La praxis revolucionaria como terapia anti estrés
Iñaki Gil de San Vicente
1. ¿QUÉ ES EL ESTRESS?
2. ORIGEN DEL CONCEPTO
3. ¿QUÉ ES LA PRAXIS?
4. ANGUSTIA, MIEDO, ANSIEDAD
5. TERROR CRISTIANO
6. TONTOS, EXTRAÑOS,
PELIGROSOS
7. INDUSTRIA, FAMILIA Y SEXO
8. AUTORIDAD SADOMASOQUISTA
9. CRISIS POSTKEYNESIANA
10. TÁCTICAS Y
TRAMPAS
1. ¿QUÉ ES EL ESTRÉS?
He pensando que, dado el poco tiempo
disponible para un debate de esta complejidad, lo mejor, lo más sintético y
directo, era exponer ya en el título de la ponencia lo esencial de la tesis que
voy a defender, es decir, que la praxis humana es la única terapia que puede
superar el estrés. Pero, de entrada, ¿qué es el estrés? Lo primero que tenemos
que decir es que estamos ante una pregunta relativamente reciente, aunque, como
veremos luego, la raíz etimológica de la palabra estrés nos remite al griego
antiguo porque ya se usaba en aquella época. Sin embargo sólo recientemente se
ha empezado a usar y a estudiar lo que significa, aunque sí ya se usaba
anteriormente la palabra “surmenaje” para designar algo relacionado con el
estrés.
Por ejemplo, en el diccionario Espasa-Calpe
abreviado de 1957 no aparece la palabra “estrés”[1], pero sí aparece
“surmenage” como: “(Voz francesa) Estado morboso producido por la fatiga
como consecuencia de un trabajo excesivo, especialmente el intelectual,
combinado muchas veces con el hastío”[2], y tampoco aparece “estrés” en el apéndice del Espasa-Calpe abreviado
de 1965. De igual modo, no la encontramos en el NDEU[3] pero sí tenemos
surmenage como: “Estado morboso producido por la fatiga repetida, física o
intelectual”[4]. Y “estrés” tampoco aparece en el Diccionario de Psicología[5] de 1985.
Por no extendernos en la consulta de
diccionarios y enciclopedias, queremos acabar con La Enciclopedia de Salvat de
2003 en la que sí se define estrés: “Estado general de tensión en que se
halla un organismo amenazado de ser alterado o perturbado en su equilibrio
psicobiológico por la acción de agentes o condiciones ambientales
(psicológicas, sociales, físicas, etc.).”[6]. Esta misma enciclopedia
define así el surmenage: “Estado de fatiga excesiva provocado por un trabajo
corporal o intelectual prolongado e intenso, irreparable por el sueño normal”[7]. Otra definición de
estrés nos la ofrece B. Tierno: “la respuesta de ansiedad que experimenta
una persona cuando tiene que hacer frente a unas demandas del medio que le
resultan excesivas. La persona no cree que con sus capacidades pueda superar
aquello que su entorno le está pidiendo (...) una situación puede provocar una
respuesta de estrés en la medida en que la persona la percibe como algo que
supera su capacidad de hacerle frente. En estos casos empezamos a experimentar
una fuerte ansiedad y a pensar en cómo actuar en ese momento”[8]
Otro autor, A. Gaeta Reynaldo nos dice que:
“El estrés (stress) es un fenómeno que se presenta cuando las demandas de la
vida se perciben demasiado difíciles. La persona se siente ansiosa y tensa y se
percibe mayor rapidez en los latidos del corazón. (...) es la respuesta del
cuerpo a condiciones externas que perturban el equilibrio emocional de la
persona. El resultado fisiológico de este proceso es un deseo de huir de la
situación que lo provoca o confrontarla violentamente En esta reacción
participan casi todos lo órganos y funciones del cuerpo, incluidos cerebro, los
nervios, el corazón, el flujo de sangre, el nivel hormonal, la digestión y la
función muscular. (...) es un estímulo que nos agrede emocional o físicamente.
Si el peligro es real o percibido como tal, el resultado es el mismo.
Usualmente provoca tensión, ansiedad, y distintas reacciones fisiológicas. Es
la respuesta fisiológica, psicológica y de comportamiento de un sujeto que
busca adaptarse y reajustarse a presiones tanto internas como externas”[9].
