Colectivo Nuevo Proyecto Histórico
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Parias Globales:
de Haedo a París
PROKLA 8
PROblema de la Lucha de KLAses
“¿Que te pensabas?
¡Esto es Bagdad!”
(Diálogo en el film
“Banlieue
13”
,
2004)
"¡Policía por todas partes,
justicia por ningún lado!"
MIB (Mouvement des Inmigrants et des Banlieues)
“Si no te ocupas de la política,
la política se ocupa de ti”
Rockin’ Squat. MC de Assassin
"El dinero es
nada, el respeto es todo.
Mejor morir que vivir
de rodillas"
(Skyblog del Banlieue
93, capital del rap francés)
“Es parecido a lo que
sucedía en el XIX
cuando el partido liberal y el
conservador
dirimían frivolidades en el
Parlamento
mientras el curso de la
historia
se decidía en sindicatos y fábricas”
(A. Touraine,
sociólogo, 2005)
“¡Esta noche será
Bagdad!”
(Joven “banlieusard”
a un reportero, 2005)
Bitácora:
I:: Erase una vez una
película
II:: El posfordismo:
una lógica institucional de segregación y excedencia
III:: Violencia
posfordista, revuelta y desorganización social
IV:: “Jóvenes
posfordistas”: ¿una categoría materialista?
Versión sintética:
I:: Erase una
vez una película:
[“] En francés, “Banlieue” es un término
neutro que se utiliza para designar cualquier suburbio de cualquier ciudad. A
las “banlieues” tradicionales, llamados “cinturones rojos” por su composición
social y política homogénea, las de la posguerra con un PCF hegemónico. Las
ciudades obreras arraigadas en el fordismo gracias al empleo industrial
masculino. Con fuerte cultura obrerista, conciencia de clase corporativa y
sindical que generaba una identidad inclusiva entre trabajo-hogar-voto
reformista. Su crisis y descomposición, impensable hace tan solo 20 años, fue
rápida e inesperada.
A
las “banlieues”, el posfordismo las ha transformado en “áreas urbanas
sensibles”. Sí, sensibles a la revuelta y la represión. Las grandes torres de
pisos que conforman el paisaje de estos barrios, las “Cités”, son similares a
Lugano I y II en Buenos Aires. La inmigración laboral poscolonial había
provisto a la patronal de una mano de obra barata, manejable y sumisa para los
trabajos menos preciados de una economía con pleno empleo. Barriadas muy
degradadas, en las que unos cinco millones de habitantes (la mayoría no va a
votar) de los 61 que tiene Francia. Que ha multiplicado los “quartiers-ghettos”
en una sola generación: en 1984 eran 148, ahora son 751.
Los
indicadores son propios del Tercer Mundo: desempleo del 21% (40% si son jóvenes
entre 18 y 30 años, en Argentina es del 26%, aunque un 53% de los jóvenes no
participa del mercado de trabajo). El pasaje global al posfordismo exhibe
notorios factores comunes y recurrentes (ya que es una fórmula exitosa de
aumento de ganancias para el capital) que superan las fronteras nacionales:
desempleo de larga data, actividad ocupacional precaria o falsamente autónoma,
flexibilidad, trabajo en negro o infantil.
II:: El
posfordismo: una lógica institucional de segregación y excedencia:
[“] El control de la multitud excedente
se da en varias vías: una, la más sofisticada, es la segmentación creciente del
mercado laboral, la creciente brecha salarial y de derechos sociales entre un
núcleo privilegiado de trabajadores formales, luego entre los del sector
privado y el público, entre estos y los trabajadores informales, y luego entre
estos en conjunto con los precarios y semiocupados, y finalmente entre estos y
los trabajadores negados o excluidos por el capital (los mal llamados
desempleados). Tal es la laboriosa división interna del movimiento obrero, una
complejidad política, un jeroglífico para la recomposición. Pero a esto se le
suma una degradación territorial: según la escala de exclusión aparecen
“vaciaderos” masivos para pobres. Barrios Iguales, o muy parecidos, al de los
habitantes que viajan todos los días en los trenes suburbanos. Es la nueva
miseria urbana que recluye a los pobres (y ya pobre no significa carecer de
empleo) en espacios restringidos, segregados, verdaderos “barrios de exilio”,
nuevas “franja de Gaza” del capital.
