Chávez, un regreso... ¿con gloria?
o la astucia del partido militar
“Dios bendiga a
los soldados de Venezuela que hicieron posible
junto al pueblo el rescate de la dignidad nacional”
(Presidente Chávez, locución en el 42° Batallón de
Paracaidistas, 14/04/2002)
“Jamás
me imaginé que regresaría tan rapidito (al Poder), me había puesto a escribir
unos poemas y no he terminado ni el primero. Muchísimas gracias”, reconoció
sorprendido Hugo Chávez Frías apenas llegado al Palacio de Miraflores.
Después de un “sprint” de 48 horas que desató un
curiosa “contracontrarrevolución” nunca antes vista
en Latinoamérica, el ejercito decidió retirarle el apoyo a los “gorilas”
civiles golpistas y devolver la continuidad del “hilo constitucional” a la
república bolivariana de 1999. Si a Perón lo liberó las masas saltando el
Riachuelo contra la corporación militar, a Chávez lo repuso la misma
corporación militar que lo derrocó. Es algo así como que a Perón lo libere el
general Avalos. Teniendo como trasfondo
manifestaciones “chavistas” en todo el país,
incluidos saqueos y cuartelazos, aparte del aislamiento internacional, desde
que el sábado 13 de abril a las 16:37 el general Efraín Vásquez, comandante
general del Ejército, señaló que el gobierno provisional golpista había
cometido “errores” y le dio un ultimátum de nueve puntos; la cuenta regresiva
estaba lanzada. Los puntos eran:
1.- Revisión y modificación del decreto del 12 de abril; 2.- Restitución de
la Asamblea Nacional
;
3.- Concertación con las fuerzas vivas de la nación para constituir un gobierno
garantizado por la pluralidad y representativa; 4.- Exhortación a la paz y
tranquilidad, y que cada acción de gobierno se efectúe con respeto a los
derechos humanos; 5.- Ratifico al Alto Mando en todos sus cargos a los
integrantes del Alto Mando Militar del Ejército; 6.- Se ratifica el apoyo a las
autoridades e instituciones, así como el apoyo incondicional del componente a
la obediencia y disciplina; 7.- Respeto a las autoridades locales legalmente
electas por el pueblo venezolano, gobernadores y alcaldes, locales y
regionales, 8.- Exigimos una construcción de una sociedad sin exclusiones que
manifieste de manera pacífica; debemos mantener la democracia, amamos y
queremos seguir en democracia. Garantizamos la seguridad, el trato y respeto al
teniente coronel Hugo Chávez y su familia, y solicitamos la petición del
presidente Chávez de salir del país de forma inmediata; 9.- Exigimos que se
restituyan los poderes públicos legalmente constituidos en el país, todo lo que
estaba en vigencia, esto no es un golpe de Estado. Cum grano salis: lo clave a
dilucidar es si las masas presionaron al partido militar o si el partido
militar, quizá la organización más autónoma hoy en Venezuela, fue correa de
transmisión y vanguardia. Lo indica la propia autoexplicación de Chávez en su
discurso del domingo: su retorno fue posible gracias al ejercito junto (nexo
subordinante) a las masas. La exigencia de volver a los mecanismos
constitucionales, una de las demandas de los militares, era el retorno del
propio Chávez, tal como sucedió. En el primero de los nueve puntos lo que
importa más es el respeto a
la
Constitución
de 1999 y lo que importa menos es el
establecimiento de una transición de facto, porque si se respeta
la Constitución
queda
claro que la transición es negociada con el “chavismo”.
