|
A la memoria de todas las desobedientes y de los luchadores populares asesinados desde 1983
A las rebeldes y los insumisos del presente
A los militantes y las activistas del futuro
¿Clase obrera o multitud? ¿Hay un nuevo sujeto histórico? ¿Poder o antipoder? ¿Ocupar el estado o extinguirlo? ¿O para abolirlo hay que tomarlo? ¿Organizarse es desautonomizarse? ¿Contrapoder, insurrección y okupación ? ¿Toda institución es estatista? ¿El poder constituyente deviene en constituido? ¿Adiós a los sindicatos y partidos? ¿Fraternidad o complacencia? ¿Debate o simulacro? ¿Puede haber anticapitalismo en el capitalismo? ¿El dinero hace falta en todo tipo de sociedad?
Hoja de ruta:
1.- Clase obrera. Trabajo y multitud.
Página 5
2.- El asalariado posfordista.
Página 13
3.- Fuerzas represivas y capital-criminal. El delito como mercancía y lo punible como trabajo.
Página 18
4.- Clientelismo social, asambleismo y nuevo ciclo de acumulación.
Página 25
5.- Dilemas de la autonomía.
Página 32
6.- Autonomía y anticapitalismo.
Página 37
7.- Autonomía y antagonía.
Página 46
8.- Mas allá del capital y del estado.
Página 51
9.- Mas allá del sindicato y del partido.
Página 57
10.- Revolución del capital y poder constituyente.
Página 70
"No podemos recurrir al método de esconder nuestros desaciertos para que no los vean. Eso no sería honrado ni sería revolucionario. De nuestros errores se aprende también. De nuestros errores aprenderán los compañeros de América y de otros países".
Ernesto "Che" Guevara.
"No será el miedo a la locura lo que nos obligue
a bajar la bandera de la imaginación".
André Breton.
"La acumulación de «trabajo muerto» como capital, representado en la forma-dinero, es el único «sentido» que el sistema productor de mercancías conoce".
Grupo Krisis.
"Existe una cita secreta entre las generaciones que fueron y la nuestra".
Walter Benjamin.
A los que vengan después...
1.- Clase obrera. Trabajo y multitud.
"Si no se obligara a trabajar a la humanidad, trabajaría solamente para sí misma". Carlos Marx. (obrero masa song) ... "Mi vida no es mas que tiempo, un tiempo repartido / Entre estar atada al trabajo y combatir mi destino / Unas veces no soy mas que obrera, otras amo, pienso y vivo / La mayor violencia es la que nos tiene escindidos"... "Fuerza de trabajo que clase de vida es esta / Es la vida de nuestra clase, la muerte a destajo / Los de arriba contra los de abajo / Es la lucha de clase ¡Abajo el trabajo!"...
Canción de la banda Hechos Contra el Decoro.
El patrón adquiere del asalariado toda su potencia productiva. Todas sus facultades intelectuales y físicas. Y cuando decimos todas, decimos eso, completamente todas. Adquiere su vida a través del hacer productivo de su cuerpo. Succiona su energía muscular y mental. Unica manera para que su subjetividad pueda aumentar el valor, o autovalorizar, el capital maquínico acumulado sobre la base del trabajo objetivado. Un trabajo vivo singular que valoriza el trabajo muerto cosificado en el capital. La tecnología de hoy fue el trabajo de ayer. La informática, la robótica y la ciencia objetivada se transforma en trabajo inanimado. Una técnica sedienta de nueva laboriosidad para no desvalorizarse.
El imperio del dinero es una construcción universal y epocal. No es una necesidad para todo tipo de sociedad, sino solo, para las mercantiles. Es una herramienta de subordinación contra los productores. Es un valor de cambio, y por eso un vínculo mediador, entre el capital y los valores de uso creados por el trabajo. El dinero es inherente a toda formación histórico-social dominada por la economía de mercado. Aún de aquellas que se propusieron administrar socialistamente el capital.