Es
justamente este estigmatización en su vida cotidiana lo que contribuye a
explicar y entender la lógica de acción colectiva, la estrategia de
enfrentamiento y escape, con que la multitud responde a esta guerra civil
encubierta, a un colonialismo interno de baja intensidad, ya sea en la estación
de Haedo como en el barrio de Clichy-sous-Bois. Para una persona de bajos
ingresos vivir en los “banlieues” o en los suburbios populares del Gran Buenos
Aires, es estar confinado a un espacio degradado que se vive como trampa o un
encarcelamiento abierto.
Los
procesos posfordistas, que impactan en Paris y Haedo, pueden ser vistos como
tres procesos, 1) De un lado los ganadores de la devaluación de 2001 y sus
superganancias; 2) Del otro las tendencias a la polarización incorporadas en la
organización de las industrias de servicios, la creadora de mano de obra bajo
Kirchner y que tiene un salario un 40% debajo del promedio general. El sector
servicios genera el 68% del empleo asalariado privado formal, construcción
explica un 5% del empleo registrado, actividades primarias un 7% y apenas un
18% es industrial; y en la precarización de la relación salarial del empleo
(segmentación del mercado laboral, “outsourcing”, subcontratas y trabajo en
negro; 3) Como conclusión hay una producción de una marginalidad urbana nueva.
En todas las urbes capitalistas son estos tres procesos los que operan con la cobertura
y legitimidad del poder político. En ese contexto aparecen las rebeliones, los
“riots”, las revueltas y la guerrilla urbana espontánea de los parias globales.
La pregunta es: ¿existe una violencia colectiva posfordista?
III:: Violencia posfordista, revuelta y desorganización social:
[“] ¿Cuál es el origen de estas
explosiones, estas seminsurrecciones espontáneas, estas revueltas de odio
contra lo establecido, este furor contra los símbolos del poder? Existe en los
académicos, y en la cultura de izquierda en general, la idea de que las formas
de protesta violentas y espontáneas son una desviación temporal e ineficaz de
la línea principal de cambio social, sin percibir que las explosiones de
violencia urbana tienen relación, como en el pasado del capitalismo, con
grandes estructuraciones sociales, pasajes internos de un régimen a otro. La
violencia colectiva aparece siempre y cuando nuevos grupos o clases sociales
conquistan una posición en la comunidad política y viejos grupos o clases la
pierden. No olvidemos que los “motines del pan” han signado la centralización
del estado-nación así como la urbanización capitalista. Estamos ahora en el
pasaje del fordismo al posfordismo y vemos formas perversas y mixtas de
violencia colectiva que no acaban de madurar o estabilizarse. Se asemeja de un
lado al tumulto primitivo, de otro a la insurrección. Insurrección, en el
sentido táctico, ya que se emplean principios del arte, como la gran
superioridad numérica absoluta en tiempo y lugar, la búsqueda del primer éxito,
consignas adecuadas y la necesidad de la ofensiva. En el caso francés incluso
formas nuevas de lucha callejera como “guerrilla de tumulto”.
IV:: “Jóvenes posfordistas”: ¿una categoría materialista?:
[“] Representan casi el 50% de los 8
millones de personas de la corona de Paris. No se trata ni de exclusivamente
los trabajadores negados (desocupados), ni tan siquiera los precarios e
informales, mucho menos la clase fordista (la nueva aristocracia obrera). Los
“banlieusards” son un subproducto de la ubicación mucho más baja de las
familias inmigrantes en la estructura posfordista de clases. Semejante a la de
un argentino de tres generaciones o el criollo hijo de un tano o gallego que
malvive en Merlo.
Así
como la fuerza de choque en la revuelta de Haedo (y en el 2001) fueron los
jóvenes “conurbanos”, los “banlieusards” son a la vez causa y víctimas del
nuevo gobierno de la excedencia y su violencia cotidiana. Estas insurrecciones
se expresan como una salida ante la furia permanente del condenado en vida. En
Argentina, 1 de cada 3 jóvenes entre 20 y 25 años de edad tiene bajo nivel de
educación, de los cuales el 90% ya dejó de estudiar, mientras casi un 30% de
los jóvenes está desempleado: ¿Para qué estudiar si de toda manera no tendrá
trabajo o tendrá uno miserable y precario? Son las mismas conclusiones de los
“banlieusards”: cinismo político, nihilismo retórico, fatalismo existencial,
que se condensa en la glorificación de la depredación “per se” y la violencia
como métodos de acceso a la esfera del consumo (paradigma posfordista de
ciudadanía) y que, al no poder modificar o atenuar los mecanismos del gobierno
de la excedencia, se centra en la figura más odiada: la policía, la “cana”. No
existen las jerarquías étnicas, la dicotomía “inmigrante/nativo” existen en la
ideología de los mass-media. Las bandas juveniles no se forman de acuerdo a
división de inmigrantes versus nativos, sus lazos locales y de clase son más
fuertes que las raíces nacionales, étnicas y religiosas. Las bandas de rap
francés, en contraparte con las norteamericanas, son multiétnicas,
“black-blanc-bleur” (negro-blanco-árabe) y sus letras son más clasistas.
