La
subversión del Estado-guerra. (Santiago
Lopez Petit)
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August 14th, 2006
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6:12 pm
(Lopez Petit, Santiago)
De la guerra al Estado-guerra
Hace tiempo que el pensamiento
crítico está completamente desarbolado. Preso del miedo por no poder imponer un
horizonte a lo que se avecina; temblando porque los asideros del pasado se
hunden, uno tras otro, en una Historia que ya no es la suya. Seattle, Génova…
han sido espléndidos gritos precisamente porque no decían nada. Y lo decían con
rabia, con unas inmensas ganas de vivir, con la violencia del asco… Este decir
sin palabras es lo que se ha escuchado y ha hecho realmente daño. No el
conocido discurso crítico y su triste cantinela “otro mundo es posible”. El
fuego del 11 de Septiembre no sólo destruyó las Torres gemelas sino también las
ilusiones y esperanzas puestas en acercar un nuevo futuro. “Paremos la guerra,
otro mundo es posible” ya no es triste, es simplemente patético. ¿Tanto
autoengaño necesitamos para poder seguir viviendo?
El “acontecimiento 11 de
Septiembre” y sus repercusiones han sido analizados desde múltiples puntos de
vista. Nos interesan especialmente los dos enfoques que, de un modo u otro, se
reclaman de lo que sería un pensamiento crítico. Llamémosles, por comodidad,
socialdemácrata e izquierdista. Para la posición socialdemácrata, el atentado
del 11 de Septiembre supone la constatación de cómo el terrorismo se ha
introducido en las sociedades abiertas, de cómo un nuevo tipo de guerra se ha
hecho presente. El reconocimiento del derecho de legítima defensa, por parte de
USA, se acompaña del apoyo a compartir soberanía y responsabilidad en la lucha
contra este nuevo enemigo. Finalmente, se añade la recomendación de que la
globalización debe ser compatible con la justicia, junto con una encendida
defensa del Estado de Derecho. Para la posición izquierdista, la novedad no es
tan grande ya que la guerra siempre ha estado asociada al capitalismo. Santa
para unos, de civilización para otros. La desconstrucción del discurso de la
guerra revela, una vez más, que por debajo está la economía en la forma de
petróleo. Ni con unos ni con otros. La apelación a combatir las verdaderas
causas (hambre, pobreza…) y a globalizar los derechos se acompaña de una
denuncia de la militarización. Y, con distintos nombres y de modo más o menos
encubierto, se acaba defendiendo la democracia.
Ambas posiciones políticas
parten de una misma constatación: la guerra. Y, aunque la valoración de la misma
no sea igual, el punto de llegada es, sorprendentemente, el mismo: la
salvaguardia de la democracia. J. L. Cebrián (El País), después de sostener que
el Estado de Derecho atacado puede recurrir a la fuerza, concluye:
“La única forma de preservar
la pervivencia de la democracia es más democracia, más diálogo, más
cooperación”.
Como ejemplo de la posición
que hemos denominado izquierdista tomemos la Declaración del Volksbad de Múnic
firmada por numerosos grupos de distintos países. Después de desmarcarse tanto
del “capitalismo extremo” como de “los clones fundamentalistas”, termina con
estas palabras:
“Necesitamos más autonomía,
más democracia y menos capitalismo y leyes del mercado en todo el mundo.”
En la misma línea L. Casarini
(”Tute Bianche”) puede defender simultáneamente una llamada a “¡Desobedecer y
desertar!” y que:
“Debemos combatir por la
democracia y contra el Imperio y sus masacres. No será fácil.”
Esta convergencia entre la posición socialdemácrata y la posición izquierdista
da realmente que pensar. Evidentemente, no tiene ningún interés, a estas
alturas de la Historia, formular una acusación de traición o de reformismo.
Sería cómodo y gratificante, pero escamotearíamos lo esencial: la dificultad de
construir un pensamiento capaz de subvertir la realidad. Y eso es lo que
verdaderamente nos interesa. ¿Por qué partiendo de un análisis distinto de la
guerra - que establece necesariamente una posición distinta como hemos visto -
se termina en el mismo lugar? Parece que cualquier otra vía sea impensable por
insensata. Con razón el portavoz de los “Tute Bianche” nos asegura:
“(por la democracia y contra
el Imperio) es el único camino posible… para no ser devorados por una oscuridad
en la que ya no se pueda ver estrella alguna”.
