Colectivo Nuevo Proyecto Histórico
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MOVIMIENTOS Sociales:
LA CONTRACARA
Del Trabajo negado
Recorrido:
1) ERASE UNA VEZ EL TRABAJO DIGNO.
2) CLASE Y MULTITUD.
3) POBREZA SOCIAL Y EMANCIPACIÓN UNIVERSAL.
MoVimienTos
SociaLes y la “AnTi Cumbre de Las Américas” *
“Por más que la infamia sella la memoria no
conseguirá borrar las experiencias, que muchísimos y muchísimas de nosotros y
nosotras, hijos e hijas, o simplemente crecidos y crecidas en los barrios o
pueblos de la clase obrera hemos vivido. No impedirá la fidelidad a un destino,
la venganza por la explotación sufrida por nuestros padres y madres, el gozo de
la libertad conquistada y de la liberación material cercana. Nuestra esperanza
no será jamás nostalgia, sino ir mal allá. Esperanza… Organización”.
HECHOS CONTRA
el DECORO.
“La naturaleza no construye máquinas (…)
Estos son productos de la industria humana (…) Son órganos del cerebro humano,
creados por la mano humana, el poder del conocimiento objetivado. El desarrollo
del capital fijo indica hasta qué grado el conocimiento social general se ha
convertido en una fuerza de producción directa y hasta qué grado, por lo tanto,
las condiciones del proceso de vida social han pasado a estar bajo el control
del intelecto general y han sido transformadas de acuerdo con él”.
Carlos Marx.
“El patriotismo, esa virtud suprema del
estatismo”.
Mijail
Bakunin.
“Teorizar lo hecho, estructurar y generalizar
la experiencia para el aprovechamiento de otros, es nuestra tarea del momento”.
Ernersto “El
Che” Guevara.
1) ERASE UNA VEZ EL TRABAJO DIGNO:
“La cumbre de las Américas que se reunirá en
Mar del Plata durante los días 4 y 5 de noviembre, se convoca bajo la consigna
de crear trabajo para enfrentar la pobreza y fortalecer la gobernabilidad
democrática”.
Prensa De
Frente (PDF).
Trabajo
y gobernabilidad democrática. Cara y seca. La subjetividad laboral mediada por
la gerencia estatal del comando privado de los capitalistas. Pleno empleo, y un
sistema de partidos y sindicatos representativos, eran componentes
imprescindibles en la era fordista del “welfare state”. No hay keynesianismo,
sin ocupación asalariada tendiente al pleno empleo y un estado de derecho de
inclusión subordinada de los trabajadores para beneficio de la ganancia
patronal. Hoy, ambos, han quedado en el pasado.
En cambio, ahora en Argentina, Kirchner gobierna con un decreto cada cinco
días. En lo que va del 2005 el Congreso Nacional sólo se reunió para sesionar
en diez oportunidades. Al trabajo flexibilizado le corresponde un capital móvil
y un estado poco delegativo. La herramienta básica jurídica del despotismo del
capital son los Decretos de Necesidad y Urgencia (DNU). Decretos con fuerza de
ley, mecanismo bonapartista diseñado en la Constitución de 1994. Este es el
instrumento predilecto del presidente argentino. En lo que va de su mandato
promulgó más de 140. Para que nos demos una idea de su vocación autocrática,
digamos, que entre 1853 y 1983 sólo se habían
dictado 25 DNU. En dos años, Kirchner, sextuplicó los DNU hechos en 130 años.
George Bush gestiona el estado de la nación militarmente
más poderosa. Inversamente proporcional a su endebles fiscal y comercial. La
guerra es un signo de debilidad del capitalismo, no de su fortaleza. Veamos: Su
déficit comercial de 2003 fue del orden de los 496.500 millones de dólares. Su
deuda pública de 11 billones de dólares representa el 67.3 % del Producto Bruto
Interno (PBI). Es récord su déficit presupuestario con 413.000 millones de
dólares, lo que significa un 3.6 por ciento del PBI. Su ruinosa economía, para
no colapsar, la torna mortalmente dependiente de los flujos de plusvalor del trabajo
vivo que navega en las transacciones financieras como trabajo muerto. Este es
la razón profana de la IV Cumbre de la Américas en Mar del Plata: avanzar con
el Área de Libre Comercio -de plusvalor- de las Américas (ALCA).