Estamos viendo desarrollarse la tercera generación de bandas juveniles, mucho
más autónomas, politizadas, con sofisticación media, y liderazgos
policéntricos.
Las
modificaciones en la estructura social de acumulación, que necesita
desocupación, subocupación, precarización, flexibilidad persistente,
sistemática y planificada, además de la conjunción espacial de la exclusión
educativa, la miseria habitacional, la indigencia en los transportes, la
amenaza del “Gulag” penal; todo esto, bajo el contexto del derrumbe de los
mecanismos fordistas de representación, que traducían y diluían esos conflictos
en demandas y votos en el sistema político.
Son
una mezcla de revuelta “hacia atrás” (derechos perdidos) con rebelión “hacia
delante” (lucha por crear derecho), son autónomos y el desafío más grande con
que se enfrenta hoy el “Capital-Parlamentarismo”, de Haedo a Clichy-sous-Bois, y además la encrucijada de
época para la vieja izquierda y su paradigma de construcción de clase.
Versión completa:
I:: Erase
una vez una película:
En francés, “Banlieue” es un
término neutro que se utiliza para designar cualquier suburbio de cualquier ciudad.
Es sinónimo de extrarradio, periferia, arrabal, suburbio o “afueras”. La
palabra se compone de “Ban”, el bando que emitía el burgomaestre, y “lieue”,
que es legua, es decir: en el inicio de la burguesía significaba una legua
alrededor de la ciudad en la que era efectivo el bando del ayuntamiento. A los
trenes suburbanos o de cercanías se los llama “Train de banlieue”. A las
“banlieues” tradicionales, llamados “cinturones rojos” por su composición
social y política homogénea, las de la posguerra con un PCF hegemónico (los
treinta gloriosos en la mitología política de la Vº República), les dedicó un
álbum de fotos exquisito Robert Doisneau y un poema-canción el inclasificable
Boris Vian. Este antiguamente llamado “cinturón rojo”, era el bastión inexpugnable
del Partido Comunista, municipios modélicos de viviendas públicas (gobernados
por la izquierda participativa) que constituían las ciudades obreras arraigadas
en el fordismo gracias al empleo industrial masculino, fuerte cultura
obrerista, conciencia de clase corporativa y sindical y la incorporación
ciudadana a través de una densa red burocrática de organizaciones semiestatales
que generaba una identidad inclusiva entre trabajo-hogar-voto reformista. Su
crisis y descomposición, impensable hace tan solo 20 años, fue rápida e
inesperada. Sin embargo, a partir de los años ’80 ha ido adquiriendo nuevas
connotaciones sociales y políticas. El posfordismo las ha transformado en
“áreas urbanas sensibles” (ZUS), sensibles a la revuelta y al “emeuté”,
sensible a la exclusión permanente y a la precariedad, sensibles a la
segmentación y a la “palestinización”, sensibles a la “tolerancia cero” del
capital. Se las llama con ironía “Harlem”, “Bronx” o “Chicago”, como aquí.
Cuando se habla de banlieue es bastante probable que se esté haciendo
referencia a la realidad cotidiana de los habitantes pobres –en su mayoría
descendiente o inmigrantes, pero también galos puros– de los extrarradios de
las grandes ciudades francesas (sobre todo del norte de París, Marsella y Lyon).
