Masa y Poder X
Crítica al centralismo democrático
“El socialismo no es asunto de banderas o estandartes
que haya que mantener en alto. Fin y esencia del socialismo
es el paso recto en dirección hacia la libertad,
la mirada en la utopía concreta del reino de la libertad”
(Rudi Dutschke)
“Toda derrota es siempre menos desalentadora
que la más alentadora de las mentiras”
(Ignacio Silone)
20) Sobre el contenido “burgués” y “jacobino” del centralismo democrático de la izquierda: la izquierda clásica argentina, lo declare o no, se da forma organizativa bajo el principio conocido con el nombre pomposo de “centralismo democrático”. La autoría se les es otorgada históricamente al Lenin de 1902, en el opúsculo ¿Qué hacer?, aunque el mismo Lenin declaraba estar inspirándose en los principios organizativos de la socialdemocracia alemana, el SPD, y, en especial, en las ideas de Kautsky, y más atrás, Lasalle. Poco podía hacer para citar a Marx. Si este modelo ya era profundamente antidemocrático y excesivamente centralista en el SPD en 1900 (una caso testigo fue no sólo las represiones a las oposiciones internas sino a figuras como Rosa Luxemburg y al propio Lenin) el efecto se potenció por las propias y peculiares condiciones “materiales” de Rusia. En la reconstrucción crítica y materialista que hacemos del concepto, que no es otra cosa que aplicar el marxismo al propio marxismo, partimos de la tesis que los rasgos esenciales de la concepción leninista de partido sólo puede entenderse si la teoría de Marx sobre la formación económico-social asiática se aplica a la Rusia de la época. Esto es: si la Rusia entre los años 1900 y 1917, cuna social “material” de la matriz esquemática de nuestra izquierda, no es entendida como una formación social al estilo occidental. Visto de otra manera, nuestros experimentados militantes deberían especificar cuál acción es revolucionaria en la Argentina de hoy. El leninismo, y su subespecie neotrotskista, esquematicamente adaptó la filosofía organizativa de la Segunda Internacional a las condiciones rusas. O sea que el “vanguardismo”, la semilla de una Nueva Clase, no pertenece a Lenin, sino al reformista Kautsky. Aunque en los estatutos y en el programa fundacional se presentaba como un partido “revolucionario” y “marxista”, en su práctica organizativa era burgués y jacobino. La idea de insertar la conciencia de clase al movimiento obrero desde “afuera”, elaborado por intelectual, en palabras del mismo Kautsky, citado con aprobación por el propio Lenin: “El vehículo de de la ciencia (es decir: el socialismo) no era el proletariado sino el intelectual burgués”. La organización debía expresar esta escisión entre teoría y movimiento, entre la esfera puramente intelectual burguesa y el cándido analfabetismo acientífico del espontaneísmo de las masas. Esta concepción incluso se reforzó más en su trasplante semiasiático: bajo las condiciones del despotismo zarista, Lenin remachó el antiespontaneísmo kautskiano con más centralismo e incluso el supuesto de que a la insuficiente espontaneidad económica rusa se le debe oponer el partido como inyector de política, que es anterior y exterior al instinto social. Esta arquitectura oculta al ingenuo militante características especificamente rusas justificadas por la ortodoxia kautskiana, en 1902 la fórmula de éxito. El “revolucionario profesional”, externo y más allá de la estructura clasista, en el formato “ruso” del funcionario socialdemócrata alemán, deviene ahora el generador de la constitución de la conciencia política de las clases oprimidas. Lo social, como tal, no tiene otra tarea histórica que subordinarse al partido. Es más: el partido puede posibilitar, en una sociedad despótica como la del zarismo, la propia constitución burguesa de las clases. El partido reemplazaría, en la idea leninista, a la espontaneidad generada por la sociedad civil (lo económico-social) en Occidente. En esencia, no se le reconoce a ninguna clase social una existencia autónoma. La creación de lo político, en el dispositivo despótico de la Aziatcina (el régimen jurídico-político zarista), tanto en su lugar como en su jerarquía, es derivado de la línea del partido. Si, siguiendo el pensamiento leninista, toda institución y su propia estructura, natural e inevitablemente, son determinadas por el contenido de su acción, esta forma partido requería un nuevo tipo de hombre, un nuevo tipo de técnico, un sujeto indiferente a su origen de clase y una “separación” real con el mundo del zarismo. Se necesitaba esta forma debido al contenido económico, una revolución burguesa en un país campesino con un proletariado minoritario e injertado sobre una formación económico-social semiasiática, de la revolución posible en Rusia en 1902. Lenin pensaba en realizar una revolución burguesa