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Última Actualización: 25/02/08
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Titulo:
La aritmética del capitalismo cognitivo Cerebros al trabajo
Autor:
Andre Gorz
Fecha de Publicación:
 
Descargar:
doc    
Andre Gorz nació en Viena en 1924.
Durante el nazismo su padre, judío, fue expulsado de su vivienda. En 1940, al caer París, decidió ser francés, y no volvió a hablar alemán hasta 1984. Diplomado como ingeniero, a partir de 1941 es codirector de la revista Les Temps Modernes, con Jean Paul Sarte y y Simone de Beeauvoir, entre otros. Es cofundador del diario Le Nouvel Observateur. En 1980 escribe Adiós al proletariado, que produce un gran impacto en toda Europa y le merece en Francia, el repudio de la Confederación Francesa Democrática del Trabajo (CFDT), en la que actuaba Gorz. Por el contrario, el movimiento obrero alemán recibe el libro con gran interés, lo que produce la reconciliación de Gorz con Alemania.Actualmente reside en un pequeño pueblo cercano a Paris.
Otros libros Miseria del presente, riqueza de lo posible (1997)
Capitalismo, Socialismo, Ecología (1994)
Metamorfósis del trabajo, demanda del sentido (1988)
La ecología como política (1979)
Estrategia obrera y neocapitalismo (1964)
Crítica de la razón económica
División del trabajo: el proceso laboral y la lucha de clases en el capitalismo moderno
Caminos al paraiso: hacia la liberación del trabajo
Socialismo y revolución

La aritmética del capitalismo cognitivo
Cerebros al trabajo.

Il Manifesto 15 de junio de 2003


EL SABER Y EL CONOCIMIENTO se han convertido en los principales ingredientes de la economía inmaterial, que tiene su máxima ejemplificación en la industria cultural y en la de la publicidad, el marketing, la informática. Una entrevista con André Gorz con ocasión de la publicación en Francia de su último libro «L'immatériel»
THOMAS SCHAFFROTH

Esta primavera, el teórico de la sociedad André Gorz ha publicado en Francia su nuevo libro con el título L'immatériel. Connaissance, valeur et capital (éditions Galilée, Parigi, 2003. La publicación en Italia del volumen está prevista para el inicio de otoño a cargo de Bollati Boringhieri). Después de su último texto publicado, traducido en Italia con el título Miseria del presente, ricchezze del possibile (manifestolibri), en este libro el octogenario filósofo desarrolla ulteriormente sus reflexiones sobre el «capital humano», cuya importancia ya ha superado la del «capital material». Pero para los fines del sistema capitalista, el capital cognitivo puede tener una función solo a condición de ser privatizado: un proceso que acentúa las contradicciones en orden a la valoración del saber, así como a su utilización y transformación en capital.

En tu nuevo libro has puesto en duda la existencia de una sociedad capitalista del saber, y su misma posibilidad de existir. A tu parecer, la economía cognitiva y el capitalismo son inconciliables. ¿Por qué motivo?

Porque en la denominada economía cognitiva los parámetros económicos tradicionales no son ya validos. La principal fuerza productiva -el saber- no es cuantificable: la prestación lavorativa fundada en el saber no puede ya ser medida in horas de trabajo. Y no obstante todos los posibles artificios, la transformación del saber en capital -en capital monetario- encuentra obstáculos insuperables. En breve, las tres categorías fundamentales de la economía política -el trabajo, el valor y el capital- no podrán ser ya definidas en términos aritméticos, ni medidos con parámetros unitarios. Además de todo, precisamente en cuanto no mesurable, se vuelve siempre más difícil la aplicación de conceptos tales como plusvalor, plustrabajo, valor de cambio, producto social bruto. Cuando los expertos en macroeconomía buscan cuantificar con los instrumentos tradicionales los resultados económicos y los trend de desarrollo, en realidad proceden a tientas en la obscuridad. La economía cognitiva representa de hecho una crisis de fondo del capitalismo, y prefigura otra economía, nueva y aún por fundar. Y es sobre esto que versa el debate en curso a nivel mundial sobre qué sea de hecho la riqueza, y a qué criterios deba corresponder. La economía tiene siempre más necesidad de parámetros cualitativos que cuantitativos.