La construcción en los años 60 de las grandes torres de pisos que conforman el
paisaje de estos barrios, las “Cités”, (similares a Lugano I y II en Buenos
Aires) fue vista como símbolo de un capitalismo “welfare” decoroso, republicano
e integrador, que había pactado con la clase obrera para dotar a los
trabajadores metropolitanos de unas condiciones de vida dignas. La irrupción
del paro masivo en los años 70, el inicio del postfordismo, golpeó
especialmente a los inmigrantes que habían llegado a Francia para satisfacer la
demanda de trabajadores “no cualificados” y que, años después, se habían
convertido en el nuevo proletariado perdedor del modelo. El ocaso de la figura
del trabajador inmigrante se inicia a partir de la desaceleración y luego la
interrupción de la inmigración laboral de 1973 y 1974. Hasta entonces, la
inmigración laboral poscolonial había provisto a la patronal de una mano de
obra barata, manejable y sumisa para los trabajos menos preciados de una
economía con pleno empleo (como casi en toda Europa). Puede hablarse de una
alteridad providencial posterior a las representaciones de la guerra colonial,
donde el inmigrante-tipo oscilaba entre el indígena y el fellagha, es decir,
una alteridad de guerra, y anterior a la que hoy nos ocupa. La economía de
desempleo masivo y la decadencia del Estado social (posfordismo)
desestabilizaron las referencias simbólicas, la mirada sobre el Otro, la
percepción de la amenaza, y obligaron a los discursos dominantes a reformularse
para no resultar totalmente desacreditados. Y el Otro empezó a
superponerse a las banlieues… Barriadas muy degradadas, en las que unos cinco
millones de habitantes (la mayoría no va a votar) -de los 61 que tiene Francia-
sobreviven en edificios de más de 9 plantas, calificados de ejemplo letal de
barraquismo vertical. El nuevo gobierno de la excedencia se vio reflejado en la
expansión sin control de los “quartiers-ghettos” en una sola generación: en
1984 eran 148, ahora son 751 las zonas urbanas calientes en toda Francia, y en
Paris, la llamada sarcásticamente “Petite Couronne”, cuenta con nada menos que
78 ZUS (Val-de-Marne, Paris, Seine-Saint-Denis y Hauts-de-Seine). ¡Hasta los
territorios de ultramar tienen sus propias y peligrosas ZUS! Los indicadores
son propios del Tercer Mundo: desempleo del 21% (40% si son jóvenes entre 18 y
30 años, en Argentina es del 26%, aunque un 53% de los jóvenes no participa del
mercado de trabajo);la renta anual familiar no llega a
los 19000 euros (en Francia es de 30000 euros). La realidad de las “cités” se
reflejó en un film de culto del año 1995, “La Haine” (El Odio) de Mathieu
Kassovitz, que relataba un día trágico en la vida de tres jóvenes
“banlieusards” (un africano, un argelino y un judío) y su existencia sin
sentido, encerrados en el espacio muerto de la urbanización, permanentemente
vigilados, sin futuro y sin otra esperanza que matar a un policía. En el film
ya se observaba la tendencia posfordista en las ciudades globales: pronunciado
ascenso de la desigualdad urbana y la cristalización de nuevas formas de
pobreza capitalista y marginalidad socioeconómica, que se alimentaba de
procesos de segregación espacial. En la situación francesa además irrumpía,
también en la película, la diseminación postcolonial y tensión etnorracial o
xenófobas como consecuencia del aumento simultáneo de la segmentación entre el
trabajador nativo y el inmigrante, la desocupación persistente, la precariedad
laboral y el asentamiento de poblaciones inmigrantes de trabajadores con
residencia temporaria. Por supuesto, el pasaje global al posfordismo exhibe
notorios factores comunes y recurrentes (ya que es una fórmula exitosa de
aumento de ganancias para el capital) que superan las fronteras nacionales:
desempleo de larga data, actividad ocupacional precaria o falsamente autónoma,
flexibilidad, trabajo en negro o infantil, recortes del salario indirecto,
achicamiento de las redes sociales, acumulación de privaciones en barrios
obreros, desaparición de las agencias del estado o desmantelamiento de la
infraestructura de asistencia pública, etc. Todas estas tendencias pueden
observarse en el Gran Buenos Aires. El cocktail explosivo del posfordismo es
una fórmula que puede sintetizarse así: desempleo estructural, discriminación
étnica social, decadencia barrial. Por supuesto: más de un trabajador pobre
argentino desearía vivir como “banlieusard” sin dudarlo: en Francia sólo hay
dos millones de pobres contra el 47% de la población argentina.