con “métodos” proletarios (el modelo kautskiano más los aditivos peculiarmente rusos). ¿Qué nos puede servir a nosotros, no sólo después de los resultados catastróficos del stalinismo, una forma organizativa absolutamente diseñada para las especificidades del zarismo? Lo inevitable del predominio de la “ilegalidad”, la clandestinidad en el trabajo político cotidiano, el dogma del Comité Central, la subestimación de la espontaneidad e instinto de lo social en las peculiares condiciones de servidumbre del despotismo, que determinaban de forma totalmente pre-occidental y nueva las tareas de la burguesía y las masas populares, es lo que sirve de base de las consecuencias fundamentales en cuestión de organización del socialdemócrata Lenin, el Kautsky ruso. Su presupuesto actual (1902), que impregnaba la forma organizativa, no era la revolución socialista, sino una revolución burguesa: se trataba del derrocamiento del zarismo, el “monstruo mongol”(Marx), como un hito para la evolución posterior, educativa, cultural y capitalista normal, de las masas rusas. Aquí está uno de los puntos esenciales: ¿captaban Lenin y los socialdemócratas rusos correctamente la realidad rusa de forma adecuada? ¿Reflejaba su posición teórica el carácter material de la sociedad? ¿Las verdaderas líneas tendenciales de las fuerzas sociales y las posibilidades políticas concretas? Una adecuada determinación, histórica y material, de la organización revolucionaria para Rusia debía ser una negación de las relaciones económico.siociales de servidumbre dominantes en el zarismo, no una extrapolación mecánica de la tradición de la Segunda Internacional más disciplina despótica fabril. En las condiciones de principio de siglo las masas eran impedidas de todas las formas imaginables de encuentros autónomos y libres; se encontraban “incluídas” dentro de un complejo sistema zarista-gran capitalista, que a Lenin le pareció lógico copiar el modelo del partido de éxito jacobino de Kautsky sumándole la tradición revolucionaria clandestina de los Narodniki (populistas), sin perder de vista la lucha de clases. Así se llegó a un tipo de partido en el que no era decisivo la pertenencia de clase, sino la peculiaridad político-humana de ser revolucionario de “oficio” dentro de la forzosa ilegalidad del zarismo. La contradicción objetiva y material entre la intelectualidad burguesa, nicho de la Nueva Clase, y las clases populares, si ya se ocultaba en la concepción kautskiana, ahora se acentuaba más. Qué otra situación es en las sociedades desarrolladas bajo el capitalismo dónde no ha sido un “partido” revolucionario el que libró al Pueblo de el despotismo, sino que fue la acción autónoma de las masas, que se politiza momento a momento, la que nos libró primero del yugo absolutista y hoy de la explotación específicamente capitalista. En Lenin entonces el movimiento político, resultado de las contradicciones rusas del 1900 y fuertemente burgués, era la infraestructura revolucionaria de este tipo de partido, el centralista democrático. Esta forma organizativa nace condicionada no sólo por las mismas condiciones despóticas de la servidumbre, que llevan a la ilegalidad, de la centralización despótica zarista, sino por la teoría kautskiana rebosante de jacobinismo y lasallismo. Aquí, como en nuestra izquierda, no hay espacio a la autonomía, es más: es entendida siempre desde el ángulo de un “especialista”, se le reduce a una operación técnica. El resultado es la pérdida de información y contacto social de la militancia (cuyo síntoma es el “entrismo” en fábricas), que supuestamente compensa la sabiduría del Comité Central. La dialéctica técnica de la centralización democrática, así cómo la de dirección y reponsables, obran automáticamente de manera que el poder político y la planificación sobre la descenytralización y la esppontaneidad están concentrados en el Comité Central. El camino ruso es un viaje de ida, de arriba hacia abajo, una orquesta sinfónica leninista. Esto corresponde a la misma situación de las partes desmembradas del capital en el marco del capital general. En ambos casos la descentralización y autonomía, si existen, son momentos de la división del trabajo, jamás un proceso de autorregulación y autodisciplina. Los miembros del partido siguen objetivamente sometidos a las leyes del movimiento del cambio mercantil. La red de revolucionarios profesionales, los rentados, es objeto del Comité Central; el proceso de autotransformación y de anticipación emancipatoria acaba para siempre para sus miembros como consecuencia, no de leyes externas, sino de la propia vida del partido y con el trabajo de su propio “oficio” militante. Los especialistas y sus instrumentos “trabajando” la mercancía liberadora y la sociedad mientras “espera”. Encontramos en Lenin