¿Y si esta creencia en la luz
que ilumina fuera el obstáculo que nos impide pensar radicalmente la situación
en la que nos encontramos? Cuando nos desembarazamos de esta ilusión se inicia
obligatoriamente una política nocturna. Una política nocturna es aquella que no
rehúye la cuestión del nihilismo. Pero no nos precipitemos adelantando una
respuesta demasiado general a lo que era todavía una pregunta concreta: ¿por
qué siendo los análisis de la guerra diferentes las dos posiciones desembocan
finalmente en una misma defensa de
la democracia?
Podemos ensayar una respuesta:
lo que ocurre es que tanto la posición socialdemóacrata como la posición
izquierdista desconocen - y no es para nada casual - la verdadera novedad que
el 11 de Septiembre comporta. Esta novedad esencial consiste en que el Estado,
y nos referimos especialmente al Estado Mundial que nace con la coalición
antiterrorista, nace debilitado. Este debilitamiento ha sido causado porque en
su origen hay un acontecimiento (”el acontecimiento 11 de Septiembre”) que es
una derrota. El Estado, el Estado coaligado, surge habiendo sufrido una derrota
que es absolutamente insuperable. Es una derrota insuperable porque nada, ni la
misma victoria militar si pudiese existir algo así, podrá borrar la humillación
marcada en él. Más exactamente. La estrategia de asimetrización empleada por el
débil ha puesto en suspenso la verdad sobre la que el Estado americano creía
alzarse: “que la invencibilidad depende de nosotros, mientras que la
vulnerabilidad depende del enemigo”. Esta superioridad esencial se ha venido
estrepitosamente abajo. La vulnerabilidad está puesta ahora en el corazón del
propio Estado. Y es una vulnerabilidad asociada no a una inestabilidad que
podría, en última instancia, ser gestionada sino una vulnerabilidad asociada a
la imprevisibilidad. El Estado se ha convertido en cautivo de la
imprevisibilidad. De esta manera se han establecido las condiciones para que el
Estado, este Estado Mundial, no pueda jamás vencer: ni conoce a su enemigo, ni
se conoce sí mismo. Al Estado sólo le queda entonces emprender una fuga hacia
adelante: transformarse en Estado-guerra. No es, pues, de extrañar que la
operación de castigo se llamase inicialmente “Justicia infinita”. Es lo que
mejor correspondía al carácter absoluto del “acontecimiento 11 de Septiembre”.
De esta manera, sin embargo, el problema planteado no hacía más que agudizarse.
Porque cumplir una venganza infinita o perseguir la “Libertad duradera” - el
cambio de nombre, evidentemente, es lo de menos aunque es sumamente indicativo
- no hace más que ahondar la derrota que, justamente, se quiere suprimir.
Decíamos que las posiciones socialdemácrata e izquierdista desconocían ese
debilitamiento del Estado. Ahora podemos ser más precisos. Lo desconocían
porque su error común residía en poner la guerra en el centro en vez del
Estado-guerra. Definirse en relación a la guerra, o discutir si la libertad se
ve más o menos amenazada por las nuevas medidas jurídicas, no es ciertamente
tomar en cuenta al Estado-guerra. Únicamente realizando un desplazamiento
efectivo de la guerra al Estado-guerra estaremos en condiciones de poder
deshacernos de las ilusiones que nos hipotecan.
La génesis del Estado-guerra
Plantear seriamente la
centralidad política del Estado-guerra supone resolver, antes que nada, el
problema de su propia formación. Y, a ese respecto, no cabe confundirse. Se ha
dicho que el atentado del 11 de Septiembre suponía la crisis del neoliberalismo
y el retorno del Estado. Al priorizarse la seguridad nacional frente a las
amenazas terroristas, la misma demanda de más seguridad, la necesidad inherente
a la mundialización económica… todo ello comportaría dos consecuencias: por un
lado, el Estado nacional debería entrar a formar parte de un poder de
cooperación interestatal; por otro lado, la globalización atemperaría sus
injusticias porque se sabría en su seguridad interna dependiente de los
sectores más excluidos. En definitiva, el “acontecimiento 11 de Septiembre” nos
retornaría un Estado cada vez más cosmopolita y una globalización a menor ritmo
y un poco más justa. Como cuento de hadas no está mal.