El estudioso americano Jeremy Rifkin ha sostenido, en su libro «L'era dell'accesso», que el capital cognitivo inmaterial juega un rol central en la creación de valor, y representa el componente más importante del capital empresarial. Importantes empresas externalizan su capital material, y venden ya solamente saber y servicios...

En efecto es así. Pero la palabra «saber» viene usada para definir cosas muy diversas entre sí, para las cuales no disponemos de un parámetro unitario. Consideramos antes que nada la capacidad artística, la fantasía y la creatividad, muy requeridas en el ámbito publicitario, en el marketing, en el diseño, en la innovación, dado que son necesarias para conferir a las mercancías -también a aquellas más comunes- un valor artístico, simbólico e incomparable. La publicidad y el marketing constituyen una de las mayores mejor dicho probablemente la mayor industria cognitiva: en la medida en que atribuyen a las mercancías cualidades únicas e incomparables, las empresas pueden vender sus productos, al menos por algún tiempo, a precios mejorados. Detentan una suerte de monopolio, y se procuran así una renta monopolista, aggirando [variando] temporalmente la ley del valor; en otros términos, frenan la caída del valor de cambio de las mercancías aunque éstas vengan producidas a costes siempre menores en términos de horas de trabajo y de personal.

En este proceso, ¿cuál es la relación entre saber y conocimiento?

Los saberes, en el sentido de competencia y procedimientos técnicos y científicos, pueden tener un rol similar, pero el alcance de sus efectos y su valor de uso tienen una importancia bastante más directa. A diferencia de la capacidad artística e innovativa, las competencias y los procedimientos pueden ser transmitidos o formalizados también separadamente, por cualquiera que haga uso de ellos; pueden ser transcritos en forma digital e informatizados para fines productivos sin ningún aportación humana añadido. Desde este punto de vista, el saber es capital fijo, es medio de producción. Pero respecto a los medios de producción del pasado presenta una diferencia determinante: es reproducible, prácticamente a coste cero, en cantidad ilimitada. Por cuanto puedan haber sido costosas las investigaciones en su origen, el saber digitalizable tiende a devenir accesible y utilizable a coste cero. Si efectivamente viene reproducido y utilizado en mil millones de copias, los costes en su origen son prácticamente irrelevantes. Esto vale para todos los programas de software, así como para el contenido de saberes de los fármacos. Si se quiere que funcione como capital fijo y admita la extracción de un plusvalor, el saber debe convertirse necesariamente en una propiedad monopolista, tutelada por una patente que asegure a su poseedor una renta de monopolio. La cotización en bolsa del capital constituido por el saber dependerá de la entidad de la renta previsible. Sobre esta base se pueden crear gigantescas bolas financieras, que un buen día estallan de improviso. El crack bursátil, previsible desde la mitad de los años 90, demuestra cuánto es difícil transformar el saber en capital financiero, y hacerlo funcionar como capital cognitivo.

Has dicho en más de una ocasión que la economía cognitiva prefigura la necesidad de «otra economía», de otra sociedad, cuya posibilidad practica se está ya delineando...

