Colectivo Nuevo Proyecto Histórico
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PROKLA 7
PROblema de la Lucha de KLAses
Diciembre/Enero,
2005-2006
La Inflación
Como Lucha
de Clases
“Mal o bien, lo que reclama la
ultraizquierda es cierto.”
(J. P. Feinmann. Diario Página 12)
“Esto es para la gilada”
(Funcionario en el acto por la
cancelación de la deuda con el FMI, 2005)
“El gobierno de Kirchner ha entrado
en su etapa jacobina”
(M. Grondona, diario La Nación)
“El principio de la representación
(núcleo del parlamentarismo) fue concebido, querido y realizado
como norma constitucional con una tarea represiva estricta,
que ostentaba ya desde el principio un carácter de pacificación.
Se trataba de mantener alejada de
los centros de poder,
en forma pacífica
pero eficaz, a la mayoría de la población”
(J.
Agnoli, “Die Transformation…”,1968)
“Hay dos formas de combatir al
comunismo:
una es como hicieron en España en 1936, la guerra civil, pero es muy
costosa;
la segunda es ‘pagar’, ésta es la que estamos llevando a cabo nosotros”
(J. D. Perón, conferencia a cadetes
brasileños, 1949)
“La Argentina está atrapada en una
"trampa de desigualdad" que debe romper…”
(Informe de Desarrollo Mundial, BM,
2006)
Racconto:
a) DESVENTURAS Y
PERSPECTIVAS DE LA DEMOCRACIA “MONTONERO’S STYLE”
b) DETENER LA
OFENSIVA DEL MOVIMIENTO
c) INFLACIÓN DEL
CAPITAL E INFLACIÓN “ROJA”
d) HACIA UN POPULISMO CÍNICO
e) LA LEY DECRECIENTE DEL SALARIO RELATIVO:
DESCUBRIENDO A ROSA LUXEMBURGO
a) DESVENTURAS Y PERSPECTIVAS DE
LA DEMOCRACIA “MONTONERO’S STYLE”:
Es
sabido que los clásicos creían que la democracia llana y simple era incompatible
con el capital, al menos con el que conocían: el autorregulado. Es decir:
“laissez-faire”, capitalismo clásico y democracia de masas se anulaban
mutuamente. Las primeras versiones de un creciente y necesario intervencionismo
del estado en la formación del capital, en los niveles de rentabilidad y en la
intensidad y extensión de la explotación la pudieron presenciar los mismos Marx
y Engels: fue el estado victoriano, el llamado “welfare state Whigs”, el que
impuso las “Factory Acts”, la limitación del trabajo infantil, las inspecciones
fabriles, etc.. Fueron tales las novedades y los cambios en la “forma-estado”
de la época, que Marx las incorporó como un capítulo de “El Capital”. Es decir:
aparecía la necesidad a la propia acumulación del capital, de una “clase
universal”, una nueva clase de funcionarios y burócratas, embrión del
postfordista “Capital-Parlamentarismo”. El neopopulismo que vemos en sus
variadas especies y variantes (tan disímiles como Chávez, Bachelet, Lula,
Tabaré, Morales o la promesa del militar represor filonazi Humala en Perú o
López Obrador en México) es una evolución de esa incompatibilidad básica de la
democracia con el capitalismo como forma de dominio político. De esto trata la
economía mixta renacida como un ave fénix: una crisis terminal regional del
dominio político de la burguesía a través del “Capital-Parlamentarismo”.
Nuevamente
se pone en cuestión, indirectamente a través de los renacimientos de formas
populistas de dominio político, la compatibilidad entre capital y democracia, o
lo que es lo mismo: el fin de los restos del estado de derecho.
La
conclusión en los clásicos se deducía de la propia práctica estatal: la
constitución burguesa, en su forma original, que se contradice a sí misma, deja
abierto el camino para reproducir el antagonismo social, la manida lucha de
clases, en el plano estatal. Marx dixit: “…mediante el sufragio universal
otorga la posesión del poder político a las clases cuya esclavitud social viene
a eternizar…”. Los críticos conservadores a la revolución francesa y a la
ideología de los derechos del hombre creían que el sufragio universal
equivaldría a una autorización legal a la “revolución permanente” y a su vez la
socialdemocracia acariciaba el sueño matemático de la mayoría con sólo mantener
una oposición leal, prolija y pacífica mientras el mercado se equilibraba según
la ley de Say. La Gran Guerra (1914-1918), la revolución de octubre y el
“Crack” de 1929 supusieron un terremoto para la burguesía: había que encontrar
fórmulas de éxito para reducir las probabilidades de una transformación
democrática del estado constitucional, porque las tensiones de clase eran (y
son) lo suficientemente fuertes y constituyentes como para crear tendencias
plebeyas que se pueden transformar en pulsiones comunistas. Keynes en la teoría
y la solución fascista en la práctica fueron unas repuestas preventivas, el
populismo fue nuestra especie autóctona latinoamericana. No resulta para nada
estrafalaria la propia confesión del demócrata Roosevelt: “Lo que estamos
haciendo en los Estados Unidos son algunas cosas que se hacen en la URSS en
incluso algunas cosan que se hacen en Alemania bajo Hitler. Pero nosotros lo
hacemos en forma ordenada”, es decir: capitalismo de estado, fuerte
intervencionismo estatal en los automatismos de mercado, corporativismo
político, bonapartismo. Perón intentó una renovación con la doctrina social del
integrismo católico. Nada nuevo bajo el sol.