Dinero, producción, comercio, ganancia, capital y estado constituyen una relación política y económica que compone un circuito social integral. Una manera de reproducir la sociedad. En una comunidad donde reinara el valor de uso, o el uso sin valor monetario de todo lo creado, transformaría, todo intermediario y medida de las necesidades, en innecesario. Por supuesto, incluso el dinero.
El dinero es el representante universal de los valores de cambio. El dinero es trabajo acumulado, y como tal, forma el capital. El dinero del empresario no es mas que el trabajo que le robó a su empleado. Con él adquiere, de su esclavo asalariado, su fuerza nerviosa, el tesoro de su memoria, sus facultades cognitivas y su simbología lingüística. Sus capacidades de poder vigilar, tensionarce, relajarse y controlar el proceso productivo.
Todos estos atributos corporales son adquiridos por el patrón y retribuidos por una paga. Una medida dineraria siempre menor, y cada vez mas insuficiente, de todo lo hecho por el trabajador. Recordemos que en la Argentina el 50 por ciento de los empleados gana 150 dólares.
El plus, el resto de su hacer no retribuido y que se embolsa el patrón, sino no habría plus-trabajo, plus-valor, plus-valía y capitalistas, lo acumula con las ganancias provenientes de la venta de las mercancías, materiales e inmateriales, que contiene la creatividad y el esfuerzo del empleado; vale decir: el trabajo humano. El producto de sus ventas acumuladas, como capital circulante, volverá al proceso productivo como dinero o salario. Una moneda que le permita recomprar, una y otra vez, nuevo trabajo.
El dinero también le sirve para endeudarse y expandir, como capital líquido o financiero, el trabajo acumulado. Adquirir nuevas materias primas, e invertir, como capital fijo en infraestructura y tecnología, mayores sumas que le permitan suprimir la mayor cantidad posible de salarios como gasto del capital circulante. Esta es la causa económica fundamental del desempleo. Inherente al trabajo posfordista, recurrentemente inestable, y donde gobierna la hegemonía de la plusvalía relativa y la subordinación plena de la sociedad en el capital. Y no como en el fordismo, donde resultaba dominante la subordinación formal, típica de la plusvalía absoluta, que incorporaba parcialmente al trabajador registrado al proceso capitalista. Y que hacía de la huelga obrera la herramienta mas preciosa contra los patrones y el peligro mas temido por el capital. Esta inclusión parcial del trabajo en el capital, obligaba a los empresarios a pactar con los sindicalistas los términos de la expoliación para que no se interrumpiera la extracción de plusvalor y la formación de capital. Manteniendo con vida, a costa del consenso gremial, a la clase de los patrones.
Pero además de su lógica económica, el posfordismo, es una estrategia de poder social capitalista para desplazar asalariados y precarizar el empleo. Y así controlar, la cada vez mas productiva fuerza de trabajo. Evitando a costa de la pobreza, con empleo o sin él, el desplazamiento de la cada vez mas parasitaria condición patronal del proceso productivo. Un tipo de capitalismo que necesita abolir progresivamente, para ser cada vez mas competitivo y para dominar la autonomía del trabajo humano cada vez mas productivo, mas salarios y capital circulante. Una economía mercantil que disciplina la fuerza laboral con un doble castigo: hiperexpoliación e hiperdesempleo. Este ahorro en sueldos, cargas sociales o lisa y llanamente los despidos, le provee al patrón el excedente que necesita, cada vez en mayor proporción, para invertirlo como capital fijo. Y así ganar, con métodos técnico-científicos superiores a sus oponentes, la batalla por la ganancia, por la que compite, contra los otros empresarios.
El trabajo, ese dios oculto del capital, puede ser subvertido de su dominio por sus propios hacedores: la multitud trabajadora.
No el trabajador exclusivamente fabril, una porción de la clase obrera, el viejo proletariado industrial. Tampoco la indiferenciada clase trabajadora, es decir, todos aquellos que venden su energía por un jornal. Sino una multitud que contiene ambas categorías (obreros y asalariados) y al mismo tiempo la excede. Son la multitud de los que únicamente tienen para vender su fuerza de trabajo por dinero y producir plusvalor, caso contrario, se mueren.