Todos sabemos que una Constitución no es un problema de derecho sino de poder:
es decir, reside en los factores materiales, reales y efectivos de poder
social. De este núcleo significativo es que se derivan los dos puntos
siguientes: el 2 y el 3. Ese retorno de Chávez es lo que estaba consumándose
anoche, 13 de abril, detrás de las tanquetas. Hay que entender que la famosa
Constitución Bolivariana –“el muchachito”, como solía apodarla Chávez con
orgullo de padre soltero– estuvo absolutamente en el
centro de la relación de fuerzas militares una vez que la sospechosa junta
encabezada por Carmona decidió borrarla de la historia. Ya que Chávez había
instalado en ella una explosiva concesión que iba a ser muy difícil de retirar:
la entrega a
la Fuerza
Armada
(desde que subió Chávez al poder se designa en
singular como un sujeto, la semántica también revela dónde está el poder
efectivo) de un rol político, económico y capacidad deliberativa inéditas. De
un elevado control del poder militar por parte del legislativo, establecido en
la Constitución
de 1961,
se pasa a una situación de autonomía funcional de la institución militar con
respecto al mundo civil. De institución obediente, apolítica y no deliberante,
las fuerzas armadas venezolanas, adquieren la posibilidad de deliberar y
participar en la determinación de los asuntos públicos y la limitación política
se redujo sólo a “sin militancia política”. A tal decisión se agrega la
determinación de las fines de la institución militar, establecidos en mismo
artículo 326: “Las Fuerza Armada constituye una institución...organizada por el
Estado para garantizar la independencia y soberanía de
la Nación
y asegurar la
integridad del espacio geográfico, mediante la defensa militar, la cooperación
en el mantenimiento del orden público y la participación activa en el
desarrollo nacional”. A diferencia de
la Constitución
del 61
que incorporó como parte de las funciones de las Fuerzas Armadas “la
estabilidad de las instituciones democráticas y el respeto a
la Constitución
y a las
leyes, cuyo acatamiento estará siempre por encima de cualquier otra
obligación.”(artículo 132). Tal y como puede
observarse,
la
Constitución
del 99 no sólo elimina los supuestos del
articulo 132 del 61, sino que incorpora por primer vez, una serie de funciones
que en las Constituciones anteriores se reservaban exclusivamente al ámbito
civil: “la cooperación en el
mantenimiento del orden interno y la participación activa en el desarrollo
nacional”. Ambas funciones forman parte constitutiva de la doctrina de
seguridad nacional extendida en las instituciones militares de América Latina e
incorporadas en la cultura militar predominante hoy. Se trata de “cooperar”,
“colaborar” o de “corresponsabilidad” en funciones materiales, económicas,
ecológicas y políticas que antes les estaba vedado por la exclusividad de la
función de defensa militar de toda la sociedad, Además de ampliar las funciones
y responsabilidades de
la
Fuerza Armada
a todos las actividades de la vida social
venezolana en competencia con los civiles,
la Constitución
del 99,
hace una distribución de responsabilidades en materia militar entre los
diversos poderes del Estado que reduce al mínimo el control de la materia
militar por parte del poder legislativo, o sea: el único de base parcialmente
democrática. En el artículo 236, al tratar las atribuciones y obligaciones del
Presidente o Presidenta de
la
República
, establece en el parágrafo 6: Ejercer el mando
supremo de
la Fuerza
Armada
Nacional, promover sus oficiales a partir del grado de
coronel o coronela o capitán o capitana de navío y nombrarlos o nombrarlas para
los cargos que les son privativos.”. Tal
disposición deja sin efecto el artículo 150 de
la Constitución
del 61,
referido a las atribuciones del Senado (Capítulo II; Título V, del poder
legislativo nacional), el cual, en su parágrafo Quinto rezaba:
“Autorizar el ascenso de oficiales de las Fuerzas Armadas, desde Coronel o
Capitán de Navío, inclusive.”. En esta caso el Senado
“autoriza” al presidente de
la
República
, en tanto Comandante en Jefe de las Fuerzas
Armadas para promover a los oficiales. Desde el punto de
vista formal
la
Constitución
del 99 introduce una situación de concentración
de poder absolutista en el Presidente de
la República
, quien
decidirá la política de ascensos sin la autorización del órgano legislativo
nacional.