En las últimas dos décadas, el mercado global de capitales
se ha triplicado. El stock financiero mundial resulta el triple del PBI
mundial, mientras que en 1980 era del mismo tamaño. Ahí está el secreto
inconfensable del aumento intensivo y extensivo de la expoliación, lo que se conoce
con el eufemismo de “productividad”. Más y más trabajo vivo, si hace falta que
incluya a los niños y adolescentes como en el siglo XIX, para engordar al
vampiro monetario como trabajo cadavérico. Entretanto, en casa, Estados Unidos,
anticipa la morfología del trabajo del intelecto general de masas para la
futura década del siglo XXI. Una hiperproductividad de más del cuatro por
ciento anual acumulativo en los últimos tres años. Un nivel de intensidad de la
expoliación del hacer humano, como no se recuerda, desde 1948.
Los circunstanciales desocupados, los ejércitos industriales de
reserva de la clase obrera, y forma dominante del desempleo en la época de la
inclusión o subsunción formal del trabajo en el capital, del reinado de la
plusvalía absoluta; son reemplazados por la legiones de parados, excluidos y
desempleados a tiempo completo en la era posfordista. Un dominio de la
plusvalía relativa, y completa inclusión de la multitud en la sociedad del
capital. Incluidos en el capital por el salario, con paga precaria, y excluidos
del salario como trabajo negado por el capital. Ese es el menú actual de la
economía dineraria.
No casualmente, la consigna de buena parte del movimiento piquetero,
de los desocupados por el capital que se organizan, apela al trabajo, la
dignidad y el cambio social. Trabajo y dignidad suena parecido a “trabajo
digno”. Suena parecido, pero no es lo mismo.
La composición técnica de los primeros movimientos de desocupados
provenían, mayoritariamente, de la fabulosa reducción de la vieja clase obrera
industrial y los despedidos por cientos de miles en las empresas del estado que
gestionaban los servicios públicos. En cambio, la amplia mayoría de la joven
composición proletaria de la actualidad, no guarda en su memoria, haber sido jamás
poseídas bajo un empleo registrado y con contrato por tiempo indefinido. Hay
320.000 jóvenes de 15 a 19 años que no trabajan, no buscan trabajo ni estudian.
Cuatro de cada 10 desempleados tiene menos de 24 años. En total, suman 718.000
los jóvenes y adolescentes desocupados, sobre 1,8 millón de personas sin
trabajo. A su vez, la tasa de desempleo juvenil alcanza al 26,3%, más que
duplicando el promedio general, y entre las mujeres asciende al 29,5%.
Pero su carencia de trabajo fordista se torna una virtud. El no haber
sido trabajadores “productivos”, disciplinados obreros fabriles, los despoja de
viejas añoranzas peronistas. Una nostalgia setentista que nunca nos debe hacer
olvidar que tuvo como respuesta del capital, ante los niveles más avanzados de
organización anticapitalista de la clase operaria, el pasaje del fascismo en
democracia de Isabel Perón, la aparición de fuerzas paraestatales como las tres
AAA cobijadas por el gobierno justicialista, y los 2.000 militantes asesinados
bajo la democracia parlamentaria.
Los estertores del keynesianismo peronista, de su gobierno y del
régimen democrático burgués, alfombró con sangre revolucionaria la futura
dictadura militar del capital que se reservó la carnicería de los 30.000
desaparecidos. Ayer sus padres asalariados fueron explotados y masacrados, su
clase descompuesta, su cultura insumisa reprimida. Hoy, los jóvenes, son sus
hijos y sus nietos del trabajo negado por el capital.
El temor patronal ante una revolución social del mundo del trabajo,
efectuó una contrarrevolución política y una innovación radical en el modo de
producción capitalista. Se pasó del fordismo como forma dominante al
posfordismo. El capital logró en los últimos 30 años la desaparición de
millones de puestos fabriles. Se pusieron las bases objetivas y subjetivas para
impedir a futuro, cuando se retirara la dictadura castrense del capital, que la
clase asalariada pudiera frenar la producción, sin atravesar enormes
dificultades. Se prolongó la jornada laboral para aumentar el plusvalor, se
bajó bestialmente el poder adquisitivo del salario para aumentar las utilidades
del capital, y se impuso la inestabilidad laboral para bloquear la
recomposición de los trabajadores. Militares, radicales y peronistas,
destrozaron a la vieja, organizada y compacta clase obrera.
Nunca en el capitalismo para las masas laboriosas, la clase obrera, la
que obra, hace y crea, existió el trabajo digno. Un sistema que se basa en la
violencia de la compra venta de la fuerza de trabajo, que transforma en ley de
la democracia capitalista el robo del trabajo ajeno, o de lo contrario acontece
la muerte por inanición de los trabajadores; es un sistema social, de por sí,
indigno y repugnante.