Si la multitud no fuera algo mas que la clase obrera y algo mas que el conjunto de los asalariados estaríamos denominando, de otra forma, a la clase trabajadora a sueldo. Pero llamándola simplemente con otro nombre: la multitud.
Todos aquellos que están condenados a trabajar para vivir, sino perecen, y con su potencia valorizan el capital, son la multitud. Cobren o no un salario. Sean explotados de manera directa y asalariada, o se digan autónomos, y terminen incluidos en el universo capitalista por intermedio de su circuito ampliado: el mercado.
Sean cartoneros, obreros reapropiadores, economías solidarias piqueteras, microemprendedores y redes de hacedores. Sean cooperativistas o cuentapropistas. Todos quedan incluidos en el capitalismo, al mismo tiempo, que excluidos del trabajo asalariado bajo patrón. Todos reproducen al capital. Tengan, o no, un sueldo. Estos sujetos sociales, compañeros, componen una multiplicidad de productores de valor, una multitud hacedora que reproduce el capital, mas allá de su ética y su valiente resistencia.
Una multitud que antagonizando al capital puede sepultarlo y transformar, toda su producción, distribución y consumo en el gobierno del valor de uso y el intercambio no mediado por la compraventa, los empresarios y el estado. Un gobierno del común que instituye sus leyes comunes: su auto-nomía o normas propias. Aboliendo las leyes de los poderosos: la hetero-nomía o las normas de los otros. La heteronomía, esa palabreja difícil, significa que se imponen leyes externas o ajenas al sujeto autónomo.
Una autonomía que administra por sí misma lo que es mas común a su existencia: el hacer. Una administración de lo genérico singularizado que precisa instituciones que no vulneren su vida cooperante, una práctica reflexiva en común unión que no es sinónimo de empresas cooperativas.
Una república asamblearia de la auto-gestión de lo común y por lo tanto de lo multitudinario. El fin del estado y de todos sus dispositivos especializados: político, militar, judicial, educativo y sanitario. Aparatos de captura de la vida, que no hacen mas que controlar, disciplinar, separar y reprimir al productor de lo hecho; al que vota del que lo representa; al que obedece bajo la amenaza armada; al reo del juez; al alumno del educador; a la enfermedad de la cura.
La multitud es el nuevo sujeto histórico. Un sujeto que potencialmente puede ir mas allá del capitalismo, o no. Un sujeto que no tiene escrito su destino. Un sujeto cuya práctica es aleatoria, y por ello mismo, libre de toda fatalidad. Por consiguiente un sujeto social que puede vencer o puede ser derrotado.
El nuevo sujeto histórico es un universal concreto en condiciones de parir una nueva era.
Una clase no está acabada y completa de una vez y para siempre. La sociedad de clases está siempre en movimiento y la multitud es una marea. Como el flujo y reflujo de su trabajo que alimenta socialmente a los empresarios. A veces es un torrente subterráneo y otras veces emerge. Pero siempre se mantiene en movimiento. Otorgando orden al desorden capitalista; y desordenando ese orden, en busca de un orden nuevo. Por momentos resulta una furiosa marejada y en bajamar, se refugia, en las hondonadas conquistadas por la creciente. A la sazón contundente y en otras ocasiones mas débil, pero siempre resistiendo. A veces los trabajadores acarician la emancipación y otras veces son derrotados. Pero ni aún con la mas brutal represión se puede resoldar, la fractura donde se asienta, la antagonía de la sociedad capitalista: el robo del trabajo humano a gran escala por parte de los patrones. Una dicotomía irreductible contra el capital por parte de la subjetividad del trabajo. Una lava, que antes o después, va a desbordarse. Intentando cuantas veces haga falta la conquista de su plena libertad. Adecuando a cada época su rebeldía y su organización.