Una definición algo más profunda en su
investigación y más rica en abrir vías de investigación es la de C. Varona: “la
vida competitiva en la que estamos empeñados, las exigencias de éxitos en el
mundo social, deportivo, de estudios, profesional, etc.; el crecimiento de las
grandes ciudades con el consiguiente aumento del ruido, contaminación y
peligros contribuyen a que aumenten las respuestas de excitación del sistema
nervioso autónomo, y, consiguientemente, de la actividad glandular (aumento de
adrenalina) y muscular (contracción de músculos viscerales y esqueletales) cuyo
conjunto se ha denominado modernamente, tensión o “stress” y que,
sicológicamente, está vinculado a estados mentales de preocupación, de afán de
éxito competitivo, de multiplicación de percepciones excesivas (ruidos, olores,
etc.) y demás situaciones que caracterizan el mundo actual, sin olvidar el
peligro de desaparición total de la especie en un conflicto nuclear”[10].
Dejando de lado el lenguaje nítidamente
burgués de la cita, sin embargo tiene la virtud de tocar un montón de factores
que innegablemente propician el estrés. Otra cosa buena de este autor es que,
un poco antes y siguiendo las investigaciones de Wolpe sobre la ansiedad, tan
relacionada con el estrés, relacionada con las fobias --“ansiedad irracional
frente a estímulos inofensivos”[11]-- abre la puerta de entrada a una cuestión de gran importancia a
nuestro entender. En efecto, si leemos a un autor que siempre debe ser leído
como G. Jervis y su definición de la ética fóbico-obsesiva, vemos que la
posibilidad de estrés está latente en el interior de buena parte de la
estructura psíquica dominante en el capitalismo, necesitando sólo de ciertas
condiciones para que se active.
Para comprenderlo mejor leamos a G. Jervis:
“Fobias y obsesiones constituyen, antes que un trastorno, un típico modo de
ser y reaccionar. Los estilos personales de vida de los fóbicos, y más
marcadamente aún de los fóbico-obsesivos, encarnan una serie de características
bien conocidas: la escrupulosidad, el orden, la obstinación, la avaricia, la
tendencia a planificar, clasificar y diferenciar, la disciplina, el sentido del
deber, la escasa tendencia a la espontaneidad, la sumisión a la autoridad. La
capacidad de obsesión es la virtud media del capitalismo: es la virtud de la
acumulación y de la eficiencia, de la puntualidad y de la precisión industrial,
del ahorro de dinero y de la posesión de bienes. Los países de mayor desarrollo
industrial y de la más antigua tradición capitalista, como Alemania y los países
anglosajones, han desarrollado a través del condicionamiento de varias
generaciones una relación bastante estrecha entre las costumbres medias de la
vida cotidiana y la personalidad de tipo obsesivo”[12].
El autor sigue luego desarrollando las relaciones
entre las fobias y obsesiones con la represión que, por su importancia,
volveremos a analizar más adelante. Ahora nos interesa preguntarnos sobre qué
puede suceder en la personalidad de un fóbico-obsesivo como el arriba descrito
cuando ve que el mundo real no es como el cree y desea, cuando las presiones
cotidianas de todo tipo, desde el trabajo hasta la afectivas y sexuales,
pasando por las urbanas y ambientales, cuando todo ello le somete a tales
presiones que su mundo tan ordenado y jerarquizado, tan preciso, puntual y
disciplinado empieza a entrar en crisis porque no puede desarrollarlo, no es
valorado e incluso es rechazado. El estrés es uno de los efectos de esa
situación.
Antes
de analizar el por qué se ha tardado tanto tiempo en empezar a investigar el
estrés, y por qué, al comienzo, el surmenage hacía más insistencia en el
cansancio intelectual aunque no desdeñaba el físico, antes de esto, queremos
constatar que las definiciones aquí ofrecidas, así como prácticamente todas a
las que hemos tenido acceso, se mueven dentro de los marcos del pensamiento
oficial, caracterizado por ocultar la existencia de algo tan decisivo como la
explotación social de la fuerza de trabajo.
Estas
definiciones se mueven dentro de la ideología burguesa más tradicional y
tópica, la de la persona individual sometida a presiones no definidas, que no
se sabe de donde vienen ni a qué razones e intereses responden, excepto los de
la “vida competitiva”, expresión que puede entrar perfectamente en el
darwinismo social y en la sociobiología más reaccionaria. Buscando paliar este
escoramiento conservador, fuimos a la revista oficial de un sindicato que se
dice de izquierdas, CCOO, y encontramos esta definición:
“Desde
que Hans Selye introdujo en el ámbito de la salud el termino estrés, este se ha
convertido en una de las palabras mas utilizadas, tanto por los profesionales
de las distintas ciencias de la salud, como en el lenguaje coloquial de la
calle. Selye, definió el estrés como una respuesta general del organismo ante
cualquier estimulo estresor o situación estresante. No obstante se han
realizado múltiples trabajos sobre el estrés que han aportado diversas
conceptualizaciones. Una conceptualización mas comprensible de estrés, lo
definiría como un exceso de demandas ambientales sobre la capacidad del
individuo para resolverlos, considerando además las necesidades del sujeto con
las fuentes de satisfacción de esas necesidades en el entorno laboral.