II:: El posfordismo: una lógica institucional
de segregación y excedencia:
El control de la multitud
excedente se da en varias vías: una, la más sofisticada, es la segmentación
creciente del mercado laboral, la creciente brecha salarial y de derechos
sociales entre un núcleo privilegiado de trabajadores formales, luego entre los
del sector privado y el público, entre estos y los trabajadores informales, y
finalmente entre estos en conjunto con los precarios y semiocupados, y luego
entre estos y los trabajadores negados o excluidos por el capital (los mal
llamados desempleados). Tal es la laboriosa
división interna del movimiento obrero, una complejidad política, un
jeroglífico para la recomposición. Pero a esto se le suma una degradación
territorial: según la escala de exclusión aparecen “vaciaderos” masivos para
pobres, para trabajadores pobres, “underclass”, hogares de trabajadores con
movilidad descendiente o en decadencia, grupos juveniles marginales,
desposeídos simbólicamente de todo, verdaderos parias sociales, “outcasts”
posmodernos, iguales o muy parecidos a los que viajan todos los días en los
trenes suburbanos. Es la nueva pobreza urbana que recluye a los pobres (y ya
pobre no significa carecer de empleo) en espacios restringidos, segregados,
verdaderos “barrios de exilio”, nuevas “franja de Gaza” del capital, en las que
se ven condenadas las poblaciones superfluas y condenadas a la inutilidad
social por la reorganización posfordista del proceso de trabajo y la nueva
forma “Capital-parlamentaria” del estado. Es justamente este estigmatización en
su vida cotidiana lo que contribuye a explicar y entender la lógica de acción
colectiva, la estrategia de enfrentamiento y escape, con que la multitud
responde a esta guerra civil encubierta, a un colonialismo interno de baja
intensidad, ya sea en la estación de Haedo como en el barrio de Clichy-sous-Bois.
Y es que el sujeto posfordista internacional sufre la misma condena del capital
globalizado. El posfordismo, este nuevo régimen de pobreza y exclusión, produce
los mismos efectos: para una persona de bajos ingresos vivir en los “banlieues”
o en los suburbios populares del Gran Buenos Aires, es estar confinado a un
espacio degradado que se vive como trampa o un encarcelamiento abierto, o
incluso una reserva o parking de lo excluido por el poder dominante. Porque más
allá de las causas que producen y reproducen desigualdad y pobreza el nuevo
complejo de producción y la estructura social de acumulación que se ha
consolidado desde los años ’90 ha emergido un gobierno de la excedencia que
debe controlar la creciente inseguridad económica general y las nuevas formas
de pobreza centradas en el empleo y en el trabajo negado (desempleo). Los
procesos posfordistas, que impactan en Haedo y Paris, pueden ser vistos como
tres procesos, excluyendo la desocupación permanente: 1) creciente desigualdad
en las capacidades de producción de ganancias de diferentes sectores económicos
y en las capacidades de obtención de ingresos de los distintos tipos de
trabajadores (los ganadores de la devaluación en 2001 y sus superganancias); 2)
las tendencias a la polarización incorporadas en la organización de las
industrias de servicios (la creadora de mano de obra bajo Kirchner y que tiene
un salario un 40% debajo del promedio general; el sector servicios genera el
68% del empleo asalariado privado formal, construcción explica un 5% del empleo
registrado, actividades primarias un 7% y apenas un 18% es industrial; es más:
la tendencia muestra que en los últimos 10 años, el empleo asalariado privado
registrado en servicios crece al 5% por año mientras que el empleo industrial
crece a menos del ¡1%!) y en la precarización de la relación salarial del
empleo (segmentación del mercado laboral, “outsourcing”, subcontratas y trabajo
en negro: el 72% de los nuevos puestos se originó en sectores cuya
remuneración bruta ponderada promedio es 20% inferior a la media del segmento
formal); 3) producción de una marginalidad urbana nueva, particularmente como
resultado de nuevos procesos estructurales de crecimiento económico más que de
aquellos motivos clásicos que producían marginalidad en el fordismo (se cae la
vieja imagen del “pauper” y el pobre del populismo). En todas las urbes
capitalistas son estos tres procesos los que operan con la cobertura y
legitimidad del poder político. El posfordismo está produciendo un nuevo tipo
de economía urbana, por lo que el desarrollo de las ciudades no puede ser
entendido aislado del pasaje al posfordismo, así como tampoco las rebeliones,
los “riots”, las revueltas y la guerrilla urbana espontánea de los parias
globales. La pregunta es: ¿existe una violencia colectiva posfordista?