“Las tensiones
de clase son lo suficientemente fuertes y constituyentes como para crear
tendencias plebeyas que se pueden transformar en pulsiones comunistas. El neopopulismo
que vemos en sus variadas especies (tan disímiles como Chávez, Bachelet, Lula,
Tabaré, Morales o la promesa del militar represor filonazi Humala en Perú o
López Obrador en México) es una evolución de esa incompatibilidad básica de la
democracia con el capitalismo como forma de dominio político”
Hoy
reaparecen en nuestro continente “revivals” setentistas e incluso de los años
’50: controles de precios, neocorporativismo, concertación burocrática,
liquidación de la tímida esfera de la opinión pública burguesa (¡sólo nos queda
“La Nación” como diario opositor!), incluso sectores del centro y la derecha se
asustan de la desaparición forzosa de la “res publica” y su mítica división de
poderes, de la agonía de la vieja forma de dominio por una nueva y aún oscura:
el jacobinismo populista de K. Pero veamos de qué va estas metamorfosis de la
democracia del capital. El “Capital-Parlamentarismo”, como forma de dominio
político que se cristalizó con la Constitución de 1994, era simplemente la
coronación y perfeccionamiento del estado de partidos, pensado para durar
décadas en la alternancia de dos partidos mayoritarios, ese péndulo virtuoso.
La burguesía argentina creía haber llegado a la forma perfecta de dominio de
clase, ilusión que se derrumbó con la insurrección de diciembre de 2001.
Kirchner no es ni puede ser Menem: detrás tiene una multitud constituyente y el
sordo ruido de las cacerolas y la vieja clase media en las calles, y desde el 2004,
un movimiento obrero en alza que desborda a los gordos y flacos de la CGT y la
CTA. Es imposible, aunque lo intentaron la UCR, el PJ y el FREPASO, recomponer
las formas de dominio al estilo 1994, imposible materialmente: las nuevas
subjetividades son irrepresentables en los viejos marcos de representación,
desde elecciones, internas partidarias hasta reparto de electrodomésticos. Y
esto lo sabe Kirchner y Señora: la única y última forma de dominio que le queda
a la Republica del Capital es hoy formas postfascistas, formas que clausuren al
viejo estado de derecho liberal, que monopolicen todo el poder en el Ejecutivo,
que traduzcan al presidencialismo en una máquina de decretos y manejo
discrecional de fondos y subsidios, que reduzcan al ya viejo vergonzoso
Congreso en una miserable Dieta zarista que se reúna para firmar leyes cinco o
seis veces al año, que produzca una “Nivelación” de gobiernos y municipios al
nivel de “Gau” (Grandes Aglomeraciones Urbanas) kirchneristas, que amordacen a
los ya rastreros “mass medias” en berlusconianas agencias paraestatales, etc.
Formas que estabilicen las nuevas subjetividades posfordistas, ya excluidas,
desafiliadas de la ciudadanía burguesa. La democracia capitalista estilo
“muchachismo montonero” será el penúltimo muro defensivo del capital, la
cobertura de un gobierno de la contratendencia que si no fuera por la tragedia
diaria de muchos compatriotas, tanto por sus bloopers, bajo nivel intelectual,
improvisación y cortoplazo, nos daría risa. Muchos editorialistas, liberales o
paraoficialistas, nos hablan de “redescubrir la economía mixta”, que el
gobierno K., en esta segunda etapa, armaría el circulo virtuoso en el que cual
un estado interventor, redistribucionista, mediador, permitiría un renacimiento
de la Patria Grande. En realidad, la democracia “muchachista” de K. es un digno
reconocimiento a Marx: las predicciones del Moro sobre la eventual declinación
y colapso del capitalismo de “laissez-faire” se ve indiscutiblemente cumplida
en la Argentina. La vuelta regional a formas más “intervencionistas” del estado
equivale simplemente a admitir que el capitalismo nacional caería en depresión,
o lo que es peor, bajo el peso de una revolución de masas, si no fuera por la
expansión de las medidas controladas por el estado, desde manipulación
monetaria a subsidios al capital. El montonerismo “débil”, la ilusión política
de volver a utilizar herramientas oxidadas de los años ’70, y su resultado ya
puede preverse: el populismo vive con el fetichismo de una autonomía del estado
que ya no existe; vive con la creencia de un sindicalismo burocrático
disciplinador que es cada vez más minoritario; vive con la miserable esperanza
que mantener el poder es el poder mismo.
b) DETENER LA OFENSIVA DEL
MOVIMIENTO:
Como
lo dijimos hace seis meses, el año 2005 fue el año de los paros y los
interminables conflictos laborales.
En
los doce últimos meses se registraron 820 paros y medidas de fuerza, cifra que
triplica la cantidad de conflictos registrados en 2004 (con 249) y se convierte
en el indicador más alto de conflictividad sindical en los últimos quince años.
Para
que nos hagamos una idea de lo que se esconde detrás del miedo a la inflación,
señalemos que la lucha de clases vivida en 2005 sólo fue superada dos veces en
los últimos 25 años de “Capital-Parlamentarismo”. En 1990, segundo año del
gobierno Menem, se registraron 864 conflictos laborales, mientras que 1988,
penúltimo capítulo del período presidencial de Alfonsín, ostenta el récord de
conflictos, 949 en sólo doce meses.
Hubo
10.528 conflictos laborales entre 1980 y 2005. De ese total, un 52 % fue
llevado a cabo por gremios del sector público, un 25 % por los de servicios,
otro 22 % por sindicatos industriales y el uno % restante fue protagonizado por
las centrales sindicales. En la década del ochenta se efectuaron 5113 paros y
conflictos sindicales; la cifra descendió a un total de 3343 en la década del
noventa y totaliza 2072 en los primeros cinco años de la década actual. Desde
1980, cuando se registraron 328 conflictos laborales, el índice inició una suba
que llegó a su pico en 1988 (último año completo en el que gobernó Alfonsín,
previo a la hiperinflación y su salida anticipada del poder). Desde entonces,
la tendencia fue hacia la baja, y se llegó a un piso de 125 conflictos en 1997.
A partir de ese año se verificó un nuevo incremento, y los paros y las
protestas gremiales llegaron a 358 en 2001. El índice descendió en 2002 y 2003,
y volvió a subir en los últimos dos años.
Los
gremios estatales parecen aumentar su grado de conflictividad con el correr de
las décadas. Es que en la década del ochenta representaban el 45 % del total de
medidas de fuerza, cifra que creció al 58 % en promedio durante la década del
noventa y llegan al 62 % en los cinco años de la primera década de este siglo.