Esta atribución exclusiva del Comandante en Jefe de
la Fuerza Armada
Nacional, se encuentra reforzada por el artículo 331 de
la Constitución
del 99,
donde se establece que “los ascensos militares se obtienen por mérito,
escalafón y plaza vacante. Son competencia exclusiva de
la Fuerza Armada
Nacional y estarán reguladas por la ley respectiva.”. Tal norma elimina
el control civil, antes ejercido por el Congreso, sobre los ascensos militares, colocándolos
exclusivamente en el ámbito militar, dado que el Presidente de
la República
en su calidad
de Comandante en Jefe de
la
Fuerza Armada
está facultado para promover a los oficiales.
Es el rango militar lo que permite al Presidente actuar en materia de ascensos
militares, según el artículo 331/99. Así
la Fuerza Armada
adquiere una total independencia con respecto a las instituciones del poder
civil en una materia de vital importancia para el control popular de la
institución militar y para el tipo de relaciones civiles y militares
predominantes en
la
Constitución. En
este caso el texto constitucional no se comporta
como “hoja de papel”, sino como la expresión de los factores real de poder
material existentes en la sociedad.
La Fuerza Armada
es el principal factor de poder
existente en la estructura institucional del país y en el seno de la sociedad
venezolana y ha logrado que su poder real se exprese en poder formal al
introducir tales modificaciones en
la Constitución
del 99. El órgano legislativo,
la Asamblea Nacional
sólo conserva, según el artículo 187/99, parágrafo 11, la atribución a “autorizar el empleo de misiones militares
venezolanas en el exterior o extranjeras en el país” (Título V. Capítulo i)
Otro cambio, ahora en el sentido de reforzar los
privilegios de los oficiales se encuentra en artículo 266/99, el cual norma las
atribuciones del Tribunal supremo de Justicia. En el parágrafo 3, referido a la
prerrogativa de aquellos funcionarios de alto nivel que para enjuiciarlos por
presuntos delitos es necesario solicitar al Tribunal Supremo de Justicia un
antejuicio de mérito, por primera vez en la historia constitucional venezolana
se incluye a “...oficiales, generales y almirantes de
la Fuerza Armada
Nacional....”, en una norma que protege a los funcionarios de más alto nivel de
dirección política del Estado. En el artículo 214 de
la Constitución
del 61,
correspondientes a la normativa de
la Corte Suprema
de
Justicia no se encuentran los oficiales, ni los generales y almirantes con
tales prerrogativas, reservadas sólo para los altos funcionarios públicos, de
ahora en adelante cualquier oficial, independiente de su rango, no puede ser
sometido a juicio sin al antejuicio de merito de acuerdo a esta nueva previsión
de
la Constitución
del 61. Este artículo crea una situación de privilegio de los oficiales con
respecto a los civiles que cumplen funciones de igual nivel y responsabilidad
pública. Finalmente, dos últimas referencias a cambios en el tratamiento de la
institución militar y sus miembros establecidos en
la Constitución
del 99.
Uno, la transferencia del control, inspección, comercio, posesión y uso de
otras armas, municiones y explosivos” que
la Constitución
del 61,
dejaba al ámbito del Ministerio de Relaciones Interiores, propio de los
espacios que tratan las relaciones del Estado y el Ejecutivo con los ciudadanos
desarmados, ahora según el artículo 324/99, “...
La Fuerza Armada
Nacional será la institución competente para reglamentar y controlar, de
acuerdo con la ley respectiva, la fabricación, importación, exportación,
almacenamiento, tránsito, registro, control, inspección, comercio, posesión y uso
de otros armas, municiones y explosivos.”. En
la Constitución
del 61,
de acuerdo al artículo 133, “...La fabricación, comercio, posesión y uso de
otras armas serán reglamentados por la ley,”. En esta norma no aparecen las
Fuerzas Armadas involucradas en el control de este tipo de armas, municiones y
explosivos. Esta actividad exclusiva del ámbito civil ahora pasa a ser regulada
por el ámbito militar.