Entendemos por trabajadores desocupados a los trabajadores
desasalariados, desempleados, negados por el capital, pero que en realidad
están muy [pre]-ocupados en resistir la desaparición por hambre y enfermedad
producto del genocidio capital-parlamentario que los ha condenado. Fábricas
recuperadas por sus obreros; movimientos campesinos que se autoabastecen; pueblos originarios; piqueteros con sus bloqueras,
herrerías y panaderías; los 100.000 cartoneros sólo en la Provincia de Buenos
Aires, son la última frontera de la sobrevida antes de la desaparición
carcelaria, el suicidio, y el asesinato estatal, de aquellos que estorban a los
capitalistas y sus gobiernos.
2) CLASE Y MULTITUD:
“La noción de clases es en sí misma el
resultado de un proceso de formación, de luchas y de organización, en el curso
del cual se constituye la conciencia de un concepto teórico y de una
autodeterminación nacida de la lucha”.
Edward
Thompson.
Los hacedores, la multitud como concepto de clase, es una sola clase:
la clase proletaria o la clase productora de plusvalor. La multitud incluye al
operario fabril, pero lo desborda. La multitud abarca a la clase obrera social
incluida o subsumida completamente en la sociedad del capital. Los desocupados
son excluidos del asalariamiento directo pero no de la sociedad del capital. El
posfordismo los incluye como excluidos.
El despotismo del capital no termina en la fábrica. En rigor de
verdad, toda la sociedad se vuelve una factoría. Una empresa social, una
comunidad al servicio de las empresas, una matrix de trabajo vivo que alimenta
el trabajo muerto maquínico. El trabajo es absorbido por el capital, y el que
no, es descartado como empleo hiperproductivo y trabajo negado subproductivo.
Por lo tanto, el trabajo es más social que nunca, la sociedad capitalista
resulta la sociedad del capital socializado y valorizado por el trabajo. Un
complejo social que tiene como Forma-Estado al Capital-Parlamentario.
Trabajadores estatales y privados, formales y precarios, en la
industria y en los servicios a la industria, en el campo y la ciudad, en el
arte y la palabra, en el cirujeo y la prostitución, la venta ambulante y el
delito; la expoliación salarial, el desempleo y el autoempleo; todas ellas, son
las singularidades en la que resulta fragmentada la multitud por el capital,
para aumentar sus utilidades y dominio político.
La nueva composición técnica del trabajo, al interior de la relación
salarial, va encontrando sus nuevas formas organizativas: dan cuenta de este
proceso, el asambleismo de base sindical y su alianza multisectorial con el
resto de su clase. La burocracia sindical ha tomado nota y la interpreta a su
modo. Tiene que incluir la antagonía obrera dentro de los márgenes de la fuerza
de trabajo, dentro del exclusivo marco salarial. Tiene que evitar que la lucha
sea pura antagonía, que devenga puro rechazo al trabajo. Procura que la
producción, resulte sólo un movimiento obrero que se limita a mover la rueda
capitalista a cambio de un jornal. El sindicato y el capital necesitan hacer
funcionar la antagonía creativa como simple socialización obrera del capital.
El aliado oficialista, líder del gremio de los camioneros, y
secretario general de la Confederación General del Trabajo (CGT), Hugo Moyano,
interrumpe la realización de la ganancia empresaria, bloqueando la entrada y
salida en los playones de las embotelladoras de bebidas. Refrendando sus
acciones, por medio de la asamblea obrera. Con sus camioneros en paro, obstruye
la salida de la producción y corta la circulación de la mercancía. Reenlaza la
antagonía, como rechazo de los productores a los capitalistas, bajo la forma
sustitucionista y representativa sindical. Ubicando a la organización gremial
como intermediario del valor del trabajo, como hacer asalariado para beneficio
capitalista. Busca reapropiarse de los métodos de lucha de los ocupados y desocupados
por el capital. Se apropia del piquete, la huelga y la asamblea.
Los gordos de la CGT, con Susana Rueda y Carlos West Ocampo, cambian a
tiempo, antes de ser desbordados por la clase trabajadora organizada
autónomamente. Movilizan a la Federación de Asociaciones de Trabajadores de la
Sanidad Argentina (FATSA), preocupados porque los trabajadores privados de la
salud imiten los métodos de los empleados estatales del hospital Garrahan.
Reclaman para sus afiliados que se desempeñan en las clínicas, psiquiátricos y
geriátricos privados, un sueldo mínimo de 1.400 pesos. Hoy el salario de una
enfermera del sistema privado de salud es de 800 $, y por lo tanto, apenas
alcanza la línea de pobreza. Todas las burocracias sindicales temen, a que la
fuerza de trabajo hecha clase, entierre al viejo movimiento obrero. Y que
descubra con su lucha, su potencia productiva y cognitiva, afectiva y
servicial, cooperante y comunicativa que todo lo precede, que todo lo
transforma, y que todo lo disuelve. Una fuerza que antecede al capital como
pura riqueza, pero aprisionada en la pobreza si no se vende al patrón. Que
valoriza el capital fijo, muerto, objetivo: sea camiones y tomógrafos, grúas y
clínicas, computadoras y laboratorios, robots y plataformas. Incrementando el capital
con su trabajo que lo autovalora, que lo dota de vida, que lo moviliza.