En 2005, el porcentaje de medidas de fuerza originadas en el sector público
alcanzó el 67 % del total. El 33 % restante se divide entre el sector de
servicios (23 %) y los paros en establecimientos industriales (10 %). Los
números del año que acaba de finalizar representan la confirmación de una
tendencia que pudo comenzar a verse, aunque tímidamente, durante 2004. Después
de dos años (2002 y 2003) en los que se registró una significativa merma en la
conflictividad laboral (285 y 122 casos, respectivamente), el índice repuntó en
2004 (249) y explotó en 2005 (820).
“El
“Capital-Parlamentarismo” intentará, por un lado, comprometer a las sindicatos
burocráticos y con ello a los trabajadores fordistas en una paz que le permita
a Kirchner una tranquila reelección en 2007 sin tocar los niveles de
rentabilidad que la burguesía mantiene desde el 2002; y, paralelamente, seguir
el ajuste a los estatales y jubilados, e intentar aislar, ya sea por cooptación
o represión, a los rebeldes piqueteros”
No olvidemos que los conflictos laborales se desarrollan sobre los 6 millones
de trabajadores registrados o en blanco, lo que queda del obrero fordista
-sobre una población económicamente activa de 15-, sin que participen los 6
millones de trabajadores en negro, informales, precarios, intermitentes, a los
que hay que sumarles los falsos autónomos, muchos de ellos penosamente
contratados en el mismo estado, sin derechos ni cobertura de salud o
previsional. Pero además hay que sumarle la actividad de los trabajadores
negados por el capital, los desempleados: durante el año 2005 tuvieron lugar
1.179 cortes de rutas y vías públicas, promediando 98 por mes, mostrando un
nivel similar de protesta al registrado en 2004. Pese a la persecución
mediática y oficial contra los piqueteros no-oficialistas en todos los niveles
del estado, el mes de diciembre, con 79 cortes, muestra un nivel sensiblemente
superior al mismo momento de 2004, cuando fueron 44, respuesta inmediata al
autoplebiscito de K. en octubre. El año 2002, con 2.336 cortes, registró el
récord anual de cortes de rutas y vías públicas desde 1997, cuando los
trabajadores negados comenzaron a organizarse.
Frente
a este trasfondo social el “Capital-Parlamentarismo” intentará, por un lado,
comprometer a las sindicatos burocráticos y con ello a los trabajadores
fordistas en una paz que le permita una tranquila re-elección en 2007 sin tocar
los niveles de rentabilidad que la burguesía mantiene desde el 2002;
paralelamente, seguir el ajuste a los estatales y jubilados, e intentar aislar,
ya sea por cooptación o represión, a los rebeldes piqueteros. El populismo
puede ser entendido como la inversión del procedimiento de acumulación clásico:
los subsidios que exige la UIA a Kirchner para el control de precios significa
que en lugar de desarrollar la producción a expensa del consumo, en un proceso
en el que el consumo aumenta más lentamente que la acumulación de capital, se
desarrolla la producción con la ayuda del consumo, aunque sea un “consumo” en
forma de obras públicas (veremos un festival cesarista durante el 2006) y
subsidios al capital privado.
La
conclusión política no puede ser más clara: la clase obrera con una presencia
antagonista puede actuar como estímulo para forzar a los capitalistas a
modernizar la producción. Y que en el desarrollo del capital primero esta la
lucha obrera, como lo demuestra la inflación. El resultado no puede ser más
paradójico: el capitalismo argentino decayó en competitividad no por exceso de
militancia obrera sino debido a la insuficiencia, a la fragmentación y
segmentación de la clase, a la alianza suicida entre los trabajadores fordistas
y sus sindicatos con el “Capital-Parlamentarismo”. La otra cuestión es porque
la inflación como recurso de elevar la tasa de ganancia apareció ahora: la respuesta
está siempre del lado de la clase obrera.
c) INFLACIÓN DEL CAPITAL E
INFLACIÓN “ROJA”:
En
números anteriores de la serie “Masa y Poder” (2003-2004) y de “ProKla” (2005)
habíamos anticipado el problema de la inflación y la lucha de clases en el
gobierno de Kirchner. Contra la idea de los ideólogos e incluso de economistas
de “izquierda” la inflación no es fiebre de crecimiento, ni de demanda, ni un
problema de emisión monetaria. Y es que los neokeynesianos ven a la economía
como una economía puramente monetaria y olvidan que es una economía
“para-hacer-dinero”. Hasta en algunos análisis de la izquierda el dinero
aparece como una fuerza económica independiente que determina la expansión y
contracción de precios, y, por lo tanto, de los salarios. Los precios no son
altos o bajos porque circule más o menos dinero, sino que circula más o menos
dinero porque los precios son altos o bajos: tal es la relación entre dinero y
capital. Son los precios de las mercancías y servicios, aunque expresados en términos
monetarios, los que determinan la cantidad y velocidad de circulación del
dinero. Pero no nos detengamos en el fetichismo de la economía política
burguesa, incluso la “progresista”. La aparición de la inflación salvaje es la
desobediencia del capital individual al capital colectivo, el sabotaje del
burgués particular al “Capital-Parlamentarismo”. Es un proceso que comenzó
apenas el capital tocó el límite de la expansión perversa post-2001.
“Como decía
Mattick: Cuando los precios aumentan a mayor ritmo que los salarios lo que no
pudo extraerse de los trabajadores en el proceso de producción se les extrae en
el ámbito de la circulación”
Debe
entenderse desde el punto de vista de la lucha de clases qué significa la
inflación. La inflación es siempre una política deliberada para impulsar la
acumulación del capital manteniendo e incluso, en el caso del gobierno de K.,
elevando la tasa de ganancia. La inflación regula el ritmo de la expansión
económica, detenida o estancada, esta destinada a aumentar la ganancia del
capital a costa del trabajo e impulsar en último término la acumulación. Es una
alternativa del “Capital-Parlamentarismo” a otros métodos de intervención
directa en lo económico (keynesianos), a reducir el peso del capital variable
(salarios).