Y, dos, en el artículo 328/99 relativo a
la Fuerza Armada
Nacional se incorpora la exclusividad de un “régimen de seguridad social
integral propio”. Aún cuando las Fuerzas Armadas siempre han contado con un
régimen de seguridad propio, ahora se les da la garantía constitucional que lo mantendrán independiente de los cambios en los regímenes de
seguridad social previstos en las discusiones sobre la ley de seguridad social
en
la Asamblea
Nacional.
De acuerdo al proyecto de ley, todos los
venezolanos a excepción de los militares, regirán su protección social por
medio un instrumento legal general. Tal situación representa un elemento más de
autonomía fáctica en el tipo de relaciones civiles y militares pautadas por la
nueva Constitución de 1999.
El principal escollo, para alcanzar sus objetivos
políticos, desde el poder, fue la carencia de una organización política con
capacidad, experiencia y que cubriera todo el país; sólo contaba con su
profunda influencia en los electores y el respaldo del estamento militar, quien
comenzó a ser favorecido por las decisiones de Chávez de incorporar militares
activos a posiciones burocráticas claves de
la Administración Pública.
La “Nueva Clase” era cooptada del mismo aparato militar, en algunos casos
duplicando funciones. De esta forma, durante los dos primeros años de gobierno,
la estructura del Estado ha sido copada por militares activos y retirados,
desplazando a los civiles o burócratas de carrera. El ejemplo más significativo
es
la Presidencia
de
la Empresa
del Estado más importante del país: Petróleos de Venezuela (PDVSA), que pasa a
ser dirigida por un General activo, sin ningún tipo de experiencia en la
industria petrolera, industria que aporta mas del 70 %
de los ingresos fiscales del país. Igualmente, en el Ministerio de Relaciones
Exteriores fue nombrado un militar retirado comprometido con el golpe del 4 de
febrero. La política de colocar militares activos y en condición de retiro, se
ha ampliado a todos los niveles de la administración central, a las empresas
del Estado y entes descentralizados. Por otra parte, a
la Fuerza Armada
les
fue asignada la misión de desarrollar un plan de asistencia social, denominado
“Plan Bolívar
2000”
,
ahora “Plan Bolívar
2001”
.
Dotándolo de amplios recursos económicos antárticos para contratar empresas
encargadas de reparar escuelas, construir casas, atención médica ambulante para
los pobres, instalar mercados populares a bajos precios, construir carreteras,
etc. Actividades, tradicionalmente responsabilidad de las gobernaciones
provinciales que, según los lineamientos del Plan Bolívar se trasladan a los...
¡Jefes de Guarniciones de cada zona regional!. Tales datos, indican la tendencia a
incorporar a las Fuerzas Armadas y a sus oficiales, a actividades propias del
mundo civil, no por razones de emergencia nacional o por razones de desastres
naturales, como suele ocurrir en los regímenes civiles, sino colocando a
militares activos al frente proyectos, programas y actividades propias de la
sociedad civil. Se trata de un nuevo modelo de intervención del estamento
militar corporativo en la actividad política a partir de su ascenso al poder utilizando
los mecanismos del sistema democrático. No se trata del “derecho a veto” del
estamento militar a las decisiones de los políticos civiles. No se trata de
unos “mecanismos de influencia” articulados por los militares sobre las
estructuras e instituciones del sistema político. Ni tampoco se trata, de la
tradicional “intervención directa” de los militares en la política, como lo
intentara Chávez en 1992. No se trata de una reedición del Operativo Borrego
entre
la Juventud
Peronista
y el Ejercito oligarca en
1973. No, se trata de un modelo o
paradigma distinto, en las relaciones civiles y militares en Venezuela. Se
trata de una mezcla de politización de las fuerzas armadas con su
transformación en un instrumento político corporativo legitimado para participar
activa y en forma permanente en la conducción de todos los asuntos públicos, a
través de mecanismos democráticos electorales para legitimar su ascenso a los
procesos de adopción y ejecución de decisiones, y de selección del personal
político apoyado en las Fuerzas Armadas. Esta es la razón por la cual existen
suficientes datos para proponer discutir detenidamente la tesis del “partido
militar” o el comportamiento partidista clásico de la institución militar. Si
uno de los elementos característicos de una organización política, es el de
proponerse llegar al poder y colocar a sus miembros en las posiciones claves
del sistema de adopción de decisiones del sistema político; es posible pensar,
que
la Fuerza Armada
venezolana, al aceptar el rol de liderazgo político involucrado en el principio
de “participación activa en el desarrollo nacional”, junto al voto, militar y
la colocación de sus oficiales en los cargos públicos no militares, esta
asumiendo funciones que son propias de una organización partidista liberal
clásica.