Entregando su subjetividad pagada por un salario, como capital circulante, que
transfiere su trabajo vivo que termina prisionero del capital fijo y objetivo.
Un hacer, con la capacidad de destruir al capital, su pobreza y expoliación,
precarización y excedencia; si rechaza ser un trabajador productivo a su
servicio.
Un fuerza laboral, que con su total antagonía productiva se distancia
del capital y se reencuentra con el precariado y los desocupados del trabajo
negado. Expropiando a los capitalistas su poder de mando sobre la sociedad del
trabajo y reconquistando su poder absoluto para gozar materialmente de la vida.
Terminando en el mismo proceso con: su pobreza por el trabajo negado por el
capital, su riqueza expropiada por un sueldo, y la precarización de su
existencia producto del trabajo mercantil. Una multitud que al recobrar sus facultades para sí, les arrebata el
poder social a los capitalistas. Pasando del infierno de la necesidad material
sometida al capital, al paraíso de la libertad material anticapitalista.
La igualación salarial que plantea la lucha de los trabajadores
inmateriales del Hospital Garrahan, es una buena manera de romper con la
segmentación salarial, como estrategia de dominio del capital, para enfrentar a
los trabajadores unos con otros. El combate por más salario es una lucha contra el beneficio
capitalista. Y de generalizarse el combate salarial, la caída de las utilidades
empresarias da paso a la crisis del capital. La crisis, recompone dos bloques,
se enfrentan dos colosos, el centro político se disuelve, quedan frente a
frente: el trabajo y el capital, la multitud y el estado. Y sólo uno puede
vencer. O gana el trabajo destruyendo la relación social capitalista y
disolviendo el estado, o el capital se refuerza albergando en su interior la
nueva antagonía que no lo pudo derrotar, y que es puesta a trabajar bajo su
dominio por el comando Capital-Parlamentario. Pero esa antagonía que lo
refuerza, constituye, el “Caballo de Troya” cada vez más potente y conciente
del trabajo. Que con cada futura crisis ubica la antagonía laboral, en un nivel
superior, al combate antagónico anterior. Por eso la crisis del 2001 es
superior a la hiperinflacionaria de 1989; o las coordinadoras fabriles del ’75
atemorizan al capital más que el Cordobazo del ‘69. Por eso la respuesta del
capital es cada vez más brutal. Por eso la necesidad de descomposición de los
trabajadores para reorganizarlos al servicio de la ganancia es cada vez más
cruenta. Se pasa, del genocidio de la dictadura militar del capital de los
30.000 desaparecidos entre 1976 a 1983; al actual genocidio silenciado de
500.000 desaparecidos por hambre y enfermedad. En los últimos 15 años, la
dictadura civil del capital-parlamentario, multiplica por dieciséis, los
exterminados por los militares. En tres décadas se pasa del cinco por ciento de
pobres, al cincuenta. Del empleo en blanco a estar la mitad en negro. Del
trabajo estable al 50 por ciento en la precariedad. Por eso también, cuando
lucha, la resistencia del trabajo es cada vez más encarnizada, su estrategia
más pacientemente organizada, y sus necesidades más inaplazablemente radicales.
En esto radica el poder de la lucha económica. En tener la capacidad de hacer
entrar en crisis al capitalismo. En pasar los asalariados, autoempleados y
desocupados, de fuerza de trabajo bajo el dominio y al servicio de la ganancia
de los patrones en todas sus formas: sea registrada, precaria o desocupada; a
constituirse en la clase de la multitud antagónica al capitalismo. Esa resulta
la potencialidad -aunque no su inexorabilidad antisistémica- del combate
gremial por más salario, mejores condiciones de empleo, y el incremento del
valor y universalización de los planes sociales.
Aquellos que fueron excluidos de la relación de compra-venta directa
de su hacer: se organizan en el piquete y las asambleas barriales, en la toma
directa de tierras y empresas. El capitalista elige a sus empleados de a uno.
Compra y descarta sólo a una porción de la fuerza de trabajo. En cambio, la
clase trabajadora de la multitud se organiza entre todos sus integrantes para
resistir y vencer a la otra clase antagónica a sus intereses: la clase de los
capitalistas. Los empleados dejan de ser fuerza de trabajo productora de
mercancías, y se transforma en clase, cuando se organiza para derrotar a todos
los patrones y sus estados. No exclusivamente para torcerle el brazo a este o
aquel empleador, o a este o aquel circunstancial gobernante.