Bastante más ajustada sería la
lectura jurídica de las transformaciones que han tenido lugar en el Estado
americano y, en general, en los Estados europeos. En este caso se hablaría también
de que después del 11 de Septiembre hay “más” Estado. Sin embargo, el análisis
no sería engañoso como en la explicación precedente. Retornaría sí el Estado,
pero un Estado fuerte que conjuga una cultura de la emergencia y de la
excepcionalidad penal. Desde esta perspectiva, no parece que la globalización
tenga que adoptar un rostro más amable. A la “tolerancia cero”, a la guerra
contra los pobres en casa, corresponde más bien una globalización armada. Este
enfoque, evidentemente más adecuado y veraz, es con todo insuficiente.
Insuficiente porque concibe todavía el Estado-guerra como una respuesta ante la
provocación de una situación. Esta concepción al encarar el Estado-guerra como
efecto de una causa (o conjunto de causas, incluso interrelacionadas) construye
un modelo que nos impide considerar el Estado-guerra en sí mismo, y a partir de
sí mismo. Como si el desplazamiento propuesto no se hubiese terminado de
efectuar.
Según lo dicho la génesis del
Estado-guerra sólo puede ser su propia autocreación. En otras palabras. Nada
preexiste (ontológica, y por tanto, políticamente) al Estado-guerra. Podemos
empezar diciendo que esta afirmación se sostiene a condición de que en el
Estado-guerra se produzca una doble inversión. 1) Contra Hobbes: el
Estado-guerra no nace para poner fin a la guerra sino para desplegarla. 2)
Contra Clausewitz: la guerra no es la prolongación de la política mediante
otros medios, sino que la política misma es guerra. Realizada esta doble
inversión se clarifica el porqué de la primacía del Estado-guerra. El
Estado-guerra en su actividad que le es propia, la política en tanto que
guerra, escoge quien es su enemigo y crea su pueblo.
Esto es lo que ha sucedido
poco después del 11 de Septiembre. El enemigo es, por supuesto, el terrorismo.
El pueblo son todos los que admiten que, un poco menos de libertad, es el
precio que hay que pagar a cambio de una mayor seguridad. En la fiesta de fin
de año celebrada en Times Square, miles y miles de banderas americanas ondearon
al viento como una sola y gigantesca ola patriótica.
El Estado-guerra y el fascismo
postmoderno
Hemos analizado la génesis del
Estado-guerra y, en la medida que su explicitación avanzaba, quedaba claro
también que no tiene sentido plantear la pregunta ¿Qué es el Estado-guerra? Esta
pregunta es errónea porque substancializa lo que es el proceso de una
estructura estructurándose. Ahora bien, este proceso de génesis no se reduce a
una militarización, a un aumento de sus disposiciones represivas, aunque eso
sea verdad. Para entenderlo es necesario poner en relación el Estado-guerra con
el fascismo postmoderno. La tesis que trataremos de defender puede resumirse
así: el Estado-guerra no es más que una readecuación interna al fascismo
postmoderno.
Para introducir el concepto
clave de fascismo postmoderno tenemos que remontarnos al postfordismo.
Usualmente se conoce como postfordismo la etapa en la que el capitalismo se
dispersa y se flexibiliza. Para describirlo mejor es fundamental hacer
referencia a la política de la relación que lo estructura. La política de la
relación vigente en esta etapa puede centrarse en el principio de identidad.
Cuando el principio de identidad funciona hacia adentro genera una cultura de
la empresa. Por el contrario, cuando funciona hacia afuera genera una cultura
de la emergencia. La cultura de la empresa, aunque sumamente diversa, tiene en
el toyotismo su expresión más acabada. El toyotismo organiza la producción a
partir de equipos de trabajo y funciona incorporando el lenguaje del deporte
competitivo (equipos, paso del testigo…). Lo que nos interesa resaltar es que
esta organización persigue la creación de un nosotros en el lugar de trabajo.
Un nosotros o neocorporativismo a pequeña escala que, sin embargo, requiere de
una cultura de la emergencia y de la excepcionalidad penal para controlar el
afuera, al Otro. La cultura de la emergencia emplea la cárcel como su
dispositivo fundamental. Pero no sólo. Existe una amplísima legislación, con
todos sus aparatos, que complementan y extienden ese control normalizador.
Con razón se discute si el
postfordismo es una nueva estabilización del fordismo o una crisis más
avanzada. Utilizando la terminología introducida, podríamos afirmar que esa
ambiguedad deriva de que entre la cultura de empresa y la cultura de la emergencia
no existe un isomorfismo. Por eso el postfordismo tiene que tender
obligatoriamente hacia la sociedad red. En la sociedad red el principio de
identidad funciona en el interior del principio de razón suficiente, lo que
permite una reformulación de las dos culturas que facilita su máxima
convergencia. La sociedad red conectará entre sí los segmentos más dinámicos de
la sociedad, a la vez que desconectará y marginará. La sociedad-red ofrece un
modo nuevo de resolver el hundimiento de la tríada democracia-Estado-capitalismo.