Desde una perspectiva liberal y “Capital-Parlamentarista”moderna las Fuerzas Armadas tiene una clara función profesional de defensa
exclusivamente militar. El problema se hace mucho mas complejo con la
incorporación de nuevas funciones a la institución militar, producto de las
“los factores reales de poder” característicos de la historia política y social
de cada una de las sociedad latinoamericanas y las formas y maneras específicas
como los procesos globalizadores se realizan en
nuestras sociedad, creando una inmensa dinámica de cambio donde los parámetros
de la modernización se convierten en obstáculos para la comprensión de las
nuevas funciones y roles de las viejas instituciones políticas, entre ellas las
militares. Los proceso de cambio y transformación,
estimulados por el movimiento encabezado por el Presidente Chávez, se le
plantearía el problema de llevar su proyecto de “cambio revolucionario”, aún
lento en lo social, exclusivamente al aparato militar del Estado. En este caso, la función política de
la Fuerza Armada
sería
parte del proyecto político de cambio y transformación en proceso. Desde esta
perspectiva, las relaciones civiles y militares podrían variar de acento
dinámico, pero sería un error de largo alcance, olvidar que el partido político
siempre trazará la estrategia política y la acción militar será siempre un
instrumento de la decisión política, incluso más allá de Chávez. Desde Clausewitz,
hasta Fidel, pasando por Mao y Trosky,
lo militar y los aparatos militares son un momento crítico del proceso
político, y lo político siempre será un asunto, así sea de militares
convertidos en políticos, predominantemente social y no por razones de las
Constituciones escritas, sino sobre todo porque la mayoría de los miembros
adultos de una sociedad son civiles, y tal relación cuantitativa establece una
interacción de poder real entre civiles y militares. Ninguna sociedad sobrevive
y progresa gracias a la capacidad de fuego acumulada, sino gracias a la
capacidad productiva de dicha sociedad y no solo se trata de producción de los
bienes materiales, sino sobre todo intelectuales. Aquí se encuentra la base mas
sólida de poder real de una sociedad y tales es un asunto civil.
Este tipo de militarismo de masas, débilmente
democrático o formalmente respetuoso de los métodos democráticos y con claras
tendencia autoritarias, ha descubierto que, en una sociedad donde la mayoría de
los electores se encuentran insatisfechos y muy molestos por la incapacidad del
liderazgo civil de la “Nueva Clase” para
resolver sus más elementales necesidades, no ha dudado en utilizar los
procedimientos electorales y llamar a votar por lideres provenientes del
estamento militar. Todos los candidatos propuestos y respaldados por y desde
la Presidencia
ganaron en
las gobernaciones y alcaldías a las cuales se nominaron. La mayoría eran
ciudadanos desconocidos por los electores, fue suficiente el respaldo público
del Presidente para lograr el apoyo de los electores y garantizar así la
victoria. Igual suerte les toco correr a los candidatos a
la Asamblea Nacional
,
ahora unicameral. La mayoría de sus miembros, muchos de ellos militares activos
o retirados, responden a las instrucciones de Chávez, sin mediación orgánica,
partidista o institucional, ni consultas de base democrática. Es una relación
de vasallaje basado en el poder electoral y popular del caudillo “cesarista”.