El
estrés es un hecho habitual en nuestras vidas. No puede evitarse, ya que cualquier
cambio al que debamos adaptarnos representa estrés. Los sucesos negativos,
daño, enfermedad o muerte de un ser querido, son hechos estresantes, así como
los sucesos positivos; ascender en el trabajo trae consigo el estrés del nuevo
status, de nuevas responsabilidades”[13]
Es
verdad que los “sucesos negativos” son hechos estresantes, y en las
páginas que siguen lo veremos reiteradamente, pero desde una perspectiva
sindical y de izquierdas el fundamental “suceso negativo” es la
existencia del salario, es decir, el hecho de que la mayoría de la población
tenga que padecer la explotación asalariada para sobrevivir, por lo que la
lucha por la abolición del salariado[14] se convierte en una necesidad para la superación de buena parte de los factores
que producen estrés.
De
hecho, la preocupación por el surmenage surgió cuando se acumularon los efectos
negativos que tenía en la productividad intelectual de las profesiones llamadas
liberales la sobrecarga de esfuerzo mental y luego del esfuerzo físico, y después,
según la plusvalía absoluta fue siendo desplazada por la plusvalía relativa,
más intensa en la explotación del trabajo cualificado, con sus correspondientes
efectos somáticos, fue aumentando la preocupación por una realidad más masiva e
inquietante a la que se le denominó estrés.
El
salto del surmenage al estrés refleja y expresa el salto de la explotación
cuantitativa a la cualitativa, el salto de la plusvalía absoluta que sólo se
central en la extensión física de las horas de trabajo, a la plusvalía relativa
que busca el aumento de la intensidad del esfuerzo laboral psicosomático
mediante la introducción de máquinas que estrujan hasta la última gota las
fuerzas físicas e intelectuales de las personas trabajadoras.
Para
ir concluyendo esta primera parte y adelantando cuestiones que desarrollaremos
más en detalle posteriormente, leamos este párrafo que aparece en la revista
electrónica de UGT: “Entre el 50% y el 60% del absentismo laboral está
relacionado con el estrés, según la Encuesta de Calidad de Vida en el Trabajo
2002 que realizó el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. Además, el 15% de
la población activa española (cerca de 2 millones de trabajadores) padece
mobbing, según se desprende de un estudio sobre “Violencia en el entorno
laboral” facilitado por la Universidad de Alcalá de Henares (2002). La
Organización Internacional del Trabajo (OIT) afirma que el coste de los
problemas de salud mental relacionados con el trabajo representa el 3% del PIB
de la Unión Europea”[15].
Siendo
ciertos estos y otros datos, también hay que ser conscientes de que el estrés
se produce en otras circunstancias de la vida cotidiana, como las familiares y
domiciliarias, las escolares y educativas, etc., todas ellas relacionadas en
definitiva con lo que sí es esencial para entender el problema: la
mercantilización del ser humano, su alienación y su subsunción en mero instante
de la acumulación de capital.
2.
ORIGEN DEL CONCEPTO
Si hemos respondido muy somera y
rápidamente a la pregunta anterior sobre qué es el estrés, tenemos que
detenernos ahora un poco en responder a la pregunta sobre qué es la praxis De
hecho, en el rápido repaso histórico que hemos realizado sobre la genealogía
del estrés y del surmenage ya aparece la praxis en su desenvolvimiento, en su
capacidad para, mal que bien, mantener una concordancia relativa y transitoria
entre los avances de la enfermedad o del malestar como efecto de las crecientes
exigencias de la lógica del beneficio, y los avances de las respuestas que la
institución médica le va dando, y las reacciones de los diferentes grupos
humanos afectados por esos malestares. Hay que insistir en la transitoriedad de
dicha concordancia porque nunca ha sido ni lineal ni automática. Al contrario.
La capacidad de nuestra especie
para resolver sus problemas siempre ha dependido de una compleja interacción de
factores objetivos y subjetivos, de manera que el devenir del presenta al
futuro nunca ha sido mecánico ni ciegamente determinado. La teoría de la praxis
sirve mejor que ninguna otra en la comprensión de este problema, y esta teoría
nos aconseja, primero y antes que nada, partir de la evolución del tema que
estudiamos e inmediatamente después, sintetizar una teoría abierta que vuelva
sobre la propia evolución del proceso que analizamos y se introduzca en su
devenir, modificándolo[16]. Es
por esto que la respuesta a que qué es la praxis tendrá dos momentos que forman
una unidad, uno es el del repaso histórico del surgimiento de la preocupación
humana sobre lo que ahora denominados estrés, y otro, pero siempre dentro de
esa unidad de análisis y síntesis, la elaboración de una respuesta teórica
basada en esa aproximación histórica.