Aunque
la inflación afecta el nivel general de precios, los precios de algunas
mercancías muy especiales misteriosamente cambian más que los de otras, e
incluso pueden permanecer sin aumentar. Este misterio esotérico, inexplicable
desde la ortodoxia de economistas y sociólogos, se aplica a la mercancía
“fuerza de trabajo”, y a su expresión monetaria, el salario, que siempre sube
menos, o no lo hace, que el resto. De esta manera la inflación es ya un proceso
conciente, no de alguna ley natural sacramental, y eleva unos precios en
particular a expensas de otros. Como el movimiento de los salarios bajo el
capital es siempre más lento que el de los precios de las otras mercancías, la
inflación siempre conduce a mayores ganancias, más “profits” para el burgués, y
con ello a una más rápida circulación de los bienes y, lo que es más
importante, a una tasa más elevada de formación de capital. En tanto que esto
mantiene o aumenta relativamente el nivel de empleo, la inflación aparece
preferible para los trabajadores, porque la deflación puede significar, como en
los ’90, un desempleo en gran escala. Por supuesto, como vemos en los debates
silenciosos de la UIA y la CAME, la inflación no conviene a todos los
capitalistas, ni conviene a los nuevos trabajadores fordistas estatales que
viven de ingresos fijos, ni a los trabajadores negados por el capital
(desempleados), jubilados y pensionados, ni a los que no pueden hacer valer el
poder de negociación colectiva, como los trabajadores posfordistas precarios,
informales y en negro. Por lo tanto, dentro del bloque de poder de Kirchner
tendremos grupos interesados en el mecanismo de inflación y otros en contra.
Pero la inflación se define comúnmente como una condición en la que el ingreso
monetario aumenta más rápidamente que el ingreso real, esto es: en la que hay
demasiado dinero comparado con los bienes disponibles.
“¿Porque la
inflación como recurso de elevar la tasa de ganancia apareció ahora? La
respuesta está siempre del lado de la clase obrera. La inflación es siempre una
política deliberada para impulsar la acumulación del capital manteniendo, e
incluso elevando, la tasa de ganancia. Reduciendo el peso del capital variable
(salarios). Aumentando la ganancia del capital a costa del trabajo”
Nuestros
gurúes de derecha e izquierda nos dicen que en condiciones de pleno empleo la
inflación se presenta cuando los gastos de bienes y servicios aumentan más
rápidamente que la producción potencial. En este supuesto la inflación, pese a
los cacareos de Kirchner, puede ser fácilmente detenida, bien deliberada o bien
por el automatismo de mercado: deliberada, por la consciente contracción de la
oferta de dinero por parte del Banco Central; automáticamente, porque según la
ideología burguesa la demanda creciente de dinero eleva la tasa de interés, que
a su vez desacelera la expansión. La oferta de dinero es asunto de política
estatal y no de un indeseado resultado, la “fiebre”, de acontecimientos
económicos fuera de control: las dificultades económicas del capital pueden ser
solucionadas por medios deflacionarios o inflacionarios. Tanto uno como el otro
de estos medios (lo vimos con Menem y la Alianza) está de acuerdo con los
principios del “Capital-Parlamentarismo”, y si en un momento se elige uno u
otro es por que aparece como más efectivo y políticamente más viable desde el
punto de vista de la lucha de clases. Como decía Mattick: “Cuando los precios
aumentan a mayor ritmo que los salarios lo que no pudo extraerse de los
trabajadores en el proceso de producción se les extrae en el ámbito de la
circulación”. Por eso un período de
formación extensiva del capital no tiene porqué ser inflacionario cuando se
apoya en una rentabilidad suficiente basado en una creciente productividad
(caso de la década del ’90), y a su vez, un período de estancamiento económico
no es necesariamente deflacionario (recesivo). La inflación, para resumir,
resulta de políticas monetarias conscientes y proyectadas para mejorar la
rentabilidad del capital privado “internamente”, y de esa manera mejorar su
capacidad competitiva. La deflación, que puede tener el mismo efecto, fue el
método más utilizado en el pasado para superar las crisis: los salarios reales
eran erosionados sin mucha preocupación por las consecuencias sociales. Pero
las depresiones perdieron su poder curativo haciéndose intolerables ante la
presencia de la subjetividad obrera, ante el poder proletario. En las
condiciones post-1917, con sindicatos maduros, partidos socialdemócratas y
comunistas, sufragio universal, etc. el proceso deflacionario resulto
insoportable por la convulsión social que tendía a provocar, creando
situaciones revolucionarias insostenibles para el capital. La inflación se
convirtió en el medio preferido, si no inevitable, de reaccionar a las
depresiones y mantener niveles de actividad económica consistentes con la “pax
social” del “Capital-Parlamentarismo”. La realización de la ganancia del
capital es facilitada por el proceso inflacionario, ya que el dinero depreciado
se gasta más rápidamente que el estable de la convertibilidad. Y esta
depreciación, a su vez, hace que el capital de la “burguesía nacional”, sin
tocar el desarrollo de las fuerzas productivas, se vuelva de un día para otro
más competitivo internacionalmente. Pero, como se ve en este segundo tramo del
gobierno Kirchner, es un corto sueño de verano: al final será nuevamente la
estructura real del capital argentino, y no la estructura monetaria, la que
determine las capacidades competitivas relativas de Argentina en el mundo. Y
para ello basta simplemente analizar la composición de las exportaciones en el
2005: la primarización absoluta de las exportaciones, ¡”El País en Serio” es
más oligárquico-terrateniente que nunca!, no sólo se mantiene sino también
crece. El complejo oleaginoso pasó de explicar el 21,6 % de las ventas externas
en 1999 al 24,5 en 2004. El salto es mayor si se tiene en cuenta sólo a la
soja, que saltó del 15,3 al 22,2 % en el mismo lapso. Es más: desde el punto de
vista exportador el mejor período fue… con Menem: entre 1993 y 2001 las
cantidades totales embarcadas aumentaron a un ritmo del 13,3 % anual, mientras
que entre 2002 y 2005 lo hicieron al 7,1.