Salvo que creamos, el desvarío de que no hay mas luchas de clases, y que los propios combates entre ellas no las modifican; en los momentos críticos de esta guerra social, la multitud, pueda destruir las relaciones sociales que sostienen el sistema empresario estatal y estatal empresario. O inversamente, producirse el descalabro de la multitud, revolucionarse el propio modo de producción capitalista y domesticar al sujeto histórico que luchó por abolirlo. Porque compañeras y compañeros, toda reconversión capitalista es una revolución social que se frustró.
Las luchas entre clases resultan elementos constituyentes para cada una de ellas. Un biorritmo combativo que las completa, las ordena, desarticula y reestructura. Tan descriptivas de sí, como su ubicación en el mundo del consumo y la producción.
Cada persona nace en una clase. Resultando determinada, pero no inexorablemente condicionada, por su origen. Con los años, cada ser hace a su clase y cada clase hace a su ser. Se identifica con su clase o se reconoce en los valores y objetivos de las clases contrarias a sus propios intereses. Esta disociación, en el caso de los trabajadores, entre ser parte de una clase y estar con la opuesta, nos indica, que ser un productor no conduce inevitablemente a liberarse del capital. Sino que, contrariamente, es probable y es posible emanciparse del capital. No es la historia la que usa al varón y la mujer, sino que es su actividad la que hace la historia.
No hay destino inevitable sino potencia constituyente. Clase se nace pero también se hace. La multitud como clase se reproduce sosteniendo y socavando al capital. Esta es la doble potencia del trabajador: ser partero y enterrador del capitalismo. Trasformarse en un sujeto social disciplinado o insubordinado, consensuando o revelándose al dominio patronal. Pudiendo ser, o no, antagonista a la reproducción de su calvario social.
Si el nuevo sujeto histórico, es un universal de los muchos singulares y de lo singular multiplicado como lo común, que produce y reproduce la sociedad; entonces, es un sujeto político y un cuerpo colectivo comandado por el capital; o en cambio será, potencialmente, un sujeto social autogobernable. El sujeto político epocal es la multitud, ¿Pero quién es la multitud? Se apela a que la multitud es un concepto de clase, ¿Pero a qué clase se está haciendo referencia? ¿A la clase operaria? ¿A la clase asalariada en su conjunto? Ambas a la vez, y aún mas. Un espectro mas amplio, la clase de los que producen la autovalorización del capital. La clase de los que únicamente tienen para ofrecer en el mercado (y no a este o aquel capitalista) su creatividad, su lenguaje, sus deseos, sus manos y sus músculos, sino fenecen en el capitalismo. La clase que produce plusvalía, ganancia y capital. Y que resulta, antes o después, subsumida en el reino de la mercancía. Esté o no asalariada. En definitiva, los excluidos del salario pero no del valor, terminan reincluidos en el capital, mediados por nuevas formas de producción.
Antes del 19 y 20D el sistema resistió con todas sus fuerzas, multiplicar por diez, como lo hizo en el 2002, el auxilio estatal al desempleo. En el 2004 multiplica por dos la ayuda social del 2003. No tiene mas remedio si quiere progresar con la nueva acumulación en marcha pos devaluación.
El estado de excedencia necesita controlar al asalariado posfordista. Y reconvertir el movimiento asambleario, piquetero y de empresas recuperadas en microemprendedores y cooperativistas que compitan en el mercado. Poniendo en la misma arena a economías familiares y grupales contra PyMEs y grupos económicos. Las carnadas y los tiburones en el mar enfurecido de la ganancia. Mas expoliación y una nueva autoexplotación y tercerización. Una subordinación indirecta o plena y formal o real, del trabajo en el capital.
Los empresarios no pueden emplear formalmente a todos. Utilizan los planes para desocupados, como un salario "sui generis", para la construcción de la obra pública que beneficia al capital en su conjunto. Mientras a otros subsidiados los hace sub-asalariados, cuyo monto del plan, se transforma en una subvención estatal a determinadas fracciones del capital. Recreando de esta forma trabajo precario y miserable en beneficio de las empresas privadas.