III:: Violencia posfordista, revuelta y desorganización social:
¿Cuál es el origen de estas explosiones, estas
seminsurrecciones espontáneas, estas revueltas de odio contra lo establecido,
este furor contra los símbolos del poder? El “Capital-Parlamentarismo” mantiene
como ideología la idea republicana de representación democrática, la igualdad
formal y la ciudadanía, por lo que la idea misma de relegación a un espacio
separado de inferioridad e inmovilidad social institucionalizada por el estado
(no lo olvidemos) representa una violación moral flagrante de la “Gemeinschaft”
burguesa, una ideología en la cual creen y abrazan tanto los jóvenes de las
“cités” como los pasajeros proletarios de Haedo. Existe en los académicos y en
la cultura de izquierda en general la idea de que las formas de protesta
violentas y espontáneas son una desviación temporal e ineficaz de la línea
principal de cambio social, sin percibir que las explosiones de violencia
urbana tienen relación, como en el pasado del capitalismo, con grandes
estructuraciones sociales, pasajes internos de un régimen a otro (basta aquí
señalar la inmigración del campo a la ciudad, la desaparición del artesanado,
etc.). Es decir: la violencia colectiva aparece siempre y cuando nuevos grupos
o clases sociales conquistan una posición en la comunidad política y viejos
grupos o clases la pierden: es decir con lucha por el control de posiciones
existentes en la estructura del poder. La forma histórica de la violencia
colectiva ha cambiado acompañando las metamorfosis del capital, pudiendo
clasificarlas en tres formas básicas: la violencia primitiva, la violencia
reaccionaria y la violencia fordista. La forma primitiva prevalece cuando los
estados centralizados comenzaron a introducir a los individuos en la vida
política estatal, sobre una escala más amplia que la local, alrededor del 1600,
aunque declino lentamente sólo se manifiesta raramente y en los márgenes de la
vida política burguesa, Sus características son su dimensión reducida, la
implicancia local, la participación de miembros de comunidades, objetivos no
explícitos y no-políticos. Algunas de sus formas son la “faire” (venganza
colectiva medieval), grescas, trifulcas armadas entre miembros de corporaciones
o de rivales, combates de grupos religiosos, incluso ciertas formas de
bandidismo social. La característica de esta violencia es la movilización de
grupos sociales comunitarios con base localista, en cuanto tales, que
normalmente se oponen a otros grupos. La reaccionaria (y el término usado aquí
significa que es una “reacción a…”) son de dimensión limitada, y oponen a
miembros de clases débilmente organizada con los representantes políticos que
detentan el poder, por lo que se incluye una crítica al modo en que el poder es
ejercido. La ocupación por la fuerza de campos y bosques comunales por los
campesinos sin tierra, revueltas contra los impuestos o los recaudadores,
levantamientos contra las levas militares o la conscripción, tumultos por el
precio del pan, ataques contra las máquinas (luddismo), cortes de ruta de
farmers por el precio del gas-oil o subsidios agrícolas, etc. son las formas
más conocidas de violencia reaccionaria. Se entiende aquí el sentido
reaccionario: los participantes se niegan a cualquier modificación que les
prive de los derechos que gozaban en el pasado. Y no es una fuga de la
realidad, tiene una conexión estrecha con el dominio político normal. El
“tumulto del pan”, típico en Europa hasta 1848, es una forma clásica de
violencia reaccionaria: los hombres y mujeres sentían que estaban siendo
privados de un derecho y que a través de la sublevación podían restaurar una
apariencia de ese derecho, aunque sea en forma temporal. Tales explosiones
recurrentes, espontáneas y sin organización sofisticada, se realimentaban de la
estructura política burguesa local, y lejos de ser una anécdota, los “motines
del pan” han signado la centralización del estado-nación así como la
urbanización capitalista. La violencia reaccionaria muestran a un segmento
significativo de las clases populares que se rebela contra la élite local
político-administrativa y los representantes del poder central; su organización
es rudimentaria: son esencialmente agrupados en una “organización espontánea de
la vida cotidiana”: usuarios del mercado, artesanos, pequeños comerciantes,
jóvenes en edad de leva, madres, niños, ancianos, curiosos, etc. El denominador
común de estas rebeliones eran acciones directas contra la integración forzosa
y violenta de clases populares en la nueva estructura social de acumulación y
en el estado-nación. Se defendía, de alguna manera, una identidad
económico-política que se estaba disolviendo o en curso de hacerlo. El pasaje
de este tipo de violencia a la fordista, que convive entre nosotros con la
primitiva, se caracteriza porque las revueltas se dan en un contexto
organizacional más complejo y durable, objetivos cada vez más explícitos y de
largo término, y prospectivas de acción directa en progreso, así como medios de
negociación más sofisticados. La violencia colectiva fordista ya asume esas
características: asociaciones especializadas con objetivos definidos,
configuradas para la acción política o económica: la mutación de la
forma-estado, la incorporación y legalización de la clase obrera en sindicatos
nacionales reconocidos, impone la “demostración de fuerza”, que ya no son
intrínsecamente violentas. Movilizaciones y huelgas, son dos ejemplos claros
(la violencia fordista tienen como paradigma los métodos del movimiento obrero
histórico), y la modernidad es que los participantes tienen conciencia de
luchar por derechos que quieren ampliar o que no han podido ser ejercidos: por
eso eran revueltas hacia el futuro. Los datos históricos indican que los
procesos de urbanización y de re-estructuración de la producción (acumulación),
en sí mismos, transforman el carácter y la forma de la acción colectiva de las
masas (como lo reconoció el viejo Engels). Un primer estadio caracterizado por
la respuesta caótica y espontánea a la acumulación primitiva: un segundo
estadio de desarrollo de una clase obrera militante predispuesta a la acción
directa; un tercer estadio “maduro” y terminal caracterizado por la
cooptación-integración fordista de la clase en el sistema político y económico.