“Primarización
absoluta de las exportaciones, ¡“El País en Serio” es más
oligárquico-terrateniente que nunca! En medio siglo, la participación de la
“burguesía nacional” argentina en el comercio mundial se redujo del 2,0 al 0,4
%. El sector fabril en su conjunto produce poco más que hace ocho años con 10%
menos de obreros. La intermediación financiera tuvo tasas de crecimiento que
duplicaron a la del PBI y más que duplicaron la de la producción fabril.
¿Volvió la Patria Financiera por la ventana? Este es el “País en Serio” de ex
montoneros, guevaristas en desuso, patriaslibres y demás desechos de la
militancia revolucionaria”
Para
negar el verso del golpe económico contra los trabajadores en el 2001, bajo la
bandera de hacer competitiva a la Argentina (escondiendo la búsqueda de más
rentabilidad) señalemos que en 1950, el país exportaba casi el cuádruplo que
España, cerca de dos veces y media lo que México y Chile y apenas un 20 % menos
que Brasil. Hoy las ventas al exterior sólo representan una cuarta parte de las
españolas, un 20 % de las mexicanas, una vez y media las chilenas y menos de la
mitad de las brasileñas. En el mismo lapso de medio siglo, la participación de
la “burguesía nacional” argentina (con todas las ventajas, subsidios y
prebendas del estado más un pauperismo generalizado de la población) en el
comercio mundial se redujo del 2,0 al 0,4 % aunque aumentaron sus ganancias. Su
composición sigue sesgada a favor de los productos agrícolas y combustibles,
que representan casi el 80% del total.
La
industria manufacturera alcanzó en 2005 un nuevo récord de producción física,
levemente superior al que obtuvo en 1998. Los datos oficiales muestran que el
sector fabril en su conjunto produce poco más que hace ocho años con 10% menos
de obreros, menos horas trabajadas y salarios muy inferiores en dólares: ¡Es el
posfordismo, estúpido! Podrá decirse que el sector fabril es un gran aporte al
crecimiento y consolidación de la burguesía nacional. En conjunto el sector
fabril habría terminado 2005 creciendo menos que el total del PBI, que habría
superado el 9%. El actual modelo productivo, con tipo de cambio alto
(depreciación del peso), inflación de intensidad variable, salarios formales
bajos y universalización del trabajo en negro, es decir: una suerte de
acumulación primitiva del capital, logró el año último que las exportaciones
aumenten sólo un vergonzoso 50% más que el PBI (en valores constantes). A pesar
de que se ha sacrificado a los más débiles en el Moloch del capital, nuestra
burguesía nacional necesita más sangre fresca para sus márgenes de ganancias.
¿Qué
motorizó el crecimiento del PBI en 2005 en el “País en Serio”? En medio del
modelo de acumulación populista y según los datos oficiales en 2005 la
intermediación financiera tuvo tasas de crecimiento que duplicaron a la del PBI
y más que duplicaron la de la producción fabril. ¿Volvió la Patria Financiera
por la ventana? Este es el “País en Serio” de ex montoneros, guevaristas en
desuso, patriaslibres y demás desechos de la militancia revolucionaria.
Entonces, para todos los compañeros, que quede en claro que la inflación no
sólo es funcional a este gobierno, como lo vimos, sino otra de las formas que
tiene el “Capital-Parlamentarismo” para subsidiar a los grandes negocios. Es
simplemente una de las técnicas mediante las cuales la riqueza es transferida
de la masa de la población trabajadora a manos de las corporaciones favorecidas
por el plan de acumulación del capital post-convertibilidad. Y sino pregúntenle
a Techint, Repsol o Cargill…
d) HACIA UN POPULISMO CÍNICO:
La
inflación es percibida como un fenómeno negativo porque castiga a los más
pobres, en especial a los más desprotegidos: trabajadores estatales, en negro y
precarios, jubilados y pensionados y los trabajadores negados por el capital
(desempleados). Esto en el contexto de una Argentina que tiene, con
estadísticas poco fiables, 15 millones de pobres, 5 millones de indigentes, un
ingreso promedio 10 % inferior a la canasta de pobreza y un 80 % de hogares con
un ingreso promedio inferior a los 1500 pesos. Por eso en las últimas encuestas
un casi 80% de las personas estaba de acuerdo con el control de precios de
Kirchner, un mecanismo intermedio, tibio, demagógico y… vetusto. Aparte,
clasista, en el peor sentido del término. Ya en el 301 DC, el emperador romano
Diocleciano decretó un furioso control de precios, con un “Edictum De Pretiis
Rerum Venalium”, un edicto de precios máximos, para controlar la inflación desbocada durante la crisis de la Tercera Centuria del Imperio,
llegando a tener pena de muerte para los especuladores. También hubo control de
precios en la Revolución Francesa, esta vez ya en la edad moderna, y hubo uno
muy parecido con Krieguer Vasena, el ministro de economía del dictador Onganía
en la década del ’60.
Los
viejos luchadores obreros saben que control de precios es, traducido al punto
de vista obrero, cepo salarial. No es casualidad: ya la UIA pidió, a mediados
de 2005, un gran acuerdo con los gremios para acotar, por dos años, los
reclamos salariales, incluidos las indemnizaciones. Pero aparte del cortoplazo
de la visión de Kirchner-Miceli, las paritarias en marzo, el cinismo no puede
ser más perverso: éste gobierno nacional y popular se fundamenta en la
inflación dirigida por y desde el estado. Juega un papel crucial en la gestión
de las finanzas públicas (el déficit cero, que en épocas de la Alianza era un
pecado de ortodoxia y hoy es un triunfo populista). Mientras que la recaudación
aumenta casi espontáneamente siguiendo a los precios, el
“Capital-Parlamentarismo” no aplica mecanismos de indexación automática sobre
rubros importantes del gasto público, como salarios y jubilaciones. Así, por la
vía de licuar las remuneraciones, la inflación contribuye a aumentar el
superávit fiscal.