Como el trabajo lo inviste todo, como el capital subsume lo social, estamos en la época dominada por el trabajador social. Un trabajador difuso. La vida en comunidad, la sociedad productiva en su conjunto, la multitud de potencias, conforman al nuevo trabajador social. La existencia humana se desarrolla en sociedad y se vuelve mercancía. La sociedad se vuelve mercancía. Los desocupados, expoliados y autoexplotados, si no superan la relación social capitalista y la sociedad que la sostiene, terminan incluidos y recomponen el mercado capitalista. Consuman mas o menos. Reproduzcan su fuerza de trabajo por arriba del nivel de la pobreza o por debajo de la línea de indigencia. Rindan poco o mucho plusvalor. Valoricen o autovaloricen, en mas o en menos, el capital. Lo que sobra es descartado, subordinado a los planes sociales sin contraprestación, subsumido al crimen, puesto en prisión, asesinado, enloquece o se mata.
Combatiendo al interior del capital, por intermedio de la resistencia sindical, en la lucha trabajo-salario-ganancia-capital, no se puede vencer a los patrones. No solo hace falta oponerse al capital, necesitamos ir mas allá de él. Precisamos un nuevo vínculo social que impida el renacimiento, una y otra vez, de la condena del trabajo por dinero.
Necesitamos instituir el anticapitalismo y la sociedad del valor de uso y consumo.
La sociedad de las multitudes, se ha vuelto mercancía. Y lo que no se vuelve mercancía, como el trueque, remeda un experimento social superada hace tiempo por la humanidad: intentar vencer al capitalismo con la práctica pre-capitalista de los créditos. Emulación pre-monetaria del valor de cambio universal: el dinero. La sociedad toda del trabajo se ha vuelto mercancía, y lo que no, resulta descartable. Hay que crear. Toda creación social es tributaria de la historia humana, de sus logros y reveses, al mismo tiempo que un acontecimiento inédito.
La autonomía a mitad de camino se vuelve mercancía. Como los obreros reapropiadores tercerizando la producción del capital. Los cartoneros, la clasificación y el reciclado de productos, se convierten en mercancía. También las economías populares piqueteras que no superan la compraventa. De la misma forma, que los emprendedores de producción autogestiva y sus circuitos secundarios de capitalismo ecológico y las redes de comercio justo y consumo responsable. Todas ellas resistencias válidas y esforzadas cuando de pelear por seguir viviendo, ni mas ni menos, se trata. Pero a mitad de camino en su antagonía, y por el momento, colonizables por el poder. En el mejor de los casos sociabilidades no capitalistas, al no producirse plusvalía entre sus integrantes, pero rehenes del plusvalor y la ganancia, al circular socialmente lo producido en el lazo social por excelencia del capitalismo: el mercado.
Recompuesto el ciclo de negocios, nada quedó fuera del imperio de la mercancía. La sociedad productora, el trabajo, esté asalariado, des-asalariado o autoexplotado quedó incluido en el sistema opresor.
Pues bien, hasta aquí, muchas son las diferencias de la multitud con la vieja clase obrera. Esa clase fabril incluida por la vía del salario al capitalismo. Desempleada ante los cracs financieros, crisis de la tasa de ganancia y endeudamiento estatal. Con sus ejércitos obreros industriales de reserva esperando el inicio de un nuevo ciclo. Pero no permanentemente excluida del salario formal como las actuales legiones de parados. Una clase operaria mayoritariamente registrada, y no como ahora, mayoritariamente en negro. Dominantemente ocupada y no recurrentemente precaria. Especializada, profesional o semi calificada, y no como ahora, supercalificada o descalificada, polivalente y multipropósito.
Una clase masiva y no reducida. Ubicada hegemónicamente en establecimientos fabriles y no haciendo, de la sociedad toda, una fábrica social de plusvalor. Un trabajo concentrado en los centros industriales y no esparcida socialmente. Una clase obrera compacta y con independencia de clase y no fragmentada y autónoma. Homogénea por su propia constitución material, y por ello representable, y no heterogénea e irrepresentable. Crédula y no cínica. Organizable sindical y partidariamente y no descartando obsoletas orgánicas por intermedio de las nuevas articulaciones asamblearias.