Hemos
visto al principio las relaciones existentes entre la ansiedad y la tensión con
el estrés. Más adelante precisaremos un poco las diferencias entre estos y
otros términos, como la angustia, el temor, el miedo, etc., que tienen mucho
que ver con el tema que tratamos, pero que ahora usaremos un poco
superficialmente porque lo que nos interesa es recalcar cómo desde los orígenes
de nuestra especie existían poderosos factores desencadenantes de situaciones
estresantes más o menos angustiosas. Según Nougier la gran civilización
magdaleniense era una “civilización de angustia”[17],
por las extremas condiciones de supervivencia. Sin duda, los lazos de
solidaridad grupal se debían a que la única forma de sobrevivir en esas
situaciones era mediante la estrecha unidad colectiva.
Esto
lo han puesto de relieve la generalidad de estudios sobre las comunidades
llamadas “primitivas”, pero T. S. Szasz ha extraído también esta conclusión
especialmente crítica y desmitificadora, que nos serviré mucho en las páginas
que siguen: “Para el hombre, animal de rebaño, igual que para sus
antepasados no-humanos, la seguridad radica en la similitud. Por esto la
conformidad es buena y la divergencia es mala”[18].
Encontrar un refugio contra la angustia exigía y exige la conformidad con el
orden establecido en el grupo protector, aunque ello suponga una sobrecarga tal
de tensiones y frustraciones que, al final, surja el estrés o algo peor.
Uno
de los métodos más efectivos que desarrollaron aquellas sociedades humanas,
aparte de primar la conformidad de sus miembros en un contexto tremendamente
inseguro y que ha repercutido, especialmente, en el proceso posterior de
surgimiento de las religiones, además de este método, también desarrollaron un
profundo sentido de la socialidad del dolor y de la enfermedad, como explica U. Galimberti:
"Entre los primitivos que
conocían el 'cuerpo' y no el 'organismo', la enfermedad tenía un significado
social, y en cuanto tal era algo que se podía intercambiar con el grupo, J
Pouillon nos informa, por ejemplo, que entre los 'dangaleats' la enfermedad
tenía un valor iniciático; no sed podía entrar a formar parte del grupo ni
adquirir ningún tipo de posición social sin antes haber estado enfermo. La
enfermedad, vista como signo de elección en el grupo, no sed vivía de forma
individual, sino que era objeto de intercambio como todas las cosas en el
interior de aquella estructura simbólica que convertía cualquier acontecimiento
en una relación social llena de sentido. Además, elproceso de cura, y no sólo
entre los 'dangaleats' sino también en todas las sociedades primitivas, no
tenía lugar, como actualmente entre nosotros, en esa relación dual, aunque no
recíproca, que se establece entre el médico y el paciente, sino en un espacio
más amplio en elque todo el grupo tomaba parte en la cura distribuyéndose
alrededor del mal, el cual se concebía no como una lesión orgánica, sino como
una ruptura, un desequilibrio en el sistema de intercambio social"[19].
La
civilización magdaleniense, que nos ha legado impresionantes obras de arte y un
sofisticado conocimiento empírico, vivía bajo presiones muy duras que, sin
embargo y en base a los datos disponibles, no debieron generar los efectos que
ahora provoca el estrés, aunque sí otros. Una de las razones aludidas para
sostener esto es que T. McKeown nos ha explicado cómo y porqué en sociedades
cazadoras-recolectoras, campesinas y no industrializadas, y hasta prácticamente
el siglo XVIII en occidente:
“la
arterioesclerosis y sus diversas manifestaciones, incluida la enfermedad
coronaria, la enfermedad cardiovascular y la enfermedad vascular periférica,
eran raras, igual que la obesidad, los diabetes, la hipertensión, el carcoma
intestinal y las varices (...) la presión sanguínea no subía con la edad y la
hipertensión esencial y la apoplejía eran desconocidas”. Tras resumir muy
sintéticamente los estudios de Trowell y Burkitt al respecto, concluye que: “La
mayoría de la gente seguía llevando una vida rural activa y ni siquiera la
minoría que habitaba en poblaciones se veía expuesta a muchos de los riesgos de
nuestros días, tales como contaminación atmosférica, el empleo generalizado de
productos químicos, las condiciones de trabajo adversas, el tráfico, el abuso
del tabaco y de las drogas”[20].