Son los empleados, autoempleados y desempleados, los que producen el
pasaje de la fuerza viva del trabajo, a constituirse en la clase de la
multitud. Pasan de simple salario, capital circulante y trabajo negado; a la
recomposición orgánica de la potencia de la multitud como clase antagónica al
capital social, y concepto de clase de los empresarios. El capital social,
resulta el vínculo universal y antagónico a los intereses, afectos y valores de
la multitud. Una relación social que se encarna en cada uno de los capitalistas
individuales.
La recomposición social de la multitud, como clase, es un
procedimiento político. Una forma de lucha que ya no sólo enfrenta
económicamente a los empresarios, sino que, confronta a los capitalistas como
su clase políticamente antitética, antagónica, irreconciliable. En ese nivel de
combate de clases, en la lucha política, se disputa quien manda en la sociedad.
Si el estado del capital, o las asambleas de la multitud. Si la economía
mercantil, o el fin de la compraventa. Si los representados no deliberan ni
gobiernan sino a través de sus representantes, o si se autogobiernan
deliberando y ejecutando de forma directa y sin representantes permanentes.
Hace falta acometer un giro radical en la estrategia anticapitalista
de la multitud. Para el capital, la fuerza de trabajo es una mercancía más, un
empleado. Está visto luego de tres años de la contratendencia devaluadora de
los salarios por parte del capital, que ni aún así, habrá inclusión salarial
para todos. Hoy, además, el 70 por ciento de los trabajadores -en blanco y en
negro- son pobres. Los desempleados del capital no precisan volver a ser
incluidos por el capital por medio del salario para terminar con su pobreza;
muy por el contrario, necesitan unirse con los asalariados, para juntos,
emanciparse de la condena de ambos: el trabajo productor de plusvalor y el
trabajo negado que los somete. En un caso, con el empleo mercantilizado pero no
asalariado de los desempleados del capital, el trabajo negado; en el otro, el
hacer también mercantil, pero tarifado por un sueldo. La multitud precisa
desprenderse de su imperiosa necesidad, que sostiene el poder social del dinero
y su inherente desigualdad de clase opuesta a la clase capitalista, de estar
condenada a vender sus músculos y cerebro, sus conocimientos y afectos, su
memoria y destrezas, sus lenguajes y servicios, a cambio de dinero para no
perecer.
Los desempleados son dueños de toda su riqueza, pero sin dinero,
quedan sometidos a la miseria mercantil. Mientras que, los empleados se empobrecen
entregando toda su riqueza para que funcione la sociedad mercantil. Unos son
pobres sin trabajo, otros se hacen pobres trabajando. Ambos, de poder fundar
una nueva sociedad anticapitalista, serían ricos sin necesidad de tener un peso
en el bolsillo. Gozando de los bienes y servicios que no tendrá más valor, que
el uso y el consumo recíproco que le de la multitud. Una sociedad de la riqueza
del trabajo concreto de todos y cada uno, y de cada uno para todos. Una
sociedad que respetando la vida en la tierra en todas sus formas, utilizará la
tecnología y reinventará la técnica, para liberarse de la necesidad del trabajo
obligado para no morirse de hambre y salvar a la humanidad del colapso
ecológico. El tiempo libre no será un castigo como para los desempleados del
trabajo negado por los patrones, y una quimera para los empleados por el
capital. El tiempo productivo de la vida no estará sometido al lucro que
mantiene con vida a una clase parásita, sino, que estará liberado de toda forma
esclava de trabajo. Nunca más el dinero medirá la riqueza. Nunca más el salario
medirá el consumo. Nunca más el empleo por una paga que necesita para su
funcionamiento al estado, y a los partidos y sindicatos a su servicio, para
administrar la riqueza y la pobreza humana.
3) POBREZA SOCIAL Y EMANCIPACIÓN
UNIVERSAL:
“Nuestras clases dominantes han procurado
siempre que los trabajadores no tengan historia. Cada lucha debe empezar de
nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde,
las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada, cuyos
dueños son los dueños de las otras cosas”.
Rodolfo Walsh.
No hay emancipación personal ni de grupo. Para liberarse, la clase de
la multitud debe hacerlo socialmente. Precisa colapsar, la transformación del
dinero en salario, el excedente de su hacer no retribuido en plustrabajo, el
plusvalor en ganancia, el beneficio en capital, el capital en poder social, y
el poder en estado.