El objetivo de copar el poder de las instituciones del Estado, desplazando a
los funcionarios de la “Nueva Clase” se había cumplido por procedimientos democráticos.
También por métodos democráticos una élite de
militares golpistas y en retiro, se colocó en las posiciones cúspides de
decisión del sistema político venezolano y coloco junto a ellos a centenares de
civiles y militares activos y retirados en toda la
estructura del Estado a todos los niveles. De esta manera, se invierte la direccionalidad de la relación civil-militar en el sistema
político liberal, ahora son los militares –activos y en retiro – quienes están
legitimados, para adoptar las decisiones que comprometen a toda la sociedad en
su conjunto.
La Fuerza Armada
venezolana logra así,
una clara independencia y autonomía con relación al poder civil y del social en
general. Además de ampliar las funciones y responsabilidades de
la Fuerza Armada
a todos
las actividades de la vida social venezolana en competencia con los civiles,
la Constitución
del 99,
hace una distribución de responsabilidades en materia militar entre los
diversos poderes del Estado que reduce al mínimo el control de la materia militar
por parte del poder legislativo, el único de lejana base popular. Y esto era
así por que esa es la relación de fuerzas real en la propia Venezuela desde que
el liderazgo pasó de la sociedad civil a las masas en el Caracazo y de allí al Ejército.
La
Fuerza Armada
es el principal factor de poder existente en la
estructura institucional del país y en el seno de la sociedad venezolana y ha
logrado que su poder real se exprese en poder formal al introducir tales
modificaciones en
la
Constitución
del 99. Esto significa que el estado de
funcionamiento de las variables básicas del sistema político se encuentra
dinamizado por un proceso de incorporación de pautas de comportamiento político
y administrativo propios de la institución militar. La hiperampliación de las funciones de
la
Fuerza Armada
hacia el orden interno y las actividades de
desarrollo material, unida a la política del Chávez de movilizar a los
oficiales de baja y alta graduación hacia responsabilidades de gobierno y de la
administración del Estado a todos los niveles, así como la administración de
recursos dirigidas a obras de interés social, transforma a
la Fuerza Armada
en la
única institución que ejerce control sobre el Estado y potencialmente sobre la
sociedad civil.
En el momento en que el gobierno provisional gorila
se puso contra esta Constitución, el grueso del Ejército –el arma que más había
sostenido a Chávez en el pasado– se puso
automáticamente contra la junta civil. Esos sectores tienen un poder
equivalente al que ahora le han dado a Chávez. Son ellos quienes contribuyeron
a sacarlo de la prisión, y en el balance futuro serán una barrera para los
ajustes que el presidente antes del golpe comenzó a aplicar para intentar poner en orden el desmadrado escenario económico. Pero eso lo encerró en una
nueva contradicción, porque los generales que ayer dieron vuelta la situación
no eran otros que los que apuntaron contra el efímero Carmona. Sí: son los
mismos. Es decir: seguían estando contra Chávez, pero su defensa del rol
corporativo que les otorgaba
la Constitución Bolivariana
obligaba a defender un proceso cuyo desemboque lógico era ...la
vuelta de Chávez. “Yo dije que iba a haber problemas en el apoyo militar. No
creo que respaldaran todo lo que planteó Carmona. Lo que hubo aquí fue una
conspiración largamente planeada, pero fue apenas una cúpula del Ejército, sin
mando sobre las unidades de combate más importantes, que se alió con los
empresarios. Ni siquiera participó el general Lucas Rincón (Inspector General
de las Fuerzas Armadas)”, dijo el general Alberto Miller Rojas, ex chavista. “No tenían asegurado el apoyo de
todo el Ejército,
la
Fuerza Aérea
tampoco, y encima Carmona colocó a personajes de
la Armada
al
mismo nivel que algunos del Ejército, cuando se apoyó en los hombres de esta
fuerza para hacer el golpe. Yo conozco al general Baduel (uno de los que se rebeló en Maracay), fue ayudante mío cuando era capitán, y
sé que no estaba de acuerdo con que se destituyera a todo el mundo”, agregó.
