. El sindicato y la huelga eran herramientas de lucha que tenían una doble eficacia: construían una identidad horizontal entre los trabajadores y a la vez una organización con capacidad de presión y sabotaje. Esas formas de lucha fueron pensadas para una època de acumulación de capital que ya no existe más (el taylorismo-fordismo). Actualmente, la expulsión que genera el mercado (a diferencia de la exclusión precedente) y la ultraexplotación produce un escenario que reconfigura el antagonismo: ya no son las huelgas sino los piquetes los mecanismos de presión, ya no son los sindicatos y los partidos los organizadores sino las asambleas de las ciudades y los barrios pobres.
Ante los mecanismos de expulsión y de ultraexplotación, y la ausencia de un Estado Nación legislando e instituyendo sobre el territorio y la nación, y definiéndose a partir de ellos (formas modernas de soberanía), el antagonismo toma la forma de la expropiación-apropiación: los campesinos toman tierras, la clase media toma predios abandonados.
A este antagonismo el Estado responde bajo la forma de la guerra: una guerra que
ya no es intensiva (como en la dictadura militar), sino extensiva. Su carácter extensivo, que también es terrorista, no es Terror instituido/clandestino, sino represión espasmódica acompañado de persecuciones clandestinas e intimidaciones.
Esta guerra del Estado es defensiva. Los que "se defienden del pueblo" son la clase política, empresarial y militar, que tiene poco sustento político, legal y legítimo. Esta defensa es un prepararse para la guerra, porque no hay señales "keynesianas" por parte del capital. La ausencia de estas señales despeja, al menos por ahora, ilusiones integracionistas y conciliadoras. Mientras tanto, la ofensiva del capital contra el trabajo es más grande que nunca. Es inédita porque el capital casi no tiene barreras: no hay fronteras, sindicatos, ha logrado crear una nueva cultura individualista y apolítica, e incluso lógicas neofascistas. Los antiguos sindicatos u organizaciones obreras clandestinas tenían un objetivo: recuperar al menos una parte de la plusvalía robada. Esto se hacía mediante los sabotajes, las huelgas, la propaganda ideológica.
La pregunta es ¿se puede volver a presionar sobre el salario? ¡No como medida de gobierno sino como presión! Antes, el capital cedía ante las presiones pateando el conflicto para adelante, o utilizando la plusvalía para reactivar el consumo para reactivar la actividad empresaria que tarde o temprano se tenía que enfrentar al endeudamiento y a los déficits generados por el manejo estatal de la economía (que a su vez eran generados por la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, la consecuencia de la ley de acumulación de capital). La caída de la tasa no perdona, el capital tampoco: el neoliberalismo es la sucesión lógica del keynesianismo.
Quizá la forma sindicato o partido no tenga más operatividad, pero quizás la presión y el sabotaje pueden seguir siendo vigente, porque la deserción nomádica del Imperio capitalista choca con los límites económicos impuestos por el mercado. Estos límites son homólogos a la fragmentación de las luchas (sin luchas coordinadas el capital no suelta un mango).
¿O es que no tiene más sentido seguir presionando al capital? Está abierto el debate
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