Este nuevo modo que implica un verdadero salto respecto a la mera convergencia
de la cultura de la empresa y de la emergencia, consistirá en una movilización
total (autónoma y heterónoma) de la vida por lo obvio. Pues bien, porque esa es
la verdad de la sociedad red, a esta etapa a la que la sociedad tiende la
llamamos fascismo postmoderno.
El “acontecimiento 11 de
Septiembre” ha sido, por encima de todo, una imprevisibilidad absoluta. Es más.
Esta imprevisibilidad ha actuado inmediatamente como un auténtico impensado. Un
impensado que, chocando directamente contra el principio de razón suficiente,
lo ha puesto en crisis. El “todo está ligado por razones” y el “nada hay sin
raz”n” que era como se plasmaba la nueva política de la relación en la sociedad
red, ha saltado por los aires. El Estado-guerra será, entonces, la readecuación
interna al fascismo postmoderno que éste necesitaba. Esta readecuación tiene
que posibilitar algo que define en negativo al fascismo postmoderno: poder
matar. El fascismo postmoderno en tanto que movilización total de la vida tiene
como horizonte la vida y no la muerte. Ésta era justamente una de las
diferencias respecto al fascismo clásico. Por eso la readecuación empieza con
una redefinición de la noción de obviedad para que matar se haga posible. Lo
obvio será, a partir de ahora, la propia Vida como opuesta a la Muerte. ¿Quién,
estando en sus cabales, no defiende la Vida y condena causar la Muerte? En este
punto empieza la readecuación de la que hablábamos. Es paradójico pero es así:
cuando la movilización total de la vida es por la Vida el Estado puede matar.
Es el Estado-guerra. Pero el Estado-guerra sólo puede fundar esta tautología
que es la del propio poder - “el poder es el poder” - si se reteologiza. Mediante
la reteologización el Estado recupera la decisión soberana y devuelve la
seguridad perdida. Detrás del Estado-guerra está el Uno. El Uno, el Uno que
tiene la decisión soberana de poder matar, en definitiva, Dios. O sea Bush
subido en su avión “Air Force One” sobrevolando USA para que no pudiese ser
alcanzado por ningún terrorista, conectado con todos los centros de operaciones
habidos y por haber, teniendo la decisión última. Bush que es el Bien,
impulsando una cruzada contra el Mal. “Lo quiero vivo o muerto”. “O con
nosotros o contra nosotros”…
La reteologización del Estado
tiene, además, un efecto sobre la misma realidad. La homonimia de la realidad
que caracteriza a la época postmoderna se ve sacudida en sus cimientos. No, la
realidad no se dice de muchas manera sino de una sola, es unívoca. Aunque de
esta realidad única se pueda hablar de dos modos: como la realidad visible (o
normal) y como la realidad invisible (o secreta). Esta demarcación va a ser en
la que deberemos acostumbrarnos a vivir. Con el Estado-guerra vuelve la
teología y el sentido común. El fascismo postmoderno no desaparece sino que en
él se reinstalan elementos del fascismo clásico: un Presidente, el pueblo, la
guerra y la muerte.
La debilidad del Estado-guerra
El Estado-guerra se impone,
cambiando incluso nuestra percepción de la realidad. Aunque no necesite
legitimarse ya que se apoya en el sentido común y, a pesar de que la
Postmodernidad ha puesto en crisis los grandes relatos, produce uno nuevo que
da sentido a su acción. El atentado del 11 de Septiembre fue un desafío a
Occidente y a sus valores (libertad, democracia etc.): “Occcidente debe, por
tanto, defenderse y tiene derecho a hacerlo”. El sentido así generado se
articula como proyecto, mejor dicho: como el proyecto. El proyecto único que es
precisamente la unificación generalizada que va a recorrer toda la sociedad:
una realidad, un pueblo, una sociedad… amenazada. El proyecto único que es la
propia unificación, dará forma a la movilización total de la vida por la Vida. En
su interior, se rehabilitará el poder y la jerarquía, que el desarrollo de las
nuevas tecnologías muchas veces socavaban. El miedo (y ya no tanto la
esperanza) será el aceite que lubrificará la nueva movilización. En el
Estado-guerra se confunden sentido, proyecto y dirección del proceso de
globalización.