Los fenómenos más importantes del pasaje de la violencia reaccionaria a la
fordista fueron: 1) la victoria del estado-nación sobre todos los poderes
rivales, la política burguesa fue nacionalizada y centralizada; 2) la
instalación de formas de “welfarismo”, de estado ampliado, que integró al
estado asociaciones complejas como
partidos políticos, empresas, sindicatos, clubs, cámaras, organizaciones
criminales. La violencia colectiva fordista realiza un pasaje de una base
material comunitaria-grupal a una eminentemente asociativa. Estamos ahora en el
pasaje del fordismo al posfordismo y vemos formas perversas y mixtas de
violencia colectiva que no acaban de madurar o estabilizarse. La violencia
colectiva posfordista es por ahora una acción directa de transición, que mezcla
viejas y nuevas formas de la lucha de clases, pero que como atributo de una
nueva subjetividad se asemeja de un lado al tumulto primitivo, de otro a la
insurrección. Es decir: tumulto, en el sentido de violencia de grupos
relativamente espontánea y contraria a las normas tradicionales; insurrección,
en el sentido táctico, ya que se emplean principios del arte, como la gran
superioridad numérica absoluta en tiempo y lugar, la búsqueda del primer éxito,
consignas adecuadas y la necesidad de la ofensiva (en el caso francés incluso
formas nuevas de lucha callejera que los especialistas han bautizado como
“guerrilla de tumulto”).
IV:: “Jóvenes posfordistas”: ¿una categoría materialista?:
Es francés pero se siente “extranjero” como sus padres y
abuelos (árabes, magrebíes o africanos), apenas terminó los estudios primarios,
tiene entre 14 y 30 años, si tiene mayoría de edad será un desocupado o
semiocupado en trabajos miserables, o de una changa ocasional, o viven de la
economía informal del delito, no pasan hambre como sus pares argentinos, tienen
sus subsidios de reinserción (RMI) y representan casi el 50% de los 8 millones
de personas de la corona de Paris. Es el protagonista de la rebelión de casi
doce días, son la “Racaille”, la chusma, la escoria del postfordismo, y no
están solos: tienen en sus “cités” miles de compatriotas auténticamente galos
con el mismo estigma de pobreza y “no future”. Si un antagonismo dominante
recorre hoy los trasmundos del capitalismo posfordista (en Argentina y Francia)
no se trata ni de exclusivamente los trabajadores negados (desocupados), ni tan
siquiera los precarios e informales, mucho menos la clase fordista (la nueva
aristocracia obrera) ni tampoco con la simplificación de los medios (que
simplemente “copy & paste” el discurso oficial de la derecha política
francesa como si fuera una descripción científica de la realidad) que opone a
los inmigrantes de segunda y tercera generación con los franceses nativos
(montando la grilla del ghetto negro del West Side sobre las banlieues al
estilo “Gangs o New York”), sino un nuevo clivaje discriminatorio que divide a
todos los jóvenes juntos, nativos y extranjeros pero pobres que sólo pueden
vender su fuerza de trabajo, de todas las demás categorías de clases sociales.