“¿Porqué la
inflación se ha transformado mágicamente en el problema Nº1? Lo que en realidad
perturba al populismo de K. no es la inflación creada por su propia política,
no: lo que bloquea el desarrollo del capital es la inflación “roja”, la
inflación generada por la enconada lucha obrera, la inflación que baja los
niveles de rentabilidad de nuestra “burguesía nacional”
Luego
de la devaluación, la inflación acumula casi un 70%. Estimando el incremento de
precios para el último trimestre del 2005 y para el 2006 (el Presupuesto
proyecta 9,1%), se puede proyectar que la inflación acumulada superará el 80%
en el 2006. Por otro lado, el haber medio jubilatorio –según la ANSES– aumentó
un 53% y los salarios públicos –según el INDEC y el último aumento otorgado–
alrededor de un 44%. Para ninguno de estos rubros, el Presupuesto contempla
ajustes adicionales a los ya concedidos durante el 2005. Estos datos alcanzan
para ilustrar la gran importancia que tiene la inflación como determinante del
superávit fiscal:
.
En el Presupuesto 2006 el gasto previsional es de $28,8 mil millones. Si las
jubilaciones hubieran aumentado al ritmo de los precios (como en Europa), lo
presupuestado debería ser de $33,9 mil millones. Así, la caída de las
jubilaciones produce un ahorro de $5,1 mil millones.
·
El gasto en remuneraciones presupuestado para el 2006 es de $17,5 mil millones.
Gracias a que los salarios están congelados, el “Capital-Parlamentarismo” disminuye
sus erogaciones en unos $4,4 mil millones.
·
El superávit primario proyectado para el 2006 es de $17,8 mil millones. Es
decir, casi un 60% del superávit fiscal se logra con licuación de jubilaciones
(¿a quién joden los viejitos desorganizados?) y salarios (estatales, incluyendo
maestros y personal sanitario).
Pero
si la inflación está siendo utilizada con intensidad para sostener el ajuste
fiscal provocado por la devaluación y para mejorar la renta del capital,
indirectamente reduciendo los gastas indirectos del capital,… ¿porqué la inflación se ha transformado
mágicamente en el problema Nº1 del “País en Serio”? Lo que en realidad perturba
al populismo de K. no es la inflación creada, dirigida y tolerada por su propia
política, no: lo que bloquea el desarrollo del capital es la inflación “roja”,
la inflación no prevista, la inflación generada por el capital a causa de la
enconada lucha obrera, de la intolerable presencia proletaria en la puja de
ingresos, la inflación que baja los niveles de rentabilidad de nuestra
“burguesía nacional”. Ésta es la inflación que se combate, la inflación que el
capitalista individual y los grupos económicos aplican para compensar la
presión obrera durante el 2005. Los salarios son “costos de producción” para el
burgués. Cualquier aumento de salarios sin aumento de la productividad, como es
el caso del ciclo iniciado en 2002 con la mega devaluación, reducirá la
rentabilidad del capital, porque los salarios sólo pueden aumentar en el
capitalismo en condiciones de rápida formación de capital. La formación de
capital representa un exceso de la producción sobre el consumo, puede conducir
a un aumento del consumo pero el consumo no puede por sí mismo conducir a la
formación de capital (inversiones). Tal es lo que busca Kirchner con la
inflación deliberada. Debe quedarnos en claro que el control de precios no es
otra cosa, dado que la fuerza de trabajo es una mercancía, que un congelamiento
de los salarios de los sectores fordistas. La concertación es ciernes es
radicalmente antiobrera, y apunta a los sectores sindicalizados de industria y
servicios, ya que Kirchner ha consolidado como complemento del modelo social de
acumulación insustituible que los trabajadores estatales desciendan en su nivel
de vida y arrojar al pauperismo más cruel a los trabajadores informales,
precarios y en negro, casi un 50% de la fuerza de trabajo argentina. Ni hablar
de los trabajadores negados por el capital (desempleados).
“Sólo con tasas
de inflación de dos dígitos se podrán lograr crecimientos en la recaudación
impositiva consistentes con el mayor gasto público. Peor aun, si con un
crecimiento de la economía de casi el 10% anual, el sostenimiento de las
finanzas públicas demanda tasas de inflación del orden del 10%, con incrementos
en el PBI inferiores al 5% -como se proyecta para los próximos años-, la tasa
de inflación requerida para financiar el gasto público será sensiblemente más
alta”
El
crecimiento de los precios juega a favor de los buenos resultados fiscales del
“Capital-Parlamentarismo” siempre que no lo acompañe la fastidiosa tendencia
del proletariado a mantener su salario relativo al menos al nivel del año 2001.
Por un lado, porque permite aumentar casi automáticamente el valor de la
recaudación. Por otro, porque la inflación permite erosionar de manera solapada
el valor real de los salarios públicos y las jubilaciones. Al presidente
“defensor de los derechos humanos”, al derribador de cuadros de dictadores
pasados ya inofensivos, no le conmueve un ápice la miseria planificada, generalizada
y creciente de ancianos, ni la desesperanza de miles de empleados públicos,
incluso de sanidad y educación, ni hablar de los condenados a los subsidios de
desempleo. El presupuesto para el año 2006, la verdadera ciencia del capital,
es un ejemplo ilustrativo. Mientras se proyecta que los aumentos de precios
(inflación) incrementarán la recaudación del Estado, no se contemplan ajustes
para los salarios y las jubilaciones. Si los salarios y las jubilaciones
crecieran a la misma tasa que los precios al consumidor, el gasto público
crecería aproximadamente 0,7% del PBI. Es decir, el superávit fiscal se
reduciría a menos de la mitad del valor proyectado. Similares tendencias se
observan en la gran mayoría de las provincias y municipios. Esto implica que,
sólo con tasas de inflación de dos dígitos se podrán lograr crecimientos en la
recaudación impositiva consistentes con el mayor gasto público. Peor aun, si
con un crecimiento de la economía de casi el 10% anual, el sostenimiento de las
finanzas públicas demanda tasas de inflación del orden del 10%, con incrementos
en el PBI inferiores al 5% -como se proyecta para los próximos años-, la tasa
de inflación requerida para financiar el gasto público será sensiblemente más
alta. No es casualidad que empresarios nacionales sugirieran incluir una
cláusula salarial en el convenio de concertación de precios, que permitiera ajustar los precios si había subas de sueldos,
o de un industrial nacional que pidió "denos una mano con las comisiones internas de los trabajadores".