Pero
no pensemos que todo fue una maravilla durante el largo período anterior a la
irrupción del capitalismo desde el siglo XVII. Para el tema que aquí tratamos
es muy conveniente saber que ya en una época tan temprana e importante como la
amplia cultura mesopotámica, sobre todo en su fase akkadia y babilónica, se
concitaron tres factores de singular importancia para los siglos posteriores.
Uno fue que bien pronto se desarrollo el poder de la institución médica. Como
dice R. Labat: “La fama de los médicos babilónicos rebasaba, por lo demás,
las fronteras de su país. Y así, en la época de El Amarna (siglo XVI) los vemos
viajar por todo el Próximo Oriente, como sus colegas egipcios, solicitados por
las Cortes extranjeras, que les remuneraban ricamente”[21].
Quiere esto decir que ya en esta época el dinero interfería decisivamente en la
calidad de la atención médica que podían disponer las clases pobres, pues los
mejores médicos eran codiciados por las clases ricas.
Otro
factor fue que esa medicina alcanzó unos niveles apreciables para su época en
la aplicación del método de pensamiento científico –aunque no debemos afirmar
que entonces se hiciera “ciencia” en el sentido actual-- en vez de, según se
creía, pensamiento mágico, esotérico y místico. Y la tercera, sin embargo, es
que estos últimos métodos sobrenaturales y anticientíficos de pensamiento sí
fueron aplicados a un área de actos y comportamientos humanos que R. Labat
define así: “las jaquecas tenaces, los dolores en la nuca, los zumbidos en
los oídos, los accidentes nerviosos y ciertas formas brutales de parálisis
podían traicionar una intervención demoníaca; en cuanto a los sortilegios, sus
efectos se reconocían especialmente en los dolores de las vísceras, en la
afecciones de la palabra, anorexia, impotencia, salivación incoercible,
insomnios y sobresaltos sin causa”[22].
Vemos
así que desde los mismos inicios del saber médico en el sentido occidental de
la palabra, se tenía conciencia de la existencia de determinados males que, sin
embargo, permanecían fuera de dicho saber y sí dentro de una interpretación
sobrenatural. En esta época, todavía las cuestiones relacionadas con el “alma”
se veían con una perspectiva diferente a las relacionadas con el “cuerpo”,
escisión que, de algún modo, sigue vigente en la actualidad como se aprecia no
sólo en la religiones sino también en los debates que periódicamente resurgen
sobre la interacción de los componentes psíquicos y somáticos en el ser humano.
Si
bien es cierto que, como veremos, es con el desarrollo de la racionalidad
griega cuando se sientan las bases para el inicio de un estudio metódico de los
problemas del “alma”, no lo es menos que todavía los héroes homéricos llevan
dentro de sí dicha tajante separación: “los héroes griegos se vuelven locos;
algunos son presas de frenesí; otros aparecen enajenados a causa de la furia,
la venganza o el dolor. (...) son más parecidos a marionetas, jugadores a
merced de fuerzas que en esencia preceden del Más Allá y que ellos no pueden
controlar: dioses, demonios, las parcas, las furias”, estando aún lejos de
la complejidad de las personalidades descritas por Sófocles, Shakespeare o
Freud[23].
Será
a partir de los siglos –V y –IV cuando emerja la nueva forma de analizar estos
comportamientos, como bien dice R. Porter, poniendo el ejemplo de la epilepsia[24], pero sin profundizar en los cambios
sociales que explican ese paso. Ahora bien, ya con cierta antelación, en concreto
desde finales del siglo –VI, junto al surgimiento de la tragedia, la reflexión
griega sobre el derecho empieza a separar el crimen “voluntario” del
“excusable”, cuando las personas empiezan a asumir su autonomía con respecto a
los dioses y a las fuerzas ciegas, cuando así sucede, surge la conciencia
angustiosa y problemática del choque entre los valores y la práctica[25].
Sobre
esta base, la medicina griega, mucho más compleja y limitada por
contradicciones en las que no podemos extendernos, empieza a investigar
rigurosamente la totalidad de factores que envuelven a enfermo llegando a una
sorprendente visión sistémica e integral del ser humano y de sus dolencias
psicosomáticas como es la desarrollada por la Escuela de Cos, a la que
pertenecía Hipócrates. En palabras de L. Bourgey: “La exigencia de su
disciplina lo llevaban a ejercicio de una curiosidad hasta cierto punto
universal, no sólo biológica, sino también psicológica, geográfica, sociológica
y astronómica. (...) partiendo de observaciones hechas sobre el comportamiento
de las poblaciones de Europa y de Asia Menor, afirma que el temperamento de un
conjunto de hombres viene influido por la constitución política, liberal o
despótica, a que están sometidos aquellos. En esta misma obra se encuentran interesantes
observaciones sobre la influencia que pueden ejercer en el organismo las modas
y costumbres”[26].