Es el capitalismo y todos los administradores de las sociedades
mercantiles, los que necesitan que el asalariado tenga, además de la necesidad,
un sentido de dignidad al venderse por dinero. De lo contrario, sin trabajo
digno, adiós al capitalismo. La religión mercantil del plusvalor, reserva la
indignidad, a las trabajadores y trabajadores sexuales y desempleados. En un
caso, como indigna prostitución que vende su sexo por dinero; en el otro, a la
indignidad de no poder pagarse el pan de cada día producto del trabajo negado
aviesamente por el capital. Mientras que, aquellos que se prostituyen
entregando todo su cuerpo menos su sexo, viven bajo el cielo sagrado del
trabajo digno.
Reproduciendo el discurso del capital, caeríamos en el absurdo de
creer que el trabajador asalariado es un digno empleado y, en cambio, los
desocupados son unos desempleados indignos. No compañeras y compañeros, el
desempleo asalariado del trabajo es responsabilidad del empleo capitalista del
trabajo asalariado restante. La otrora sociedad fordista del “bien-estar” y el
pleno empleo, del estado planificador y los sindicatos como correa de
transmisión capitalista, fue la que nos trajo hasta aquí con tal de mantener la
sociedad mercantil y la ganancia empresaria. Y como el pleno empleo formal
terminó para siempre, y el estado populista ya no existe, la vieja sociedad se
trasmutó en la sociedad que vivimos. Consecuentemente, no será la nostalgia, la
que nos saque del actual “mal-estar” posfordista del trabajo negado por el
capitalismo y su correspondiente estado de excedencia.
Cuando los empleados se organizan antagónicamente contra el capital
dejan de ser una mercancía sindicalizable, una energía medible, cuantificable,
abstracta, una fuerza productora de bienes de uso que serán utilizados como
bienes de cambio para valorizar el capital. Al contrario, se transforman en una
clase cualitativamente revolucionaria, una potencia inconmensurable. Su trabajo
es puro valor de uso que posibilita el consumo concreto de su hacer. Una clase
cuyo fin revolucionario es dejar de ser, de una vez por todas, la clase de los
expoliados, precarios y desocupados. La clase de la multitud, los obreros
sociales y desempleados. Una nueva cultura humana que nace de la contravida
ante su hacer expropiado, precarizado y descartado por los patrones. Porque no
lo olvidemos, no hay autonomía sin antagonía radical al capital.
El PBI Argentina creció igual que el chino en los últimos tres años.
Pero en el conurbano bonaerense volvió a subir la pobreza. Ataca al 45,1 por
ciento de la población, contra el 44,4 por ciento del segundo semestre de 2004.
La peor situación se da en Resistencia, con 60,3 por ciento; seguido por
Jujuy-Palpalá con 58,2 por ciento; y en Posadas-Misiones con el 56,8%. El poder adquisitivo del salario,
resulta en promedio, un 25 por ciento menor que en año 2001, y la precarización
aumentó un 500 por ciento desde aquel año. Recordemos que la línea de
indigencia ronda los $ 400, la de la pobreza los $ 800 (266 dólares), y la
canasta total de bienes y servicios los $ 1.700. La jubilación mínima está en
los $ 390 (130 dólares), los planes sociales en $ 150 (50 dólares), y el 65% de
los asalariados privados registrados gana menos que el costo de una canasta
básica familiar de alimentos y servicios. Pero esto no es todo, en los empleos
no registrados, se gana en promedio, la mitad de los puestos en blanco. La
distribución de la riqueza es la peor de todas las épocas. Seis millones de
personas viven con 2 pesos diarios, y otros cinco millones viven, en promedio,
con 4,10 pesos por día. Así, hay 11 millones de personas que viven, como
máximo, con 123 pesos mensuales (41
dólares). Dos millones de niñas y niños trabajan, y el 58,5% de los chicos que
tienen entre 5 y 13 años viven en hogares pobres.
En números redondos, Argentina tiene una población de 37 millones de
habitantes. Cuatro millones de personas con problemas de empleo, pero en
cambio, hay 17 millones de pobres y la mitad de la fuerza viva del hacer está
en negro. Esto explica que se viva en la miseria si no se cobra un salario,
pero también demuestra, que más de la mitad de los asalariados se paupericen
trabajando.
La condición latente de toda la multitud es la pobreza. Más acumula el
capital el trabajo para no desvalorizarse, más se empobrecen los trabajadores.
La precariedad es la regla; en cambio, el trabajo fordista, formal, registrado
resulta la anomalía del mundo laboral. La norma social capitalista para los
trabajadores son las migraciones internas y las migraciones por todo el globo
buscando algo que comer. Por el contrario, el afincamiento a una tierra, a un
barrio, a un país, constituye la excepción. La precariedad es ley, y el empleo
en blanco una especie en extinción.
Se blinda la matrix mundial de los incluidos por el “trabajo digno”.