En esto K. es ortodoxamente keynesiano y burgués: entra en escena tan pronto
como el capital privado pone en peligro el presente al descuidar el futuro.
“Los sectores
transables contabilizan, en promedio, un costo laboral 37 % inferior a
diciembre 2001. Al presidente “defensor de los derechos humanos”, al derribador
de cuadros de dictadores pasados ya inofensivos, no le conmueve un ápice la
miseria planificada, generalizada y creciente. Kirchner ha logrado, como complemento del modelo social de acumulación,
arrojar al pauperismo a los trabajadores precarios y en negro, casi un 50% de
la fuerza de trabajo Argentina. Ni hablar de los trabajadores negados por el
capital (desempleados) condenados a los subsidios de desempleo”
No
nos puede sorprender las palabras de Méndez, el titular de la UIA, quien sin
sonrojarse afirmó que Kirchner era el gobierno que mejor los había tratado en
los últimos veinte años, y no es para menos. En base a datos del Indec al
tercer trimestre del año pasado, que los sectores transables aún contabilizan,
en promedio, un costo laboral 37 % inferior al mes previo a la devaluación
(diciembre 2001). Si lo medimos en dinero, la transferencia del capital al
trabajo, por medio del binomio Duhalde-Kirchner, ha sido brutal e históricamente
sólo comparable al “Rodrigado” en 1975: los salarios reales en el 2005
representan un retroceso del 50% con respecto al peronista año de 1974, y
mientras en 1974 la diferencia de ingresos entre el 10% más pobre y el 10% más
rico era de 9,5 veces, dicha proporción se elevó hasta un… ¡48%!. Héctor
Méndez, este empresario del plástico perspicaz y sincero, tenía toda la verdad
cuando reclamo que si paraban los pedidos salariales disminuiría la inflación…
e) LA LEY DECRECIENTE DEL
SALARIO RELATIVO: DESCUBRIENDO A ROSA LUXEMBURGO:
Desde
comienzos de 2002, desde el fetiche del nuevo proyecto nacional y popular,
la carne vacuna, del asado a la paleta, aumentaron entre el 144% y el
185% respectivamente. Con una suba del 117%,
el filet de merluza se ha
transformado en prohibitivo para el paladar proletario. El pollo, con un
incremento del 134%, vuela cada vez más de la dieta popular.
Pues
bien, renunciemos a las carnes. Eso sí, si pensamos en hacernos unos fideos con
aceite no nos irá mucho mejor; ya que el aceite de maíz no aumentó el 100, ni el 150 o el 200 %, sino es
escalofriante ¡280%! Entonces, en el país de los lácteos, vivamos a pan
y queso. Pero aquí también hay malas noticias: el cuatirolo subió el 185%. Nos
quedamos entonces con el glorioso pan con manteca, infaltable en la mesa de la
clase obrera fordista. Tampoco. En el mejor de los casos nos tendremos que
resignar a bajar el consumo, la manteca después de la devaluación trepó un
137%. ¡Que suerte que existen las salchichas de bofe tipo Viena! Sí, ¿Pero
hasta cuándo? Las salchichas llevan acumulado un aumento del 120 %. El pancho
del mediodía, o la cena de los últimos 15 días del mes, es la última pseudo
proteína cárnica de saborea millones de argentinos. Vivir a mate no se puede,
pero tampoco es barato. La yerba subió al doble en cuatro años. ¿Y un matecito
dulce? También es un lujo. Será de bondadosos nomás que los patrones los cuidan
a los trabajadores del peligro de tener diabetes, que subieron el azúcar en un
158 por ciento. Con este bruto colchón de ganancias que se hicieron los
burgueses con las necesidades más elementales de la multitud, no es
descabellado que jueguen por un tiempo, en tándem con el gobierno, al
keynesianismo del control de precios de un puñado de alimentos.
Preguntemos
a nuestros vecinos, ¿Quiénes tuvieron ingresos que crecieran en estos cuatro
años un 185 % como la paleta y un 280 % como el aceite de maíz? Los salarios en
blanco, fordistas, aumentaron más que la inflación promedio, pero menos que los
alimentos. Ni que decir de los sueldos de los seis millones de empleados no registrados o en negro, puestos
posfordistas, por fuera de convenios laborales y aumentos cesaristas dados por
decretos desde la presidencia de Duhalde. Estos nuevos pobres con empleo, son
buena parte de ese tercio en la miseria endémica producto del capital que
explota trabajo humano. Empresarios que sacan de sus hogares a una buena parte
de la población que vive en la pobreza si no se vende por un salario, y que
abandona su casa para ingresar a la pobreza asalariada perpetua.
“La “Ley de la
caída tendencial del salario relativo” indica que cada vez se agranda más la
distancia recíproca entre la clase obrera y la capitalista, y la medición de
esta distancia, se vuelve decisivamente importante, pues la posición recíproca
de las clases está más condicionada por los salarios relativos que por el nivel
absoluto de los salarios. Para evaluar correctamente la situación de los
obreros en la sociedad actual, es necesario investigar el salario relativo, es
decir: la participación que representa el salario del obrero en el producto
total de su trabajo”
En
el 2001, el salario mensual de un trabajador “en negro” equivalía a 110 kg. de
asado. En el peor momento de la crisis llegó a equivaler 60 kg. y con el
reciente aumento de salarios, vía la lucha de clases, apenas elevó las
posibilidades de consumo a 68 kg.