Sí: el saber no es una mercancía cualquiera, y no se presta a ser tratado como propiedad privada. Sus poseedores no se privan de transmitirlo. Cuanto más se difunde, tanto más rica deviene la sociedad. Por su misma naturaleza, el saber requiere ser tratado como un bien común, ser considerado a priori como el resultado de un trabajo social y colectivo. Privatizarlo quiere decir limitar su accesibilidad, su valor de uso social. En los últimos diez o veinte años, esto parece siempre más evidente, tanto que en todo el mundo se ha constituido un frente anticapitalista de lucha contra la industria cognitiva: por ejemplo la industria química y farmacéutica, y también la del software, y en particular Microsoft. De hecho, el capitalismo cognitivo no se limita a apoderarse del saber al cual ha dado origen, sino que privatiza también lo que es incontestablemente bien común, como el genoma de plantas y animales y el humano. Y saca a coste cero el patrimonio cultural común para utilizarlo como «capital cultural» o «capital humano». Con los términos de «capital humano» se designan sobretodo las capacidades humanas y las formas de saber no formalizables, que los individuos desarrollan a diario en las relaciones con sus semejantes. Son instrumentalizadas y explotadas en el «capitalisme cognitif» -como lo definen en Francia los teóricos vecinos a Toni Negri- no solamente las horas de trabajo prestadas, sino también el tiempo invisible dedicado al propio crecimiento cultural y humano. Todas las actividades individuales desarrolladas fuera del tiempo de trabajo y dedicadas a la propia realización pueden ser por tanto consideradas actividades productivas. Estas actividades devienen pues una de las principales fuentes de productividad y creación de valor.

En una verdadera sociedad cognitiva la economía debería estar al servicio de la cultura y de la realización de sí, y no viceversa, como ocurre hoy. Del resto, este concepto lo encontramos ya en Marx, cuando escribe que la verdadera riqueza es «el desarrollo de todas las energías humanas en cuanto tales, no mesuradas en base a un parámetro preconstituido». Es sobre esto que se basa la reivindicación de una renta de existencia garantizada.

Has dicho que también sobre el plano práctico se está ya delineando otra economía, a la del capitalismo...

Sí, por ejemplo en los free nets y en la cultura del software con libre acceso a los códigos y a las fuentes para los usuarios de Internet. Del resto, las empresas trabajan ya en buena medida en el ámbito de redes, y se conciertan en el momento de tomar una decisión. La auto-organizacion, la auto-coordinación y el libre cambio están hoy en la base de la producción social; y son realizables sin necesidad de una planificación central, ni de la intermediación del mercado. Los productores, relacionados entre ellos en red, se pondrían de acuerdo preventivamente y de manera pactada para producir según las necesidades, y desarrollarían su función productiva como un complejo de «actividades colectivas a priori», cambiando bienes y servicios a los cuales no se habría conferido previamente el carácter de mercancías. El dinero devendría entonces superfluo, y el capital vería sustraída su misma base. [Aunque sin subestimar ciertamente los obstáculos que supondría hacia un desarrollo del genere].

La sociedad cognitiva que has descrito sería una sociedad comunista...

Exactamente.

Has reprochado ai battistrada de las inteligencias artificiales y de la vida artificial preparar no ya una sociedad del saber, ma una civilización post-humana...

Este es para mí un punto importantísimo. Por ejemplo, el filosofo berlinés Erich Hörl ha demostrado, en una tesis verdaderamente magistral, que en el curso de los últimos 150 años la ciencia se ha distanciado siempre más de la realidad perceptible a través de los sentidos: en el mundo real, un pensamiento siempre más matematizante pone ya in luce solamente las estructuras encuadrables en términos matemáticos. Por ejemplo, el lenguaje matemático de los cálculos informatizables ha contribuido a alienar no solo la ciencia, sino también el capitalismo de los problemas de sentido y de las interacciones sociales, excluyendo como no real todo lo que no es calculable.
A fuerza de procesos de pensamientos asensoriales y matemáticos, se ha llegado a [man mano] a una condición ambiental y a un tipo de vida que no es ya, físicamente y mentalmente, a medida del hombre. Por esto los detentadores del poder tienen la necesidad de crear seres humanos más eficientes. La locura del poder económico y militar y la obsesión eficientista tienen necesidad de inteligencia artificial, de maquinas humanas artificiales. De una sociedad del saber se podrá hablar solo cuando la ciencia y la economía no eatén más sujetas a los imperativos del capital, sino que persigan objetivos políticos sociales, ecológicos y culturales. Estos conceptos son hoy compartidos también por un numero todavía exiguo, pero en constante aumento, de exponentes del mundo científico.

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