Sea en las ciudades globales, los enclaves de los países más ricos, y en los
barrios prósperos de la periferia. En la Ciudad de Buenos Aires, el mayor
aumento presupuestario para el 2006 será asignado a la partida seguridad. Todo
un dato para entender, como el control y la represión de la multitud, deriva en
una prioridad para el progresismo de Aníbal Ibarra y sus aliados peronistas
porteños.
El cordón policial y militar contra la “peste” humana que deambula en
el éxodo, no conoce más límites que la resistencia de la multitud. En Londres
se fusila por portación de cara a un brasileño. El Capital-Parlamentarismo,
como la forma del estado posfordista de la excedencia, la exclusión, la
expulsión; la tan famosa “gobernabilidad del capital”, está dispuesto a todo
para no ver peligrar el control del trabajo que garantiza su ganancia. La
“demodura” o “dictocracia” como estado de excepción permanente, es el pasaje a
una nueva Forma-Estado del capital, heredera, del viejo estado de derecho en
decadencia. Para el capital, como relación política universal, la vigilancia y
el castigo de aquellos insumisos que no se dejan morir de hambre no conoce
límites humanitarios. Si hace falta se fusilan africanos a quemarropa como en
la frontera de Ceuta o Melilla, entre España y Marruecos. O se deporta, asesina
y deja morir en el desierto, a miles de futuros chicanos que intentan salir de
México para arribar a los EE.UU.
Guerras y genocidios de nuevo tipo se dan a gran escala y con total
desparpajo. Los obreros muertos, y su sangre succionada gota a gota bajo la
forma del trabajo, le recuerda a los trabajadores vivos, que su energía laboral
es el néctar, el elixir, el único alimento que puede mantener con vida al
“nosferatu” capitalista. El vampiro, el no-muerto, el muerto-vivo. La muerte
que revive con el hacer humano, y la vida que queda muerta al transformarse en
capital. El capitalismo es una criatura social y universal, que para poder
llegar al día de hoy, consumió por siglos, y a cualquier costa, la materia de
las generaciones pasadas de la clase productora. El ansia presente de plusvalor
de trabajo vivo que alimenta el trabajo muerto y pasado, acumulado y objetivado
como dinero y tecnología, que compra tierras, combustibles y materias primas;
se pasea por todo el globo buscando nuevas oportunidades, para continuar así,
sorbiendo la subjetividad del trabajo que lo autovalore.
El trabajo asalariado, no dado, negado; es un arma del capital
contrapuesta a las revoluciones pasadas, y los intentos fallidos rebeldes de
los trabajadores asalariados. El desempleo no es producto del automatismo del
mercado. Por el contrario, es una decisión del capital hecha clase. Es producto
de la voluntad de sus gobiernos. Es una estrategia de la clase de los patrones
para enflaquecer y fracturar a los empleados. Para gobernar mejor a los
empleados con la disciplina del desempleo para el resto de su clase. Y así
obstaculizar, el histórico terror que los persigue desde la Comuna de París: el
pavor que una renovada organización antisistémica de sus subalternos los
derrote socialmente. Una total expropiación de la clase hacedora contra una
clase inútil y parásita, que intentará por siempre, hasta lograrlo, su
emancipación universal del capital. Mientras tanto, la única expropiación que
tolera el capital, es la de la lucha obrera.
Si el capital para acrecentar su tasa de ganancia tiene que mantener
en la pobreza a medio planeta pagándoles menos de dos dólares diarios, no le
tiembla el pulso y ejecuta su cometido. La consigna es clara: hacer descender
el tiempo socialmente necesario de la reproducción de la fuerza de trabajo a
escala global, y así aumentar socialmente el plusvalor que produce la multitud.
Mientras el trabajo muerto no para de crecer, persigue trabajo vivo por todo el
globo y se afinca donde pueda pagar menos por él. Mixturando las más
abominables formas de explotación manufacturera del siglo XIX, con el fordismo
de la línea de montaje del siglo XX, y la subordinación del trabajo inmaterial
en el capital del “general intellect”, o intelecto general, común y servicial,
cognitivo y afectivo, comunicativo y mundial, del siglo XXI.
Finanzas como capital líquido, el dinero como trabajo impago
acumulado; no están escindidos del capital como maquinarias del trabajo muerto,
y del trabajo vivo que labra los campos y obra en las industrias, y transforma
con su hacer, los recursos naturales y las materias primas en mercancía. El
trabajo pasado que se atesora, depende mortalmente de un permanente trabajo
presente que lo valorice como capital. No hay valorización financiera que se
pueda sostener por mucho tiempo, sin una renovada fuerza humana del hacer que
lo alimente. Es recíproco el interés que persiguen, al vivir del trabajo ajeno,
las industrias y los bancos.