Una nueva clase trabajadora que no disocia lo económico (el productor) de lo político (el ciudadano). Que no diferencia lo sindical de lo partidario. Antes el operario fordista dividía por tres su identidad revolucionaria: para la lucha económica el gremio clasista, para su vanguardia política el partido proletario, y para el gobierno el estado obrero. Y no como la multitud, a partir del 19y20, conformando los rudimentos de su poder constituyente, que producto de la propia composición técnica del trabajador social, reorganiza su identidad múltiple en organismos conjuntos sociales y políticos. En otra época liderada, en el mejor de los casos, por el partido revolucionario de la vanguardia obrera; y no como ahora desbordando todas las estructuras pre-concebidas con el magma constituyente de su potencia expandida en toda la sociedad.
Estamos, como nunca, ante el poder social del trabajo. El trabajo ya no es solo un poder económico, ni mero sustrato del poder político. Sino una potencia social, un hacer comunitario politizado, institucionalizable en asambleas comunales. Una nueva forma de organización social que deje de valorizar el capital de los patrones y antagonice con cualquier organismo expropiador como el estado. Un hacer social que no se metaboliza como riqueza privada y estatal. Liberando toda la potencia afectiva cooperante y el intelecto colectivo de la multitud.
Pues bien, ¿Hoy que queda de la vieja clase obrera fordista? No es que vayamos a repetir la cantinela de la muerte de la clase trabajadora o dislates semejantes. Por el contrario, hoy el trabajo lo invade todo.
Toda partícula social es parasitada por las relaciones sociales capitalistas. Y entonces, si esto es así ¿Quiénes producen valor? ¿Cuáles son los trabajadores? ¿Quién es la multitud productora? A la moderna composición técnica del capital, ¿Qué composición política de la clase trabajadora le corresponde? Y lo mas relevante, ¿Qué consecuencias ORGANIZATIVAS conlleva el pasaje del obrero fabril fordista al trabajador social, con y sin salario, posfordista? ¿Quiénes, cómo y dónde se organiza la autonomía, contraria al pacto entre el capital y el trabajo?
Estamos ante una transformación tendencial. Una época novedosa que arranca en el mundo industrial mas desarrollado en los años '70. Y que para el caso argentino metamorfosea el trabajo con la instauración del golpe militar capitalista del '76. Una genuina revolución en la forma de producción empresarial. No un simple nuevo ciclo. Sino todo un cambio de paradigma patronal. Continúa en los años '80, con el primer gobierno del progresismo radical de Alfonsín; y la clase obrera fordista oponiendo una resistencia desesperada a la expansión de las normas de flexibilización laboral y la caída de su salario. La hiperinflación y las últimas batallas del movimiento obrero, cuasi plenamente ocupado y masivamente sindicalizado, preanunciaba la llegada posfordista del precariado. A partir de los '90, con el peronismo que cerró filas con el menemismo, Duhalde y Kirchner incluidos; la nueva figura del trabajador no registrado se consolida. La Alianza radical-frepasista continúa con esa matriz y la consagra en la ley de flexibilización laboral. Norma que bendice de derecho, de la mano del cohecho entre los patrones y el poder ejecutivo y legislativo, lo que los trabajadores vivían, de hecho, hace mas de una década. La consolidación del capital-parlamentarismo, que le dicen.
El 19 y 20, la insurrección destituyente de 2001, ese acontecimiento y su devenir, ese comportamiento político, esa nueva subjetividad, esa multitud; resulta ontológica a una materialidad del trabajo que cambió rotundamente en comparación a la segunda mitad de los '70 y los '80. Y que coagula a mediados de los '90. Una subjetividad de la cual ya ningún partido o sindicato podía dar cuenta.
El 19+20 también irrumpió una nueva forma de golpe de estado, un golpe civil o capital-parlamentario. Que nos trajo a Duhalde como la encarnación presidencial del partido de la baratura salarial que trituró el valor del trabajo. Al mismo tiempo la multitud movilizada resistía, por cientos de miles y en todas los grandes centros urbanos y suburbanos del país, el nuevo despojo que se avecinaba.
|