una negación concretada técnicamente del despotismo zarista, pero no la negación utópico-concreta de las relaciones de dominación, de sus formas. A la burocracia centralista y omniopresora zarista se le opone especularmente una burocracia centralista omniliberadora. Algo así como el “Síndrome de Estocolmo” revolucionario. El socialismo queda confinado a la”cabeza” científica ideológica, pudiendo ser vomitada, en tiempo y lugar, sobre el abdomen pasivo. Lenin jamás superó, en cuestión de organización, la herencia burguesa del punto de vista técnico-especialista heredado de la Segunda Internacional. El punto esencial, desde la perspectiva de la Nueva Clase, es que la intelectualidad burguesa orientada “socialistamente” juega un papel rector y gerencial, sin tomar en cuenta su ser social como punto de partida del análisis crítico-materialista de la inteligencia burguesa y de su conciencia, sin problematizar su contexto vital y de lucha práctica en relación con las masas populares, haciendo surgir una “solidaridad” interclasista inexplicable. El reparto de papeles es una suerte de dirección moral-misionera. Porque si bien las masas deben “colaborar”, jamás son la garantía social y la continuidad material de la teoría y práctica del partido. Los intereses “concretos” de las masas son separados mecánicamente del “fin” socialista del partido, haciendo imposible una mediación dialéctica entre intereses concretos y utópicos y necesidades utópicas y concretas de acuerdo con la situación histórica. El peso del Comité Central, diseñado con una concepción formalista del saber en sentido positivista, elimina e impide el predominio de la sensibilidad de las masas, las masas como razón. La relación es puramente idealista: en cambio de concretar desde abajo, de forma materialista, el diseño organizativo, con el fin de no fijar en las bases y a priori un abismo, una separación esencial entre el ser del Pueblo y su conciencia revolucionaria, el único método materialista para Marx, se la subsume en un protocolo abstracto, estereotipo de la superioridad del trabajador intelectual burgués. La negación más violenta de esta ortodoxia kautskiana vino, no de un intelectual socialista, no de la teoría, sino de las propias masas, de las convulsiones autónomas del abdomen ruso: los soviets de las revoluciones de 1905 y 1917. A la monstruosa tesis de kautsky y Lenin de que las masas no podían llegar a la conciencia socialista sin los especialistas de la vanguardia, el “atrasado” instinto social en acción fue mucho más lejos que los delirios más avanzados de los teóricos burgueses más atrevidos. Con la creación autónoma de sus propias formas autónomas de poder las masas refutaron prácticamente la ortodoxia. La “mirada” científica y externa de los profesionales revolucionarios, desde el partido sobre las masas, ni siquiera pudo imaginar o anticipar una mediación autónoma, socialista y espontánea como los consejos de fábrica o el mismo “Soviet”. Se abandonaba así la mediación de la organización revolucionaria como instrumento de las masas, como negación activa de las relaciones dominantes y como anticipación de formas socialistas de intercambio, comunicación y hegemonía. ¿Qué se esconde detrás de la cáscara “democrático” y qué detrás de “centralismo”? En el centralismo no hay nada químicamente socialista. La igualdad política, así como la igualdad en la economía y en el acceso a la información, de los miembros rasos tampoco se da en la variante democrática del “centralismo”. Democrático aquí es una afinidad electiva con el formalismo jurídico del poder ejecutivo de la burguesía. Pero el socialismo, o una concepción burguesa, sí tiene su ámbito: la cabeza (determinadas cabezas), el Comité Central. Allí es donde pervive, como en un invernadero social, la confraternidad y la igualdad de condiciones. Por lo menos hasta la toma del poder. En esta determinación democrático-burguesa, jacobina, se visualiza claramente el contenido burgués del centralismo democrático. En primer lugar al adoptar acríticamente la misma forma de partido político, en el sentido europeo-occidental, es decir: una institución típica de la última fase de desarrollo del ordenamiento estatal tardo-capitalista o representativo-electivo o “Capital-parlamentarismo”. En segundo lugar la propia categoría de “centralismo” es expresión del concepto burgués de estado. Así es como se revelan las categorías revolucionarias de “centralismo democrático”, “disciplina de base”, “división del trabajo”, “revolucionarios profesionales”, en la forma de entender Lenin el partido como conceptos antizaristas empleados en la etapa histórica de la peculiar acumulación originaria del capital en Rusia. Nada más, pero nada menos.
14 de marzo de 2002
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