Así como la fuerza de choque en la revuelta de Haedo (y en el 2001) fueron los
jóvenes “conurbanos”, los “banlieusards” son a la vez causa y víctimas del
nuevo gobierno de la excedencia y su violencia cotidiana, y aunque tiene una
existencia más digna que sus contrapartes nacionales, encuentran una salida en
la furia permanente del condenado en vida. Actualmente, 1 de cada 3 jóvenes
entre 20 y 25 años de edad tiene bajo nivel de educación de los cuales el 90%
ya dejó de estudiar en Argentina, mientras casi un 30% de los jóvenes está
desempleado: ¿para qué estudiar si de toda manera no tendrá trabajo o tendrá
uno miserable y precario? Son las mismas conclusiones de los “banlieusards”:
cinismo político, nihilismo retórico, fatalismo existencial, que se condensa en
la glorificación de la depredación “per se” y la violencia como métodos de
acceso a la esfera del consumo (paradigma posfordista de ciudadanía) y que, al
no poder modificar o atenuar los mecanismos del gobierno de la excedencia, se
centra en la figura más odiada: la policía, la “cana”. Para los jóvenes de las
“cités” las características personales están por encima de la pertenencia
étnica: sus redes solidarias horizontales (como se ve en la película “La
Haine”) atraviesan sistemáticamente las fronteras de color y los agrupamientos
por nacionalidad, es más: no existe clima de intolerancia racial o desprecio
xenófobo, como si hay en Chicago o en las barriadas inglesas de inmigrantes. La
Banlieue es sinónimo de convivencia multicultural, no existen las jerarquías
étnicas, la dicotomía “inmigrante/nativo” existen en la ideología de los
mass-media: ningún “quartier” es territorio exclusivo de un grupo o
nacionalidad específica, no existe en Francia el control social segmentado de
espacio urbano, como en EE.UU. Las “cités” se componen de una mayoría de familias
nativas francesas y un estimado 25% de agrupamiento de hogares mixtos de quince
o más nacionalidades diferentes (lo extranjeros son el 11% de la población
total), pero esta situación no es por una segmentación etnorracial planificada
desde el estado, sino resultante de su composición de clase desequilibrada
(Wacquant), es decir: es en esencia una función de la posición social, de
clase, de las poblaciones, esto es: un subproducto de la ubicación mucho más
baja de las familias inmigrantes en la estructura posfordista de clases. Los
barrios más ruinosos y miserables de los suburbios tampoco se superponen
simétricamente con los barrios con más extranjeros. La experiencia vital, la
estrategia de supervivencia y la identidad simbólica de los jóvenes posfordistas
de antecedentes franceses o argelinos es semejante (Bordieu), como es semejante
la de un argentino de tres generaciones o el criollo hijo de un tano o gallego
que malvive en Merlo. Las bandas juveniles no se forman de acuerdo a división
de inmigrantes versus nativos (como los Cobra Kings hispanos de Chicago o los
Skinhead de Londres), sus lazos locales y de clase son más fuertes que las
raíces nacionales, étnicas y religiosas. Las bandas de rap francés, en
contraparte con las norteamericanas, son multiétnicas, “black-blanc-bleur”
(negro-blanco-árabe) y sus letras son más clasistas. Como en los EE.UU. estamos
viendo desarrollarse la tercera generación de bandas juveniles, mucho más
autónomas, politizadas, con sofisticación media, liderazgos policéntricos y en
el umbral de la guerra en la Red. El panico mediático por la “integración” o la
falta de ella, es un síntoma del nuevo gobierno capitalista de la multitud y la
desaparición del trabajo asalariado fordista como centro de equilibrio de la
dominación. Y tanto en Paris como en el Gran Buenos Aires, con las diferencias
nacionales del caso, el posfordismo genera una tipo nuevo de agitación urbana
que se nutre de las mezclas de categorías etnonacionales (vivienda y escuela) y
el acercamiento de la brecha económica, social y cultural entre los inmigrantes
y las fracciones estancadas, excluidas e inútiles de la clase obrera francesa.
Y tanto en los dos casos es la punta del iceberg de una crisis social provocada
por el “Capital-Parlamentarismo”, por las modificaciones en la estructura
social de acumulación, que necesita desocupación, subocupación, precarización,
flexibilidad persistente, sistemática y planificada, además de la conjunción
espacial de la exclusión educativa, la miseria habitacional, la indigencia en los
transportes, la amenaza del “Gulag” penal… en el contexto del derrumbe de los
mecanismos fordistas de representación que traducían y diluían esos conflictos
en demandas y votos en el sistema político. Las nuevas subjetividades
posfordistas aparecen profundamente atomizadas y segmentadas, exteriores a los
procesos de ciudadanía fordistas, irrepresentables en el estado de partidos del
“Capital-Parlamentarismo”, con un instinto de resistencia al nueva ciclo de
explotación del capital que asemeja sus revueltas a los tumultos primitivos,
con presencia de creencias generalizadas y acción instrumental, son una mezcla
de revuelta “hacia atrás” (derechos perdidos) con rebelión “hacia delante”
(lucha por crear derecho), son autónomos y el desafío más grande con que se
enfrenta hoy el “Capital-Parlamentarismo”, de Haedo a Clichy-sous-Bois, y además la encrucijada de
época para la vieja izquierda y su paradigma de construcción de clase.
5 de diciembre de 2005
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