·
Carne de menor calidad no mejora el poder adquisitivo. En el 2001 (con De la
Rúa, si, el que dormía), el salario del trabajador “en negro” equivalía a 122
kg. de carne picada, en lo peor de la crisis llegó a equivaler 68 kg. y hoy
equivale a 76 kg. El capital “robó” al trabajo 46 kg. de carne.
·
Con productos más económicos, los valores son distintos pero la tendencia es
similar. En el 2001, el salario del trabajador “en negro” compraba 830 kg. de
harina, hoy compra 497 kg.; compraba 480 litros de leche, hoy compra 330
litros; o bien, 350 kg. de arroz, hoy compra 186 kg.
Lo
que significa que con Kirchner, no sólo ha descendido el salario real, sino,
como se ve en la distribución de la riqueza, el salario relativo. ¿Qué
significa esta simple comprobación? Una ley que es contrapartida a la tendencia
al descenso de la tasa de ganancia: la del salario relativo.
“La
productividad industrial entre 1991 y 2005 creció a un ritmo anual del 4,8%,
mientras el salario nominal decrecía un 0,5% anual. Estos incrementos de
productividad produjeron que el salario relativo de la clase obrera Argentina
transfiriera al capital un equivalente a tres años de masa salarial. Para que el
salario real recupere la relación del año 1991 debería aumentar alrededor de un
50% por encima de todos los aumentos desde el año 2002”
En
1849 escribía Marx en “Trabajo Asalariado y Capital”, que ni el salario
nominal, es decir la suma de dinero a cambio de la cual el obrero se vende al
capitalista, ni el salario real, es decir la suma de las mercancías que puede
comprar a cambio de ese dinero, agotan las relaciones contenidas en el salario.
Ante todo, el salario aún está determinado por su relación con la ganancia, con
el beneficio del capitalista; es un salario relativo. El salario real expresa
el precio del trabajo en relación con el precio de las restantes mercancías,
mientras que el salario relativo expresa la participación del trabajo en el
nuevo valor creado por él, en relación con la participación que en él cabe al
trabajo acumulado, al capital. El salario real podrá seguir siendo el mismo,
podrá aumentar, y, no obstante, el salario relativo podrá descender. El
descubrimiento del salario relativo como categoría no es de Marx, sino de
Ricardo, pero lo fundamental es el especial énfasis que los clásicos extraían
de ella, así como las conclusiones político-prácticas. La “Ley de la caída
tendencial del salario relativo”, bautizada por Rosa Luxemburgo en sus clases
de economía política, indica que cada vez se agranda más, necesariamente, la
distancia recíproca entre la clase obrera y la capitalista, y la medición de
esta distancia, como Marx escribía en los “Grundrisse”, se vuelve decisivamente
importante, pues “la posición recíproca de las clases está más condicionada por
los salarios relativos que por el nivel absoluto de los salarios”. Y Rosa
señalaba: “para evaluar correctamente la situación de los obreros en la
sociedad actual, es necesario investigar no sólo el salario absoluto (la
magnitud del salario en sí), sino también el salario relativo, es decir: la
participación que representa el salario del obrero en el producto total de su
trabajo”. ¿Qué quiere decir esto? Que si el salario se mantiene constante, el
salario en forma absoluta no disminuye, mientras se abaratan la producción de
los medios de vida a través de progresos ocurridos en la producción, el obrero
necesitará menos tiempo para reponer su salario. Si la productividad del
trabajo crece en un 15%, se ha reducido la participación del obrero en el
producto, es decir: su salario relativo, incluso a pesar que el salario
absoluto aumente. La participación del obrero en el producto depende de la
productividad del trabajo: cuanto menor a cantidad de trabajo con que se
produzcan sus medios de vida, su reproducción como fuerza de trabajo, tanto
menor será su salario relativo. En consecuencia: el obrero tiene que dedicar
una parte cada vez menor de su jornada a la reposición de su salario, y se hace
cada vez mayor la parte en la cual crea trabajo no retribuido, ergo: plusvalía
para el capital.
“La lucha contra
la caída del salario relativo, lucha en la cual son incapaces los sindicatos
oficiales, entraña la lucha contra el carácter de mercancía de la fuerza de
trabajo, es decir: contra la producción capitalista en su conjunto. Porque ya
no es una lucha que se desenvuelva en el terreno de la economía mercantil sino
un asalto revolucionario, subversivo, contra la existencia de esta economía”
En
el “País en Serio” se cumple escrupulosamente: a pesar de los lamentos de
nuestros economistas de izquierda, que repiten machaconamente la tesis de la
desindustrialización, la productividad industrial entre 1991 y 2005 creció a un
ritmo anual del 4,8%, mientras el salario nominal decrecía un 0,5% anual. Estos
incrementos de productividad produjeron que el salario relativo de la clase
obrera argentina, pese a los últimos años de lucha, transfiriera al capital un
equivalente a tres años de masa salarial, alrededor de 40.000 millones de pesos
entre 1992 y 2005. Para que el salario real recupere la relación del año 1991
debería aumentar alrededor de un 50% por encima de todos los aumentos desde el
año 2002. ¿De qué concertación precios-salarios podemos hablar? Pero en los
papeles de Rosa de 1916 se señala una cuestión fundamental: “que la lucha
contra la caída del salario relativo, lucha en la cual son incapaces los
sindicatos oficiales, entraña la lucha contra el carácter de mercancía de la
fuerza de trabajo, es decir: contra la producción capitalista en su conjunto.
Porque ya no es una lucha que se desenvuelva en el terreno de la economía
mercantil sino un asalto revolucionario, subversivo, contra la existencia de
esta economía, es el movimiento socialista del proletariado”.
30
de enero de 2006
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