Sin
embargo, tampoco este autor estudia las causas sociales de esos avances en la
investigación sistémica de la personalidad humana, cosa que sí hace J.
Mosterín, quien, además, hace hincapié en otras dos características muy
actuales de la medicina de la Escuela de Cos, como son en términos actuales, el
principio de precaución y la confianza de las propias fuerzas de recuperación
de la persona enferma integrada en su entorno social.
La
primera –el principio de precaución-- nace de la regla de oro de Hipócrates: “ser
útil, o al menos, no perjudicar”, en el sentido de que dadas las lógicas
limitaciones de la época, el médico sólo debía intervenir con terapias “duras”
cuando estuviera seguro de sus efectos positivos. Si no estaba muy convencido
actuaba la segunda característica: “prudencia y confianza en la propia
regeneración del enfermo”[27],
siempre dentro de la concepción de la unidad psicosomática y social del ser
humano y de sus enfermedades. Veremos cómo el sistema médico público, es decir,
el que se encarga de mantener la capacidad productiva de la fuerza de trabajo
social, no puede cumplir con estos requisitos esenciales, que quedan
restringidos a la burguesía y a las fracciones de clase con dinero para pagar
la medicina privada.
George
Novack insiste en que los médicos hipocráticos “no separaban la mente del
cuerpo ni el cuerpo de lo que le rodeaba. Consideraban al hombre en relación
con su ambiente natural y social (...) tenían en cuenta sistemáticamente el
lugar en el que el paciente vivía, el alimento que comía, el tipo de agua que
bebía y el aire que respiraba (...) también consideraban las circunstancias
sociales y políticas que afectaban al paciente (..) y no hacían ninguna
discriminación entre esclavos y hombres libres”[28].
Además de estas y otras tesis defendidas en su fundamental libro, Novack añade
algo más que debemos exponer aquí por su importancia para nuestro tema ya que
acierta en el núcleo del problema. Tras exponer muy rigurosamente la estructura
socioeconómica y política de la democracia esclavista griega, sus sistemas de
explotación, etc., el autor sostiene que:
“Lo
característico de la sociedad ateniense no era la calma, sino la lucha. Las
prolongadas y victoriosas guerras de defensa nacional elevaron el orgullo, la
confianza en sí mismos y la autoestima de los atenienses; las intrigas y las
guerras imperialistas con las ciudades-estado rivales les impulsaron a
aprovechar, cuando no a agotar, todas sus energías; las vastas ramificaciones
de sus empresas comerciales y colonizadoras, las disputas de los litigantes
ante los tribunales, las contiendas electorales, las luchas fraccionales y las
revueltas civiles, significaban una convulsión constante. Un mensajero de los
corintios decía a los lacedemonios que los atenienses “llegaban al mundo y no
se concedían ningún descanso a sí mismos ni se lo concedían a los demás””[29].
Corremos
el riesgo de interpretar la afirmación del corintio a los lacedemonios desde
nuestros parámetros actuales, burgueses y occidentales, de descanso y
competitividad, cuando no son los mismo. Siendo cierto que los atenienses no se
concedían a sí mismos y a los demás ningún descanso, y eso se ve leyendo a Tucídides[30] o Jenofonte[31],
no es menos cierto que su sentido de la competitividad y del descanso, como
toda su cultura, eran preburgueses y más asiáticas que europeas, ya que no
estaban acuciados por las características implacables de la competencia capitalista
ni con los mitos occidentales, que se inventaron bastante más tarde[32]. Sin embargo, reafirmando lo anterior,
también es cierto que los griegos se percataron relativamente pronto de los
efectos negativos del dinero y de la riqueza sobre las relaciones sociales e
interpersonales.
Demócrito
dejó escrito que: “Quien se halla enteramente dominado por la riqueza nunca
podría ser justo”; “Vuelven muchos la espalda a los amigos cuando de la
abundancia caen en la pobreza”; “La pobreza en una democracia es preferible
al llamado bienestar de manos de los poderosos, en la misma medida en que la
libertad lo es a la esclavitud”, y “Es preciso darse cuenta de que la
vida humana es frágil y efímera, sumida como está en la confusión de múltiples
desgracias e impotencias, de modo que uno debe preocuparse de una fortuna
modesta, y la estrechez medirse en relación con las necesidades”[33].