Los reformismos del siglo XXI ni siquiera tienen esa
estatura claudicante. Son la contracara del neoliberalismo de la década pasada.
Decirse progresista o conservador hoy no significa nada. En Perú, Toledo
profundiza la política de Fujimori; en Brasil, Lula resulta la continuación de
Cardoso; en Uruguay, Vázquez es discípulo de Batlle; en Argentina, Kirchner de
Duhalde; en Ecuador Palacio es el heredero de Gutiérrez; y en Bolivia,
Rodríguez no se diferencia de Mesa.
Según la Organización de Estados Americanos (OEA), América
Latina es hoy la región más desigual del planeta, con la peor distribución de
riqueza, y la más desigual en la relación entre ricos y pobres. El 10 por
ciento más rico percibe el 40 por ciento del ingreso nacional, y el 40 por
ciento más pobre sólo el 10 por ciento. Hay 222 millones de latinoamericanos y
caribeños en condiciones de pobreza, lo que equivale, al 43 por ciento de la
población. Y dos de cada cinco niños viven en la pobreza extrema.
Ante la acuciante cuestión social planetaria, la revolución vuelve a
ser una tarea posible y necesaria. Sin la organización autónoma del conjunto de
la multitud, sin una antagonía consciente al capital como relación social, los
movimientos sociales no pueden vencer. Consiguientemente para el capital, ante
los embates de la multitud, el sostenimiento de las sociedades mercantiles por
medio de gobiernos cada vez más despóticos resultará inevitable. Se
desarrollará por todo el globo, nuevas formas autocráticas y campos de
concentración posmodernos, hambrunas planificadas y creación de enfermedades,
expansión de plagas y catástrofes naturales. Librado el capital a su razón
instrumental, utilizará la destrucción militar de países completos para empezar
de nuevo. Todas estas masacres sociales y universales poseen un enorme poder de
destrucción de la vida y una enorme potencialidad de reconstrucción de los
ciclos del capital. Toda esta sed de perpetuación de las ganancias empresarias
a cualquier costa, todo este averno terrenal provoca, peores consecuencias para
los trabajadores que las dos guerras mundiales en el siglo XX. En los últimos
20 años hay muerto más personas por causas evitables que en todas las guerras
del siglo XX. Dos terceras partes del globo pasan hambre y por día se asesina
por inanición a 35.000 personas. En la Argentina, desde 1991 al 2003, se
produce en democracia un nuevo genocidio. Aún con más víctimas que los 30.000
desaparecidos de los años ’70. En doce años el sistema capitalista masacró por
hambre y enfermedades a medio millón de personas. Pero donde hay guerra como
modo de sobrevida desesperado del capital, existe la oportunidad histórica de
la revolución del trabajo que termine con él.
Bloquear las iniciativas del imperio capitalista, y sus áreas de libre
comercio de hambruna de plusvalor humano a gran escala: sea con el ALCA y la
Unión Europea, el Nafta y el Mercosur, China y la India, Rusia y Japón; y
resistir sus embates contra la baratura salarial y la represión de los
excluidos del salario; autoorganizarse; insurreccionarse contra los gobiernos
sirvientes de los poderosos; son pasos previos: necesarios, inevitables, pero insuficientes
para emanciparnos del capital, el hambre, la sobreexplotación y el hiper
desempleo.
Sólo de la propia multitud trabajadora, desde todas y cada una de sus
formas singulares, dependerá hacer y comunicar, imaginar y crear, plasmar y
desear, una nueva humanidad emancipada de los dominios del capital. Una
“res-pública”, comunal de la autogestión
generalizada. Un universo donde no entra ningún universo capitalista. Un mundo
nuevo sin dirigentes y dirigidos. Sin trabajo abstracto que se cambia por el
dinero de un salario para beneficio del capital, y en cambio, con las asambleas
del trabajo concreto y gratuito para uso y goce de la multitud. Una mujer y un
hombre nuevo, que necesita nuevas bases antimercantiles para constituirse, y
que ninguna apelación ética puede reemplazar. Una ruptura con todo lo conocido.
Un poder constituyente que forja y siente, piensa y habla, de manera antagónica
con los valores capitalistas, su forma de producción, distribución y consumo,
sus normas y estados. El anticapitalismo en movimiento y expansión.
Haciendo realidad, de esta forma, y resignificando para los tiempos
que corren esa bella consigna de: trabajo [sin salario], dignidad
[antipatronal], y cambio social [autónomo].
4 de octubre de 2005.
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* Especial de NPH para Prensa
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sitio: “Anti Cumbre de las Américas”.
Los
movimientos sociales en Argentina
(este
texto también puede leerse en la sección Biblioteca de
Prensa De Frente)
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