A pesar de todo, el
Estado-guerra es sumamente débil. Ya hemos adelantado al comienzo que esa
debilidad reside en una derrota que no se puede borrar. Ahora se trataría de
analizar más de cerca dicha debilidad. La autocreación del Estado-guerra
comporta también su propia autoescisión. El Estado-guerra se autoproduce
separando inmediatamente “lo no dicho que no se puede decir” del mismo “decir”.
“Lo no dicho que no se puede decir” es, por un lado, la derrota originaria; por
otro lado, su ausencia de fundamento explicitada en la tautología. Es su
secreto y su verdad, la verdad que el Estado-guerra tiene que rechazar hacia lo
más oscuro de sí mismo. Por eso el Estado-guerra, desconociendo su propia
verdad, desconoce - en el sentido de no admitir - que es Estado-guerra. Y como
este secreto es un déficit de ser, una incompletitud esencial, el Estado-guerra
tiene que emprender, tal como decíamos, una fuga hacia adelante.
Podríamos decir que si “hace
falta que la cosa se pierda para ser representada” en nuestro caso: “hace falta
que el Estado pierda (sufra una derrota) para ser representado como
Estado-guerra”. Lo que tiene una doble consecuencia: 1) El Estado guerra se
verá a sí mismo siempre como el Estado que defiende la paz. 2) La fuga hacia
adelante consistirá, justamente porque en su inicio hay una incompletitud, en
una búsqueda de la unificación. El efecto será un proceso de indiferenciación
generalizada. El Estado-guerra no sabrá distinguir: en el Otro, entre
diferencia y enemigo; en el desorden, entre caos y terror; y finalmente, en el
futuro, entre novedad e incertidumbre. Esta indiferenciación en la medida que
se generaliza afecta directamente la dinámica de cambio de la sociedad. El
motor de la creatividad fundamental en una sociedad postmoderna se verá
completamente averiado. Uno de los economistas de empresa más famosos en uno de
sus libros daba consejos de este tipo: “Lo más excitante del futuro es que
podemos darle forma”, “hay que aprender a vivir al borde del caos”… No hace
falta insistir mucho en cómo estas guías para la acción dejan de valer cuando
la seguridad es la prioridad fundamental. La indiferenciación tiene, además,
otra consecuencia más importante si cabe. El fascismo postmoderno funciona a
partir de unidades de movilización (o centros de relaciones) que son
perfectamente singulares. Cada individuo con su proyecto personal, buscándose a
sí mismo, etc., construye esa realidad compleja. La indiferenciación, en
cambio, reconduce la singularidad al “hombre masa” en tanto que componente del
pueblo. Lo que da fuerza al Estado-guerra acaba, paradójicamente, haciéndole
más débil. El fascismo clásico termina siendo una rémora para el fascismo
postmoderno. Podríamos resumir el resultado al que llegamos con estas palabras:
la debilidad del Estado-guerra es consecuencia de no existir un punto de
equilibrio entre el fascismo postmoderno y el fascismo clásico. Dicho de otra
manera. El Estado-guerra en tanto que readecuación interna al fascismo
postmoderno no es ninguna solución.
El destino nihilista del
Estado-guerra
Hemos dicho que el
Estado-guerra emprende una fuga hacia adelante que coincide con su propia
autoconstitución. En relación con dicha fuga hemos empezado a desvelar el
porqué de su debilidad. Insistir ahora en el proceso de fuga mismo, nos
permitirá precisar tanto esta debilidad como mostrar el destino nihilista al
que el Estado-guerra está sometido.