En
el fondo de las afirmaciones de Demócrito, que se posicionaba en el bando de la
democracia esclavista contra el bando oligarca, ambos patriarcales y machistas,
late la crítica a los efectos alienadores del dinero y a la creciente
independencia de la circulación de mercancías que ya era apreciables a finales
del siglo –V. La vieja forma de vida del campesino libre que se protegía en las
bases de la economía comunal aún superviviente, y que se mostraba políticamente
en la acción parlamentaria como reminiscencia de la anterior asamblea comunal[34], esta forma de vida estaba siendo
aplastada por la escisión social entre ricos y pobres, con los efectos
consiguientes en el aumento de las tensiones sociales de todo tipo.
No
es por tanto sorprendente que, como sostiene R. Maineri: “La palabra Estrés
se deriva del griego STRINGERE, que significa provocar tensión. Esta palabra se
utilizó por primera vez en el siglo XIV y a partir de entonces se empleó en
diferentes textos en inglés como STRESS, STRESSE, STREST y STRAISSE”[35]. Las disputas crecientes entre griegos
libres; la vida centrada en la permanente defensa y expansión de los negocios
propios por parte de los ricos, en medio de un marco de luchas nacionales y
sociales casi permanente, en estas condiciones la tensión debía ser una
situación suficientemente cotidiana, especialmente en la vida de las mujeres y
de los esclavos, sometidos a condiciones insoportables[36],
como para que surgiera una palabra que la designara.
Otro
tanto debió suceder en Roma, en donde además de que las condiciones de vida
para las masas se fueron degradando, también existía un sistema de coerción
patriarcal basado en la dominación más salvaje del fuerte sobre el débil, como
explica P. Viene al explicar que el dicho “Yo te someto” o “te
paedico, irrumo” era la injuria más popular entre los muchachos romanos: “la
moral que se practicaba era obsesivamente viril”[37].
Basta imaginarnos cómo tenía que ser la existencia cotidiana de las mujeres en
aquellas condiciones de poder patriarcal absoluto simplemente viendo la
realidad actual, los diferentes grados de preocupación, inquietud, tensión y
hasta miedo que llegan a padecen miles de mujeres actualmente debido al
machismo y a la misoginia de los hombres con los que se relacionan.
El
sometimiento interpersonal, como todos sabemos, es uno de los factores que más
tensión producen en la persona sometida, especialmente cuando no existen reglas
que regulen y limiten el poder de agresión de la persona que somete. Cuanto más
impune e incontrolable es su poder, cuanto más impredecible e incierto, por
caprichoso, es su comportamiento hacia las personas que domina, más tensa y angustiosa
es la vida de éstas.
Y
esto centrándonos hasta ahora sólo en la vida de las mujeres, de la juventud,
de los ciudadanos libres empobrecidos que vivían angustiados por el pago de sus
deudas, etc., pese a que el poder romano recurría a juegos especialmente
crueles[38] para desviar las tensiones sociales,
porque si profundizamos más en la mecánica de explotación romana, tanto en su
esclavitud interna como en las sucesivas y permanentes invasiones de otros
pueblos para imponerles severísimos impuestos o para esclavizarlos o
destruirlos si se resistían, entonces asistimos a espantosas condiciones de
vida en las que la inquietud, preocupación, angustia, miedo y pánico eran
realidades inseparables de una tensa cotidianeidad.
Tanto
en los juegos, crueles y violentos en extremo, como en la vida cotidiana, la
sexualidad solapada e insinuante era sólo la tapadera de una realidad sexual
más amplia en toda la cultura grecorromana y judeocristiana, interviniendo en
ella, además de las drogas, también la homosexualidad, el bestialismo, la
prostitución sagrada, el culto fálico, etc., como ha demostrado Acharya S[39]. La capacidad de goce y disfrute del
placer, con sus efectos sobre la calidad de vida en aquél período, fue
destruida o reducida al mínimo, o condenada a la clandestinidad atemorizada,
por el cristianismo: “Desprecio de la alegría y de la felicidad, sublevación
contra la existencia, antipatía, asco, mortificación total: este es el
cristianismo clásico”[40].
Semejante
retroceso en cuestiones vitales para la calidad de vida, dentro del contexto
objetivo de la época, y el endurecimiento de otros componentes autoritarios,
represores y sadomasoquistas inherentes al cristianismo, tema al que luego
volveremos, no hicieron sino multiplicar las presiones negativas que generaban
situaciones de tensión, preocupación, angustia, miedo, etc., sin entrar ahora a
precisar los significados diferentes de estos conceptos.