“No garantizaron los mandos medios y parte de la cúpula del Ejército, que no
parecía estar de acuerdo con terminar con todas las instituciones (
la Constitución
de
1999)”, estimó el analista político Díaz Rangel,
director del diario Ultimas Noticias. El
mayor peligro en Venezuela se deriva del hecho de que ningún actor militar
puede arrogarse el dominio de una decisiva superioridad de fuerzas sobre el
otro. El chavismo difuso dentro del ejército no bastó
para impedir el arresto y humillación de Chávez y la constitución de la espuria
fuerza de gobierno del doctor Carmona, pero el antichavismo tampoco fue suficiente para impedir que esa junta volara por los aires en 22
horas. Y todo esto girando entorno al fetiche constitucional. Algo parecido se
repite en el plano político: de acuerdo a las últimas encuestas tomadas antes
de la caída de Chávez, el ex teniente coronel disponía de alrededor de un 30
por ciento en las encuestas de simpatía, pero sus dispersos opositores no
pasaban mucho más allá del 10 por ciento. Lo cierto es que Chávez está gracias
a una decisión interna del Ejército, que las masas fueron un actor secundario y
que en lo que queda de su mandato veremos el accionar de un presidente
extorsionado, condicionado y mirando de reojo el humor castrense. Y no sólo
puede verse en sus declaraciones más sinceras mandando al Pueblo movilizado a
sus casas, una receta tardoperonista, sino en sus
palabras entrando al palacio presidencial: “Vengo dispuesto a rectificar lo que haya que rectificar”, ha
afirmado, vestido con casaca azul y camiseta verde, en su primer mensaje a la
nación tras su vuelta al poder. Rectificar suena a operación metalúrgica de
derecha. Si estamos pensando en la revolución bolivariana como un proceso de
transición que lleva ya tres años, la coherencia entre los fines “socialistas”
y los medios debería estar plenamente afirmada. Ni perecer, ni traicionar, tal
es la frase de rigor de toda transición. Pero siempre lo más importante y lo
más urgente es ir lo más rápido posible y lo más lejos posible en la
adquisición material de poder de decisión social, y también lo más directamente
posible, por las masas populares. Particularmente en las empresas estatales y
en las privadas después. Es decir: ir lo más lejos y rápido que se pueda hacia
el poder autónomo, el poder popular, el control obrero, la autogestión bien
entendida. Todos los problemas convergen, como se vio en otras transiciones
desde economías de mercado ganadas por coaliciones de izquierda (Chile en 1973
pero también en Portugal en 1975) en esta conclusión. Estas estructuras
constituyen una poderosa herramienta de identidad social, la más segura contra
retrocesos, traiciones del movimiento en acción, cansancio de líderes, reales
políticas, recuperaciones o normalizaciones “burguesas”. Situar estos procesos
vitales o diferirlos o reemplazarlos por la democracia representativa
indirecta, aún bajo el nombre de bolivariana, es un error político mortal. Si
hay algo que rectificar es, precisamente, éste punto. Que no hay victoria ni a
lo Pirro lo indica este síntoma: la convocatoria a todos los sectores al
diálogo a través de las "Mesas de Unidad Nacional", que comenzarán
sus trabajos el 18 de abril. ¿Adónde está el poder en Venezuela? Seguramente
detrás del que introdujo en la mente “chavista” la
palabra “rectificar”.