La fuga hacia adelante es una búsqueda de unificación que genera una
indiferenciación generalizada. Pero la fuga es también una búsqueda de
reconocimiento. Esto significa que el Estado-guerra, por ser lo que es, tiene
que iniciar una terrible metonimia: de destrucción en destrucción hasta que se
acaben igualando la situación de normalidad con el estado de guerra. La
implantación de esa situación desemboca, necesariamente, en una guerra abierta
contra todos. Aquí todos son los extranjeros, y para ser extranjero basta
quererlo. El Estado-guerra debe mantener coaligados el proceso de
indiferenciación y el estado de guerra. El estado de guerra con la oposición
amigo/enemigo tiene que llegar hasta los lugares más recónditos. Y, a la vez,
el proceso de indiferenciación tiene que extenderse a todo. No existe una
oposición absoluta entre ambos procesos, pero lo que sí es cierto es que tienen
que funcionar coordinadamente, pues si no en seguida se oponen. El proceso de
indiferenciación tiende a detener el tiempo. Su horizonte es una realidad
unificada y estática. El estado de guerra, por el contrario, tiende a multiplicar
el tiempo. La dualización, con su dinamismo, apunta a una pluralidad que se
pluraliza. La “guerra contra la subversión” desarrollada en América Latina
sería un precedente, si bien todavía parcial y localizado, de la sincronía
entre ambos procesos:
“En la guerra moderna el
enemigo es difícil de definir… el límite entre amigos y enemigos está en el
seno mismo de la nación, en una misma ciudad, y algunas veces dentro de la
misma familia… Todo individuo que, de una manera u otra, favorezca las intenciones
del enemigo, debe ser considerado traidor y tratado como tal.” (La guerra
moderna. Ejército de Colombia. Biblioteca del Ejército. Bogotá. 1963)
El modo como el Estado-guerra
consigue hacer frente a la desregulación, a la crisis de sincronía, es mediante
la neutralización de lo político (que no de la política que es guerra). La
neutralización absorbe las tensiones que surgen, anula las diferencias que se
unilateralizan… Pero el destino nihilista del Estado-guerra está inscrito en
cada uno de los procesos que lo atraviesan. En el proceso de indiferenciación,
en el estado de guerra y, sobre todo, en la neutralización de lo político
cuando la estatalización se consuma como fin de lo político.
Un programa de subversión
Un programa de subversión no
tiene nada que ver con el apoyo del conocido ciclo acción/represión cuya
finalidad sería que el Estado muestre su “verdadera cara”, ni con extasiarse
ante el ¡Cuánto peor mejor! Aunque, evidentemente, tampoco tiene nada que ver
con la defensa de la democracia o algún tipo de nueva ciudadanía. Unas y otras
propuestas olvidan que ya estamos en el interior del Estado-guerra. Un programa
de subversión surge con un objetivo insensato: aprovechar la debilidad del
Estado-guerra para intentar atacarlo. Para intentar frenar esa andadura de
muerte que es la suya. Eso significa, después de lo dicho, tratar de imponer la
diacronía al Estado-guerra. O sea, intervenir de modo que su cofuncionamiento
interno entre en crisis. Esta intervención no tiene la forma de ninguna reivindicación.
La reivindicación económica o política hace tiempo que se topa, o bien con la
sacrosanta economía, o bien con la democracia en tanto que límite insuperable.
Ante el Estado-guerra la reivindicación es más vana que nunca. Es difícil
negociar con la policía. El diálogo se parece a un interrogatorio. Contra el
Estado-guerra, porque la ontología es toda suya, sólo nos queda el gesto
radical. ¿Qué es un gesto radical? Muy poca cosa. Y, además, es difícil de
explicar. Quizá la mejor definición sería indirecta. Un gesto es gesto radical
cuando para el Estado-guerra se trata de un gesto nihilista. Pero a la inversa
no es válido: no todo gesto nihilista es un gesto radical. Cuando la diacronía
invade al Estado-guerra se forman espacios y tiempos . Allí es donde estos
gestos pueden surgir.
El gesto radical abre la
puerta a otra politización. Ciertamente no saldremos del nihilismo si bien esta
otra forma de consumación se opone absolutamente al fin de lo político. Esta
vez, la neutralización tendrá lugar como politización de la existencia. Esta
politización no confiere una dimensión política a lo que serían intereses
privados. Está mucho más cerca de la emergencia de un nosotros vaciado de
identidad. Unos trabajadores a los que cerraban la empresa se subieron al tejado
con todo tipo de productos químicos. Pusieron un cartel: “Dinero o Boom”. El
hombre anónimo es el que escapa: no se deja encerrar ni en la unidad de
movilización ni en el “hombre masa”. Desokupar el orden. Pensar es ya una
victoria contra el Estado-guerra. O por lo menos intentarlo. Querer vivir, a
pesar de todo, también lo es. Ante la guerra desencadenada después del 11 de
Septiembre algunos ilustres profesores - pertenecientes a no menos ilustres
centros de investigaciones - han planteado la pregunta: ¿Cómo sabremos que
hemos ganado? Les contestaremos. Nosotros no ganaremos pero, por lo menos
sabemos algo que ellos no saben: que jamás sabrán si han vencido. El
Estado-guerra sigue una marcha irreversible. Su destino nihilista le llama.
Pero hay otra salida nihilista… que no es el “fin de lo político”.
Fuente: http://caosmosis.acracia.net/?p=274
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