Para
hacernos una idea de la realidad represiva y exterminadora del pensamiento
racional y protocientífico helenístico, parte de una realidad más amplia en la
que se reprimía todo lo que no obedeciese el lema de “creo porque es absurdo”
de Tertuliano, tenemos estas palabras de G. Bueno:
"No fueron tanto los
esclavistas romanos, en cuanto tales, sino los cristianos, antes y después de
alcanzar el poder político, quienes sistemáticamente (salvo excepciones),
mantuvieron la más tenaz oposición a la ciencia griega que nunca haya existido.
Por mucha voluntad de "objetividad" y "diálogo" que se
tenga no es posible olvidarse de que fue el obispo Teófilo (bajo el imperio de
Teodosio el Grande) quien destruyó el Serapeum, en donde se encontraban
entonces los fondos principales de la Biblioteca de Alejandría. Y fue San
Cirilo, uno de los más eminentes padres griegos, quien con la mayor saña -en
sus escritos contra Juliano- arremetió contra la Paideia griega,
considerando a los libros griegos como débil y torpe plagio de los libros de
Moisés. El mismo San Cirilo (...) instigó al populacho cristiano de Alejandría
para que asesinara a Hipatía, una de las más distinguidas mujeres de la
antigüedad, comentarista del álgebra de Diofanto y de la doctrina de las
crónicas de Apolonio (...) bandas de frailes cristianos asesinaron a Hipatía,
arrancándola la carne, al parecer, con las conchas puntiagudas de unas ostras"[41].
De
cualquier modo, con la extinción de la variante esclavista del modo de
producción tributario desapareció toda una forma de entender la unidad
psicosomática del ser humano, entendimiento asfixiado por la dogmática
cristiana, como hemos visto, y por el retroceso de las condiciones
socioeconómicas que habían permitido mantener un grupo social improductivo
materialmente pero dedicado al desarrollo del método racional de pensamiento[42] Simultáneamente a esta decadencia y
retroceso, también aumentaban las sensaciones no sólo de crisis en todos los
sentidos, sino igualmente de empeoramiento de las condiciones anímicas,
personales, de cierto equilibrio entre lo interno y lo externo.
A.
MacIntyre ha dejado escrito en su imprescindible obra sobre la ética que: “Al
leer los testimonios de la filosofía posterior a Sócrates que sobreviven en
escritores como Diógenes Laercio y Cicerón, se percibe el sentimiento de un
mundo social desintegrado en el que los gobernantes se encuentran más perplejos
que nunca, y la situación de los esclavos y los no propietarios no ha cambiado
casi nada, pero en el que para muchos más miembros de la clase media, la
inseguridad y la falta de esperanza son los rasgos centrales de la vida”[43]. ¿Y acaso no son la falta de esperanza
en la resolución de los problemas y la inseguridad en cualquiera de sus formas
de expresión, factores que junto con otros propician lo que ahora denominamos
como estrés?
Sin
embargo, el legado de la concepción unitaria e integrar del ser humano no se
perdió definitivamente hasta la total extinción de los restos de la medicina
grecorromana, porque todavía alrededor de comienzos del siglo VII subsistía la Escuela de Salerno que se
planteaba una visión integral del problema de la melancolía simultaneando la
conversación y el diálogo, los paseos por el bosque, etc.[44].
Pero, imparablemente y debido a razones que
no podemos exponer aquí pero que ya fueron explicitadas irreprochablemente por
J. D. Bernal[45] y otros
investigadores, fueron parcialmente rescatadas en una primera fase por la
civilización arabo-musulmana, cristiano copta y judía, básicamente, y luego,
gracias a ese esfuerzo anterior, por la atrasada cultura europeo occidental.
Es
por esto que tiene razón B. Farrington, autoridad incuestionable en todo lo
relacionado con la Gracia Antigua, cuando investiga la medicina griega, sus
avatares, dificultades y logros, afirma algo que es de especial valor para la
tesis básica que aquí defendemos: “En el siglo XVI la medicina era parte
imprescindible de la educación científica; hasta un Copérnico la estudió.
Ninguna disciplina antigua era más adecuada para guiar a una mentalidad
indecisa por el puente que separa la escolástica de la ciencia moderna. Y ello
porque (...) ninguna otra ciencia presenta tan felizmente hermanados al cerebro
y a la mano”[46]. Una de las
definiciones que más nos aproximan a lo que es la praxis, como ahora veremos,
es la del hermanamiento entre el cerebro y la mano, y uno de los síntomas y a
la vez de los efectos más terribles del estrés, es el debilitamiento de esa
dialéctica entre el hacer y el pensar bajo las presiones incontrolables del
entorno.
Continua...... |